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Cristianos de cada día: tienen hambre y sed de justicia

 
Reflexión pastoral sobre discípulos seglares
buscando justicia en el nuevo milenio
 

Esta publicación contiene dos textos—la declaración episcopal Cristianos de cada día: tienen hambre y sed de justicia y la Promesa de caridad, justicia y paz para el Jubileo. La declaración de los obispos fue preparada conjuntamente por los Comités de Laicos, Política Doméstica y Política Internacional. Quedó aprobada por la asamblea plenaria de obispos en Noviembre de 1998. El apéndice contiene la Promesa del Jubileo la cual se formuló bajo la dirección del Subcomité para el Tercer Milenio, siendo aprobada por los presidentes de los siguientes comités: Educación, Campaña Católica para el Desarrollo Humano, Laicos, Política Doméstica, Política Internacional. La publicación de este documento ha sido autorizada por el signatario.

Monseñor Dennis M. Schnurr
Secretario General
NCCB/USCC

Las citas bíblicas fueron tomadas de la Biblia Latinoamericana, LXXXII edición, revisada en 1989 © Bernardo Hurault y Ramón Ricciardi. Se usan con permiso.

Las citas de los documentos del Vaticano II han sido tomadas de Documentos del Vaticano II © 1967, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid.


 

Contenido

  1. Introducción
  2. El seglar católico: ser discípulo y buscar la justicia
  3. Llamados a la justicia en la vida diaria
  4. Apoyando la "sal de la tierra"
  5. Conclusión
  6. El jubileo y el llamado de los seglares a la justicia: Un llamado a la justicia jubilar
  7. Apéndice: Promesa del Jubileo por la caridad, la justicia y la paz
  8. Notas


 

Introducción

Uno de los grandes retos para los cristianos, tan antiguo como la fe misma, asume hoy especial urgencia al acercarse el tercer milenio de la era cristiana. ¿Cómo conectar el culto del domingo con el trabajo del lunes? ¿Cómo predicar el Evangelio no sólo desde el púlpito de nuestras parroquias sino también en la vida diaria del pueblo católico? ¿Cómo hacer que la Iglesia reunida el domingo actúe como el Pueblo de Dios esparcido y activo cada día de la semana? ¿Cómo llevar mejor los valores de nuestra fe a la vida familiar, al mundo laboral, a la esfera pública? ¿Cómo podemos amar al prójimo, buscar la paz y promover la justicia en nuestras decisiones y compromisos cotidianos?

En estas reflexiones subrayamos una dimensión esencial de la vocación laical que a veces se descuida o se olvida: la misión social de los cristianos en el mundo. 1 Todo creyente está llamado a servir a los "más pequeños", a tener "hambre y sed de justicia", a ser de los que "trabajan por la paz". 2 Los católicos están llamados por Dios a proteger la vida humana, promover la dignidad humana, defender a los que son pobres y buscar el bien común. Esta misión social de la Iglesia nos pertenece a todos. Es una dimensión esencial de lo que significa ser creyente.

Esta misión social se avanza de muchas maneras —por medio de la enseñanza profética de nuestro Santo Padre; de los esfuerzos de nuestra conferencia episcopal; y a través de muchas estructuras de caridad y justicia dentro de nuestra comunidad de fe. Pero el más común— y en muchos casos el más importante testimonio cristiano no suele ser ni muy visible ni altamente estructurado. Es el sacrificio de los padres que tratan de criar a sus hijos con respeto por los demás; el servicio y la creatividad de los trabajadores que hacen lo mejor por llegar hasta los necesitados; los esfuerzos de los propietarios de negocios por reconciliar su prioridad de ganancias con las necesidades de empleados y clientes; y las difíciles decisiones de funcionarios públicos que tratan de proteger a los débiles y buscar el bienestar general. La misión social de la Iglesia la avanzan maestros y científicos, familias de granjeros y banqueros, comerciantes y artistas.

También adelantan la misión social católica los fieles que pertenecen a sindicatos, organizaciones vecinales, grupos de negocio, asociaciones cívicas, movimientos pro vida, grupos trabajando por justicia social, o grupos que se enfocan en la ecología, los derechos civiles o la paz. La avanzan también los cristianos que defienden los valores del Evangelio. Esta misma misión es labor de innumerables cristianos que, viviendo su fe sin exhibición ni recompensa, van tranquilamente construyendo una sociedad mejor como fruto de sus decisiones y acciones, día a día. Ellos protegen la vida humana, defienden a los que son pobres, buscan el bien común, trabajan por la paz y promueven la dignidad humana.

Trabajar por la justicia en la vida diaria no es nada fácil. Mujeres y hombres tropiezan con complejos y difíciles desafíos cuando tratan de vivir su fe en el mundo. Aplaudimos los esfuerzos de todo católico por vivir el Evangelio buscando justicia y paz en sus decisiones y compromisos cotidianos.

 


 

El seglar católico: ser discípulo y buscar la justicia

Ser creyente significa que uno vive de cierta manera, caminando con el Señor, haciendo justicia, amando lo bueno, y viviendo en paz con todos. Ser discípulo de Cristo significa practicar lo que Jesús predicó. Ser discípulo implica una relación con Cristo y una dedicación a su misión de traer "la buena nueva a los pobres/ . . . libertad a los cautivos/ y a los ciegos que pronto van a ver/ . . .
a despedir libres a los oprimidos". 3

Este mensaje cobra un significado especial para católicos de hoy. El Concilio Vaticano II dice: "A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios para que, desempeñando su propia profesión y guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento". 4

Acogemos y apoyamos la creciente participación de mujeres y hombres laicos en la vida interna de la Iglesia. El ministerio dentro de la Iglesia debe formar y fortalecer a los fieles para su misión en el mundo. Con esta declaración pastoral queremos enfocar de manera especial las exigencias del discípulo que busca justicia y paz en las actividades cotidianas.

Los seguidores del Señor Jesús son discípulos en sus vidas como esposos y padres, solteros adultos y jóvenes, empresarios y obreros, consumidores y accionistas, ciudadanos y vecinos. Reanudamos la advertencia del Concilio Vaticano II: "El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época". 5 Por el bautismo y la confirmación, cada miembro de nuestra comunidad está llamado a vivir su fe en el mundo.

 


 

Llamados a la justicia en la vida diaria

La fe católica no nos llama a abandonar el mundo sino a contribuir a darle forma. Esto no implica abandonar las tareas y responsabilidades mundanas sino transformarlas. Los católicos están presentes en todos los ámbitos de la sociedad. Somos ejecutivos de empresas y trabajadores agrícolas migrantes, políticos y receptores de asistencia social, educadores y empleados en guarderías, tenderos y granjeros, oficinistas y obreros de fábricas, dirigentes sindicales y dueños de negocios pequeños. Toda nuestra comunidad de fe debe ayudar a los católicos a ser instrumentos de la gracia y poder creativo de Dios en el negocio y la política, en factorías y oficinas, en la escuela y el hogar, y en todos los eventos de la vida diaria. La justicia social y el bienestar común se construyen o se derrumban día a día en las innumerables decisiones y opciones que tomamos. Esta vocación de buscar la justicia no es una mera tarea individual; es un llamado a trabajar con los demás para humanizar y moldear las instituciones que afectan a tanta gente. La vocación laical a la justicia en el mundo no se puede llevar adelante en aislamiento, sino como miembros de una comunidad llamada a ser "fermento" del Evangelio.

  • Nuestras familias son punto de partida y foco central de una vocación por la justicia. La manera como tratamos a nuestros padres, esposos e hijos es una reflexión de nuestra entrega al amor y justicia de Cristo. Demostramos nuestra dedicación al Evangelio por la manera como gastamos nuestro tiempo y dinero, y si nuestra vida familiar incluye o no una ética de caridad, servicio y acciones en pro de la justicia. Las lecciones que damos a nuestros hijos con lo que hacemos y con lo que decimos determinan si ellos cuidarán de los "más pequeños" y si se van a comprometer a trabajar por la justicia. 6

  • Las personas que trabajan están llamadas a buscar la justicia. En la tradición católica, el trabajo no es una carga, no es sólo la manera de ganarse la vida. El trabajo es la vía de mantener la familia, realizarnos con dignidad, promover el bien común y participar en la creación divina. Esto significa hacer bien las cosas ordinarias, aprovechar al máximo nuestros talentos y oportunidades, tratar a los demás con dignidad y justicia, y trabajar con integridad y creatividad. Se debe motivar a los fieles a escoger un oficio basado en cómo usar mejor los dones que Dios les ha dado. Las decisiones tomadas en el trabajo pueden ser una importante contribución a una ética de justicia. Con frecuencia, los católicos tienen el difícil deber de escoger entre valores que compiten entre sí en el ámbito laboral. Eso requiere cierta santidad. Asociaciones que le facilitan a los obreros, propietarios o gerentes la búsqueda de la justicia, acrecientan la efectividad del testimonio individual. 7

  • A propietarios, administradores e inversionistas se le presentan importantes oportunidades para hacer justicia y buscar la paz. La responsabilidad ética no consiste solamente en evitar el mal, sino en hacer el bien, especialmente por los más débiles y vulnerables. Las decisiones sobre el uso del capital tienen graves implicaciones morales: ¿Están las compañías creando y manteniendo empleos de calidad con sueldo suficiente para vivir? ¿Están edificando la comunidad por medio de las mercancías y servicios que proveen? ¿Reflejan respeto a la vida y dignidad humana, promueven la paz, y preservan la creación de Dios en su política y sus decisiones? Aunque la ganancia económica es importante, no debe tener precedencia sobre los derechos de los trabajadores o la protección del medio ambiente. Los accionistas deben de examinar las decisiones sobre posesión, ganancias y administración a la luz del llamado católico a proteger la vida, defender a los pobres y buscar el bien común. Tales decisiones pueden realzar o menoscabar la dignidad humana. 8

  • Como consumidores, los fieles pueden promover la justicia o la injusticia social. En esta sociedad de consumo, donde lo que uno es se define por lo que uno tiene, podemos vivir más sencillamente. Cuando compramos bienes y servicios, podemos tomar la decisión de patrocinar aquellas empresas que defienden la vida humana, tratan a sus obreros con justicia, protegen el medio ambiente y respetan otros valores morales fundamentales en sus negocios locales e internacionales. Podemos también hacer esfuerzos conscientes por consumir menos. 9

  • Todos los seres humanos tienen talentos especiales, dones dados por Dios, los cuales estamos llamados a desarrollar y a compartir. Debemos celebrar esta diversidad. Personas que usan sus talentos y especialidades para el bien común, el servicio a los demás, y la protección de la creación son buenos administradores de los dones que han recibido. Cuando obramos con honestidad, servimos a los necesitados, trabajamos por la justicia y contribuimos con caridad, entonces usamos nuestros talentos de manera que demuestran nuestro amor —y el amor de Dios— por nuestros hermanos y hermanas. 10

  • Como cuidadanos del principal país democrático del mundo, los católicos de los Estados Unidos tienen una especial responsabilidad de proteger la vida y dignidad humana, de defender a los que son pobres y más vulnerables. También estamos llamados a dar la bienvenida al extranjero, combatir la discriminación y buscar la paz. La doctrina social católica nos llama a practicar virtudes cívicas y nos ofrece principios para acrecentar la participación en la vida pública. No podemos responder con cinismo o indiferencia ante las obligaciones como ciudadanos. Nuestras opciones políticas no deben reflejar meramente nuestros intereses propios, preferencias partidistas, o agendas ideológicas sino que deben estar influenciadas por nuestros principios de fe y compromiso de justicia sobre todo hacia los débiles y vulnerables. La voz y voto de seglares católicos son de suma importancia para edificar una sociedad con mayor respeto por la vida humana, justicia económica y ecológica, diversidad cultural y solidaridad global. 11

 


 

Apoyando la "sal de la tierra"

Los pronunciamientos, estructuras e iniciativas de la Iglesia son importantes para la formación y acción católica. Los programas y estructuras del ministerio social ofrecen valiosas oportunidades para que los fieles aprendan a actuar con la justicia que su fe les exige. Los esfuerzos del ministerio social de la Iglesia deben animar y complementar el papel tan vital que desempeñan los fieles en la vida familiar, la economía y la vida pública. Sin embargo, esos esfuerzos no pueden sustituir a los hombres y mujeres católicos que encarnan su fe en el mundo. El discípulo que diariamente busca la justicia y el ministerio social organizado de la Iglesia se refuerzan uno al otro y ayudan a formar una sociedad más justa y un mundo más lleno de paz. Esperamos que estas reflexiones puedan servir de oportunidad para un creciente diálogo sobre las exigencias de ser discípulo en nuestro tiempo.

Las parroquias son una fuente esencial de apoyo y aliento para los discípulos cristianos. Las parroquias mejores ayudan a los fieles a prepararse para marchar a vivir el Evangelio en todo lo que hacemos. La liturgia dominical nos envía a renovar la tierra y construir el reino de Dios de justicia y paz. Animamos a nuestros párrocos y predicadores a escuchar de sus fieles los retos de su diario vivir, y ayudarles proyectando la luz del Evangelio y los principios de la enseñanza católica sobre esas experiencias. Apoyamos las oraciones y devociones que ayudan a los fieles a aplicar el Evangelio en sus situaciones diarias. Por todo el país, hay multitud de hombres y mujeres católicos que se reúnen en pequeños grupos con el fin de examinar las implicaciones morales de su vida y trabajo. Ellos pueden ampliar su visión más allá de la experiencia individual e inmediata cuando pueden examinar los procesos estructurales que configuran la vida social. Las escuelas católicas y los programas de educación religiosa también presentan importantes lecciones sobre cómo vivir una vida de justicia y compasión y cómo promover la participación cívica. Muchas parroquias participan en redes legislativas y en proyectos de organización popular, incorporando así a sus fieles en trabajos por la justicia. Y en otras miles de parroquias, la variedad de servicios sociales constituyen una valiosa oportunidad para que los fieles tomen decisiones sobre su tiempo, dinero y talentos, las cuales reflejen las exigencias evangélicas de la justicia. Tales parroquias están convencidas de que el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesús se desenvuelve en un contexto de vida humana.

Aplaudimos estos esfuerzos y hasta pedimos con urgencia a nuestras parroquias que se haga más todavía. Nuestra cultura frecuentemente sugiere que la religión es cosa privada, meramente tolerada siempre y cuando quede desligada de nuestra vida de ciudadanos y trabajadores. Hombres y mujeres católicos necesitan encontrar en su parroquia el apoyo, los instrumentos y la ayuda concreta que necesiten para resistir tal tendencia y proclamar, en cambio, el amor, justicia y paz de Cristo en todo lo que hagan.

La calidad del ministerio social organizado de la Iglesia estriba no simplemente en la enseñanza que comparte, los servicios que ofrece o las acciones que realiza, sino también en el apoyo y desafío que ofrece a los hombres y mujeres que tratan de vivir el Evangelio en medio del mundo. Nuestra comunidad de fe necesita compartir más clara y extensamente sus enseñanzas sociales para que así sus principios contribuyan a delinear las decisiones y acciones de todo católico. Los católicos por su parte necesitan aprender y explorar más a fondo los vínculos entre fe y vida, entre teología y moral, entre lo que creemos y cómo actuamos cada día. Los católicos necesitamos apoyarnos mutumente al emprender estas difíciles tareas, ayudándonos unos a otros a mantenernos firme en nuestras convicciones, a defender lo que creemos y a practicar en nuestra propia vida lo que proclaman las Escrituras. Al acercarse el año 2000, nuestra conferencia episcopal está patrocinando una "Promesa de Caridad, Justicia y Paz para el Jubileo" como una manera concreta para que los fieles se comprometan a la oración, la reflexión, el servicio y la acción renovados en preparación para el tercer milenio de la era cristiana (ver Apéndice).

 


 

Conclusión

La palabra de Dios llama a todo creyente a convertirse en "la sal de la tierra, la luz del mundo". El papa y los obispos están llamados a enseñar y a dirigir, pero a menos que la enseñanza social de la Iglesia encuentre un hogar en la vida y corazón de todo católico, ya sea hombre o mujer, nuestra comunidad y cultura estarán muy lejos de cumplir lo que el Evangelio requiere. Nuestra sociedad urgentemente necesita el testimonio diario de cristianos que toman muy en serio las exigencias sociales de su fe. La búsqueda de la justicia es un componente esencial del llamado católico a la santidad, lo cual es nuestra verdadera vocación: vivir "en Cristo" y permitir que Cristo viva y obre en nuestro mundo de hoy.

La fe cristiana exige conversión; cambia lo que somos, lo que hacemos y lo que pensamos. El Evangelio ofrece "buena nueva" y dirección no sólo para nuestra vida espiritual sino para todos los compromisos y obligaciones de los cuales nuestra vida está compuesta. Vivir la fe en las tareas ordinarias de la vida diaria es parte esencial de lo que significa ser santo hoy.

Al acercarse el tercer milenio de la era cristiana, el llamado a encarnar nuestra fe en las decisiones y acciones cotidianas sigue siendo el meollo de lo que significa ser discípulo de Jesús. Aunque este llamado cobra renovada urgencia al acercarnos al Gran Jubileo, no por eso es algo nuevo. La tarea de los discípulos de hoy fue ya expresada posiblemente de la manera mejor y más sencilla en las palabras del profeta Miqueas:

"Ya se te ha dicho, hombre, lo que es bueno
y lo que el Señor te exige:
tan sólo que practiques la justicia,
que ames con ternura y obedezcas
humildemente a tu Dios". (Mi 6:8)

 


 

El jubileo y el llamado de los seglares a la justicia:
Un llamado a la justicia jubilar

El papa Juan Pablo II ha declarado que el año 2000 es un "año jubilar". El comienzo del próximo milenio es de especial significado para los seguidores de Jesús. El año 2000 es un año santo, un tiempo de gracia, un recuerdo de que vivimos y trabajamos en una época especial de gracia entre la Encarnación de Jesús y su Segunda Venida. En medio de todo el clamor que se alzará alrededor del milenio, los creyentes necesitan preguntarse: "¿Qué significa el jubileo para nosotros? ¿Cómo deben las mujeres y hombres católicos responder a este llamado al jubileo?"

El jubileo era un ideal, un recuerdo de que Yavé, el Creador de todo, era el verdadero dueño de la creación y que los que viven en una relación de alianza con Yavé deben también entablar relaciones justas y verdaderas con todos. El israelita piadoso sabía que la tierra era un regalo de Dios. La tierra y todo lo que ella implicaba —trabajo, bienes materiales, seguridad económica, y actividades de la vida cotidiana y mercantil— debía entenderse dentro del contexto de su propia relación con Dios. Todos los dones de la creación, incluso las abilidades y talentos personales, pertecen primeramente a Dios. El isrealita piadoso se consideraba un administrador de los bienes de Dios. Recursos naturales y talentos humanos debían servir a todos, con particular interés hacia los que eran pobres y débiles.

El "año lleno de los favores de Yavé" era un tiempo para proclamar "amnistía para todos los habitantes del país" (Lev 25:10), para traer "un buen mensaje para los humildes" y "a los desterrados su liberación" (Is 61:1). Era el momento para devolver libertad y justicia al pueblo, reestablecer relaciones de igualdad, remediar aquellas condiciones que mantenían al pueblo oprimido (Is 61), y cancelar las deudas (Dt 15). El jubileo estaba destinado a aligerar la carga de los débiles y darle al pueblo la oportunidad de comenzar de nuevo. El jubileo contenía un mensaje social bien claro. El año jubilar era una invitación para que la gente examinara su vida desde una perspectiva divina: todo lo que eran y lo que hacían debía estar de acuerdo con la voluntad de Dios de construir una comunidad de justicia, misericordia, amor y paz.

Al igual que los antiguos israelitas en su tiempo, los católicos laicos de hoy deben ver el jubileo que se avecina como un llamado a renovar la práctica de la caridad, buscar la justicia, dar la bienvenida al extranjero y hacer nuevos esfuerzos para conseguir que todos participen en la vida de la comunidad. Seguidores de Cristo transformados por el poder del Espíritu Santo, los católicos deben esforzarse por abrir su corazón a la verdad, amor y justicia de Cristo, y por crecer en virtud. Cada generación de creyentes tiene que emprender esta tarea. Es parte esencial de lo que significa ser santo hoy.

Al acercarse el jubileo, hay una variedad de vías para emprender esta tarea. Entre las posibilidades está la "Promesa de Caridad, Justicia y Paz para el Jubileo" patrocinada por nuestra conferencia, la cual ofrece a individuos y familias una oportunidad de comprometerse a continua oración, reflexión, servicio y acción en preparación para el nuevo milenio (ver Apéndice). Otra oportunidad es el Encuentro de Justicia Jubilar en Los Angeles, en Julio de 1999, patrocinado por un amplia gama de organizaciones católicas, con el fin de reunir a católicos de todo el país para explorar las exigencias de la caridad, la justicia y la paz, al acercarnos al tercer milenio de la era cristiana.

 


 

Apéndice:
Promesa del Jubileo por la caridad, la justicia y la paz

Compromiso católico para el Nuevo Milenio

El jubileo del nacimiento del Señor nos llama "a llevar la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos que pronto van a ver.... A despedir libres a los oprimidos" (Lc 4:18).

Como discípulos de Jesús en el nuevo milenio, yo/nosotros prometo/prometemos:


Rezar constantemente por más justicia y paz.

Aprender más sobre la enseñanza social católica y su llamado a proteger la vida humana, defender a los pobres y cuidar la creación.

Cruzar las fronteras de la religión, la raza, la etnia, el sexo o la incapacidad.

Ser justo en la vida en familia, la escuela, el trabajo, los negocios y la política.

Servir a los pobres y desamparados, compartiendo el tiempo y los talentos.

Dar on más generosidad a los necesitados aquí y en el extranjero.

Abogar por una política pública que proteja la vida humana, promueva la
dignidad humana, preserve la creación de Dios y construya la paz.

Motivar a otros a luchar para que haya más caridad, justicia y paz.


______________________________
Firma

"El amor por los demás y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia".

—Papa Juan Pablo II, Centesimus annus, no. 58 


Esta Promesa de Caridad, Justicia y Paz para el Jubileo se ofrece a individuos, familias y parroquias como una señal de compromiso en preparación para el milenio.

Nota: Varias oficinas de la Conferencia Católica de los Estados Unidos y otras organizaciones están promoviendo esta promesa como una respuesta práctica a la designación por el Santo Padre de 1999 como "el año de la caridad".

Para pedir copias adicionales de la Promesa de Caridad, Justicia y Paz para el Jubileo y para obtener un catálogo de otros títulos de USCC, llame a la línea gratis 1-800-235-8722. Folletos con la Promesa para el Jubileo (español #5-808; inglés #5-243; carteles en inglés/español #5-246).

 


 

Notas

  1. Otros documentos principales abordan de mane-ra más completa la vocación del laico (p. ej. Constitución Dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia; El decreto Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares; Sobre los Seglares, Elegidos e Iluminados, Llamados y Dotados para el Tercer Milenio). La enseñanza católica ha delineado nuestra misión social más amplia en una serie de documentos (p. ej. Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual; Justicia en el mundo; Cien años de enseñanza social; Comunidades de Sal y Luz; Llamados a la solidaridad mundial).

  2. Mateo 25:31-46, Mateo 5:1-10.

  3. Lucas 4:18.

  4. Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, no. 31.

  5. Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, no. 43

  6. Para leer más, ver Familiaris consortio, sobre la familia, Papa Juan Pablo II.

  7. Para leer más, ver Laborem exercens, sobre el trabajo humano, Papa Juan Pablo II.

  8. Para leer más, ver Justicia Económica para Todos, Edición para el Décimo Aniversario, obispos católicos de EE.UU.

  9. Ibid.

  10. Para leer más, ver Cómo ser un Cristiano Corresponsable, Obispos Católicos de EE.UU.

  11. Para leer más, ver Octogesima Adveniens, Papa Pablo VI; Responsabilidad Política, obispos católicos de EE.UU.

Para pedir Cristianos de cada día: tienen hambre y sed de justicia en el formato oficial de su publicación, contacte la USCC Office for Publishing and Promotion Services, llamando la línea gratis 800-235-8722 (en el área metropolitana de Washington o desde fuera de Estados Unidos llame al 202-722-8716). En español: Pub. no. 5-117; en inglés: Pub. no. 5-116. 20 págs. $1.50 c/copia; se ofrecen descuentos por mayores cantidades. Añada un 10% a cada pedido para cubrir el embalaje y envío ($3.00 mínimo).


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