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Memoria Libre del Beato Francisco Javier Seelos

 

El 25 de julio de 2014, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos confirmó la inscripción del beato Francisco Javier Seelos, presbítero, en el calendario propio para las diócesis de los Estados Unidos de América. El beato Francisco Javier Seelos se celebra como memoria libre el 5 de octubre.

El 23 de septiembre de 2015, sus textos litúrgicos propios se confirmaron en español.  Se presentan aquí los textos litúrgicos propios del beato Francisco Javier Seelos:

Misal Romano

Del Común de pastores: por los misioneros.

Oración colecta

Oh Dios, que para anunciar los misterios de la redención
y soccorer de los necesitados
adornaste con eximia caridad
al beato Francisco Javier, presbítero,
concédenos, por su intercesión,
obrar diligentemente para tu gloria
y para la salvación de los hombres.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.

Leccionario de la Misa

Además de las lecturas de la misa del día, se puede utilizar cualquier lectura del Común de pastores. En la futura edición impresa del Leccionario, la citación será n. 651A.

Liturgia de las horas

Del Común de pastores: para un presbítero.

Biografía

Nació en Füssen (Alemania) en 1819. Ingresó en el seminario diocesano y, al conocer el carisma de la Congregación del Santísimo Redentor, decidió unirse a ella y marchar a Norte América. Recibió la ordenación sacerdotal en 1844 y comenzó su ministerio pastoral en Pittsburgh (Pensilvania) como coadjutor de san Juan Neumann, al mismo tiempo que servía como maestro de novicios y se dedicaba a la predicación. Más tarde se dedicó por completo a predicar en inglés y alemán como misionero itinerante en diversos estados. Murió en New Orleans (Luisiana) el 4 de octubre de 1867.

Oficio de lectura

Segunda lectura
De las cartas del beato Francisco Javier Seelos, presbítero
(Archivos de la Provincia del Baltimore)

No antepongas nada al amor de Dios

Este deseo de ofrecer una y otra vez un sacrificio a Dios abarca todo lo que yo he amado en esta vida y en lo cual he puesto mi corazón.

Cuando pienso en las bellezas de la naturaleza, éstas no me mueven ni a desearlas ni a la melancolía, sino que más bien me llenan de gran gozo, ya que no le doy a mi Dios ningún don real o verdadero puedo darle dones imaginarios y deseados.  Al mismo tiempo, en la abundancia de mi buena fortuna, no me puedo quitar del pensamiento que en el cielo Dios me premiará con aquellos dones que por él he renunciado en el mundo y por esto oro incesantemente.

Así pues, el noviciado y su fin, la profesión de votos, la vida con los hermanos de la Orden y sobre todo el deseo de apreciar estos bienes con la mejor de mis habilidades, fueron las primeras bendiciones de la divina misericordia, así no hubo nada que tuviera que desear, excepto cumplir mejor con mis obligaciones.

Todo estaba totalmente en contra de mi naturaleza.  Pero precisamente la gozosa aceptación de todo, por la sobreabundante gracia de Dios, me hizo tan evidente el misterio de la renuncia y la paciencia en este mundo, que me siento demasiado afortunado al tener a mis hermanos religiosos y todas las bendiciones espirituales que esto conlleva.  Y es más, Dios me ha exaltado hasta el punto de poder anunciar el evangelio a los pobres, de enseñar y compartir con ellos sus tesoros.

Cada ofrenda tiene valor solamente en tanto que uno se olvida del propio beneficio y se ofrece a Dios a través de esta conquista personal.  Uno ama y da precisamente porque uno ama y porque considera lo que se da como bueno, como un tesoro.  El amor de las criaturas debe estar subordinado al amor de Dios con quien se está comprometido a amar sobre todas las cosas.

El tiempo en que no encontramos nada que ofrecer a Dios, es tiempo perdido para la eternidad.  Si fuera solamente los deberes de nuestra vocación lo que cumplimos con dedicación a la voluntad de Dios; si fuera el sudor de nuestra frente el que, con resignación, enjugáramos sin murmurar; si fuera el sufrimiento, las tentaciones y dificultades con nuestros hermanos todo lo que podemos presentar a Dios como ofrecimiento, podríamos, a través de todo ello, llegar a ser como su Hijo Jesús. Cuando el sacrificio es grande y diverso, en la misma proporción está la esperanza de una gloria más profunda y firmemente afincada en el corazón de quien lo hace.

Responsorio
Sal 119 (118), 1-2; Mc 8, 34

R. Dichoso el que, con vida intachable, camina en la ley del Señor. * Dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón.

V. Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

R. Dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón.

Oración

Oh Dios, que para anunciar los misterios de la redención
y soccorer de los necesitados
adornaste con eximia caridad
al beato Francisco Javier, presbítero,
concédenos, por su intercesión,
obrar diligentemente para tu gloria
y para la salvación de los hombres.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.


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