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Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles - Nota introductoria

 
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Como católicos, llevamos la riqueza de nuestra fe al ámbito público. Nos basamos tanto en la fe como en la razón al buscar afirmar la dignidad de la persona humana y el bien común. Con renovada esperanza, nosotros, los Obispos Católicos de los Estados Unidos, estamos relanzando Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles, nuestro documento doctrinal sobre la responsabilidad política de los católicos, que brinda orientación a todos los que buscan ejercer sus derechos y deberes como ciudadanos.

Todos los que viven en este país están llamados a participar en la vida pública y contribuir al bien común.[1] En Alegraos y regocijaos [Gaudete et exsultate], el papa Francisco escribe:

Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos… No te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño.[2]

El llamado a la santidad, escribe el Papa, requiere una defensa “firme y apasionada” del “inocente que no ha nacido”. “Igualmente sagrada”, afirma, es “la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte”.[3]

Nuestro enfoque de los problemas contemporáneos se fundamenta, ante todo, en nuestra identidad como seguidores de Cristo y como hermanos y hermanas de todos los que están hechos a imagen de Dios. Para todos los católicos, incluidos aquellos que buscan una posición pública, nuestra participación en los partidos políticos u otros grupos a los que pertenezcamos debe estar influenciada por nuestra fe, no al revés.

Nuestra declaración de 2015, Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles, buscó ayudar a los católicos a formar su conciencia, aplicar un marco moral consistente a los problemas que enfrentan la nación y el mundo, y moldear sus decisiones electorales a la luz de la Doctrina Social Católica. Al decidir reeditar esta declaración, reconocemos que la idea central del documento y los desafíos que aborda siguen siendo relevantes hoy en día.

Al mismo tiempo, algunos desafíos se han agudizado. El Papa Francisco ha seguido llamando la atención sobre importantes cuestiones tales como la migración, la xenofobia, el racismo, el aborto, el conflicto global y el cuidado de la creación. En los Estados Unidos y en todo el mundo, son muchos los desafíos que exigen nuestra atención.

La amenaza del aborto sigue siendo nuestra máxima prioridad, porque ataca directamente a la vida misma,[4] porque tiene lugar dentro del santuario de la familia y por la cantidad de vidas destruidas. Al mismo tiempo, no podemos descartar o ignorar otras graves amenazas para la vida y la dignidad humanas, como el racismo, la crisis ambiental, la pobreza y la pena de muerte.[5]

Nuestros esfuerzos para proteger a los no nacidos siguen siendo tan importantes como siempre, pues, así como la Corte Suprema puede permitir mayor libertad a las leyes estatales que restringen el aborto, los legisladores estatales han aprobado estatutos no sólo para mantener el aborto legal durante los nueve meses de embarazo, sino también para abrir la puerta al infanticidio. Además, el aborto contamina muchas otras cuestiones importantes al insertarse en la legislación sobre inmigración, atención a los pobres y reforma de la atención médica.

En nuestra frontera, muchas familias que llegan sufren separación, trato inhumano y falta de debido proceso, mientras que los que huyen de la persecución y la violencia enfrentan mayores barreras para buscar refugio y asilo. Dentro de nuestras fronteras, los Dreamers o Soñadores, las personas con Estatus de Protección Temporal (TPS) y las familias con estatus migratorio múltiple e indocumentadas enfrentan constantemente temor y ansiedad mientras que no se llega a soluciones. La incapacidad de los legisladores para aprobar una reforma migratoria integral que reconozca a la familia como la unidad básica de la sociedad ha contribuido al deterioro de las condiciones en la frontera. Mientras buscamos soluciones, debemos asegurarnos de recibir a los refugiados, solicitantes de asilo y otros migrantes a la luz de las enseñanzas de Cristo y la Iglesia, al tiempo que garantizamos la seguridad de nuestros ciudadanos.

La herida del racismo sigue enconándose; los obispos de los Estados Unidos llamaron la atención sobre este importante tema en su reciente carta pastoral, Abramos nuestros corazones. Los problemas de la libertad religiosa siguen intensificándose en el extranjero, y en los Estados Unidos han superado el nivel federal para pasar a los niveles estatal y local. A medida que proliferan los conflictos internacionales, abordar la pobreza y construir la paz mundial siguen siendo preocupaciones urgentes, al igual que la necesidad de ayudar a las personas y familias de nuestro propio país que siguen luchando para llegar a fin de mes. Debemos trabajar para abordar la violencia con armas de fuego, la xenofobia, la pena capital y otros problemas que afectan la vida y la dignidad humana. También es esencial afirmar la naturaleza de la persona humana como varón y mujer, proteger a la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, y defender los derechos de los niños a ese respecto. Finalmente, debemos encontrar urgentemente maneras de cuidar mejor la creación de Dios, especialmente de los más afectados por el cambio climático, los pobres, y proteger nuestra casa común. Debemos resistirnos a la cultura del descarte y buscar el desarrollo integral de todos.

Con estos y otros desafíos serios que enfrentan tanto la nación como la Iglesia, estamos llamados a caminar con los que sufren y a trabajar por la justicia y la sanación.

A todos los niveles de la sociedad, somos conscientes de una gran necesidad de liderazgo que demuestre el amor por la justicia (Sabiduría 1:1), así como las virtudes de la justicia, la prudencia, el coraje y la templanza. Nuestro compromiso, como personas de fe, de imitar el amor y la compasión de Cristo debe desafiarnos a servir como modelos de diálogo civil, especialmente en un contexto en que el discurso se está erosionando a todos los niveles de la sociedad. En los lugares donde vivimos, trabajamos y rendimos culto, nos esforzamos por comprender antes de buscar ser comprendidos, tratar con respeto a aquellos con quienes discrepamos, desmontar estereotipos y desarrollar una conversación productiva en lugar de intercambiar insultos.

En todos los ámbitos de la vida, los católicos pueden aportar su fe y nuestro coherente marco moral para contribuir a este importante trabajo en nuestras comunidades, nuestra nación y el mundo de manera permanente, no sólo durante la temporada electoral. En el año que se viene y más allá, instamos a los líderes y a todos los católicos a responder con la oración y la acción al llamado a ser ciudadanos fieles. De este modo, vivimos el llamado a la santidad y trabajamos con Cristo en la construcción de su reino de amor.

Padre misericordioso,

 

Gracias por invitarnos a todos a sumarnos a tu trabajo
de construir el reino del amor, la justicia y la paz.

 

Acércanos a ti en oración
al discernir tu llamado en nuestras familias y comunidades.

 

Envíanos a encontrar a todos a los que amas:
los no nacidos, los pobres, los que necesitan acogida.

 

Inspíranos para responder al llamado a ser ciudadanos fieles,
durante la temporada electoral y más allá.

 

Ayúdanos a imitar tu caridad y compasión
y servir como modelos de diálogo amoroso.

 

Enséñanos a tratar a los demás con respeto, incluso cuando discrepemos,
y buscar compartir tu amor y misericordia.

 

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios por los siglos de los siglos. Amén

 

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nos. 1913-15.

[2] Papa Francisco, Gaudete et exsultate, no. 25.

[3] Ibid., no. 101.

[4] Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles, no. 22.

[5] Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles, no. 29.

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