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Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles - Primera parte - Reflexión de los obispos de Estados Unidos sobre la doctrina católica y la vida política

 
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Introducción

1. Como nación, compartimos muchas bendiciones y fortalezas, entre las que figuran la libertad religiosa y la participación política. Sin embargo, como pueblo, afrontamos retos serios que son claramente políticos y también profundamente morales.

2. Somos una nación fundada sobre "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad", aunque el derecho a la vida misma no está totalmente protegido, especialmente en lo que se refiere a los niños no nacidos, quienes son los miembros más vulnerables de la familia estadounidense. Estamos llamados a ser constructores de paz en una nación en guerra. Somos un país comprometido a buscar "libertad y justicia para todos", pero que muy a menudo está dividido según razas, etnias y desigualdad económica. Somos una nación de inmigrantes, que lucha por resolver los retos que surgen de los muchos nuevos inmigrantes que hay entre nosotros. Somos una sociedad construida sobre la fortaleza de nuestras familias, llamada a defender el matrimonio y ofrecer apoyo moral y económico a la vida familiar. Somos una nación poderosa en un mundo violento, que afronta el terror e intenta construir un mundo más seguro, más justo y más pacífico. Somos una sociedad rica donde demasiadas personas viven en la pobreza y carecen de cuidado médico y otras necesidades vitales. Somos parte de una comunidad global que afronta amenazas urgentes contra el medio ambiente que nos debe dar sustento. Estos retos están en el corazón de la vida pública y en el centro de la búsqueda del bien común.1

3. Durante muchos años, nosotros, los obispos de Estados Unidos, hemos compartido la doctrina católica sobre la vida política. Lo hemos hecho mediante una serie de declaraciones emitidas cada cuatro años y enfocadas a la “responsabilidad política” o “los ciudadanos fieles”. Con este documento continuamos esta práctica, manteniendo una continuidad con lo que hemos dicho en el pasado a la luz de los nuevos retos que afrontan nuestra nación y nuestro mundo. Esta no es una doctrina nueva, sino que afirma lo que ya enseña la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos y toda la Iglesia. Como católicos, somos parte de una comunidad con una herencia rica que nos ayuda a considerar los retos que existen en la vida pública y que contribuye a una mayor justicia y paz para todos.

4. Parte de esa rica herencia sobre cómo ser ciudadanos fieles es la enseñanza de la Declaración sobre libertad religiosa (Dignitatis Humanae), promulgada por el Concilio Vaticano II. Esta dice que "la misma sociedad así [pueda gozar] de los bienes de la justicia y de la paz que dimanan de la fidelidad de los hombres para con Dios y para con su santa voluntad" (no. 6). El trabajo a favor de la justicia requiere que la mente y el corazón de los católicos estén educados y formados para así conocer y practicar la totalidad de la fe.

5. Esta declaración pone de relieve el papel de la Iglesia en la formación de la conciencia y la responsabilidad moral que le corresponde a cada católico de escuchar, recibir y actuar según la doctrina de la Iglesia en la tarea de por vida que es la formación de su propia conciencia. Con esta base los católicos están mejor equipados para evaluar posturas políticas, los programas de los partidos políticos y las promesas y acciones de los candidatos a la luz del Evangelio y la doctrina moral y social de la Iglesia para ayudar a construir un mundo mejor.

6. Buscamos conseguir esto haciendo cuatro preguntas: (1) ¿Por qué enseña la Iglesia sobre cuestiones que afectan a la política pública? (2) ¿Quién en la Iglesia debería participar en la vida política? (3) ¿Cómo ayuda la Iglesia a los fieles católicos a tratar las cuestiones políticas y sociales? (4) ¿Qué dice la Iglesia sobre la doctrina social católica en el ámbito público?

7. En esta declaración, nosotros, los obispos, no tenemos la intención de decir a los católicos por o contra quién votar. Nuestro objetivo es ayudar a los católicos a formar sus conciencias de acuerdo con la verdad de Dios. Reconocemos que la responsabilidad de tomar decisiones en la vida política recae en cada individuo a la luz de una conciencia debidamente formada y que la participación va mucho más allá del hecho de depositar el voto en una elección en particular.

8. En los años en los que hay elecciones, es posible que se produzcan y distribuyan muchos panfletos y guías para votantes. Animamos a los católicos a que busquen los recursos que hayan sido autorizados por sus propios obispos, la conferencia de obispos católicos del estado y la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (United States Conference of Catholic Bishops). Esta declaración tiene como objetivo reflejar y complementar, y no sustituir, la actual doctrina de los obispos de sus propias diócesis y estados. A la luz de estas reflexiones y las de los obispos locales, animamos a todos los católicos de Estados Unidos a ser activos en el proceso político, especialmente en estos tiempos de tantos retos.

¿Por qué enseña la Iglesia sobre cuestiones que afectan a la política pública?

9. La obligación de la Iglesia de participar en la formación del carácter moral de la sociedad es un requisito de nuestra fe. Es una parte esencial de la misión que hemos recibido de Jesucristo, quien nos ofrece una visión de la vida que nos ha sido revelada en la Sagrada Escritura y la Tradición. Haciendo eco del Concilio Vaticano II: Cristo, la Palabra hecha carne, al manifestarnos el amor del Padre, también nos ha mostrado lo que significa verdaderamente ser humanos (ver Gaudium et Spes, no. 22). El amor que Cristo nos tiene nos permite ver con completa claridad nuestra dignidad humana y nos lleva a amar a nuestro prójimo como él nos ha amado. Cristo, el Maestro, nos muestra aquello que es verdadero y bueno, es decir, aquello que está de acuerdo con nuestra naturaleza humana, como seres libres e inteligentes creados a imagen y semejanza de Dios y dotados por el Creador con dignidad y derechos.

10. Lo que la fe nos enseña acerca de la dignidad de la persona humana y de la santidad de cada vida humana, nos ayuda a ver con más claridad las verdades que también nos son transmitidas mediante el don de la razón humana. En el centro de estas verdades está el respeto por la dignidad de cada persona. Esta es la esencia de la doctrina moral y social católica. Como somos personas tanto de fe como seres racionales, es apropiado y necesario que llevemos al ámbito público esta verdad esencial acerca de la vida y dignidad humana. Estamos llamados a practicar el mandamiento de Cristo "que se amen los unos a los otros" (Jn 13:34). También estamos llamados a promover el bienestar de todos, a compartir nuestras bendiciones con los más necesitados, a defender el matrimonio y a proteger la vida y la dignidad de todas las personas, especialmente de los débiles, los vulnerables y los que carecen de voz. El Papa Benedicto XVI explicó en su primera encíclica, Deus Caritas Est, que "la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como 'caridad social'" (no. 29).

11. Hay quienes preguntan si es apropiado que la Iglesia juegue un papel en la vida política. Sin embargo, la obligación de enseñar acerca de los valores morales que deberían dar forma a nuestra vida, incluida nuestra vida pública, es un elemento central de la misión que Jesucristo encomendó a la Iglesia. Lo que es aún más, la Constitución de Estados Unidos protege el derecho de cada creyente y de cada institución religiosa a participar y decir lo que piense que son interferencias gubernamentales, favoritismos o discriminación. La ley civil debería reconocer y proteger totalmente el derecho, la obligación y las oportunidades de la Iglesia a participar en la sociedad sin ser forzada a abandonar o ignorar sus convicciones morales centrales. La tradición pluralista de nuestra nación se ve reforzada, y no amenazada, cuando los grupos religiosos y las personas de fe llevan a la vida pública sus convicciones y preocupaciones. De hecho, la doctrina de nuestra Iglesia concuerda con los valores fundacionales que han marcado la historia de nuestra nación: "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

12. La comunidad católica brinda contribuciones importantes al diálogo político sobre el futuro de nuestra nación. Ofrecemos un marco moral coherente — surgido de la razón humana básica iluminada por la Sagrada Escritura y la doctrina de la Iglesia— para analizar las cuestiones, las plataformas políticas y las campañas. También aportamos una amplia experiencia en el área de servicio a los necesitados, educando a la juventud, cuidando de los enfermos, dando techo a los desamparados, ayudando a las mujeres con embarazos difíciles, alimentando al hambriento, dando la bienvenida a los inmigrantes y refugiados, ofreciendo nuestra solidaridad a nivel global y promoviendo la paz.

¿Quién en la Iglesia debería participar en la vida política?

13. En la Tradición católica, el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral. Esta obligación tiene sus raíces en nuestro compromiso bautismal de seguir a Jesucristo y dar un testimonio cristiano mediante todo lo que hacemos. Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: "Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana… Los ciudadanos deben cuando sea posible tomar parte activa en la vida pública" (nos. 1913-1915).

14. Desafortunadamente, la política en nuestro país puede ser a menudo una lucha entre intereses poderosos, ataques partidarios, frases llamativas y el sensacionalismo de los medios de comunicación. La Iglesia llama a un tipo diferente de participación política: una formada por las convicciones morales de conciencias bien formadas y enfocada en la dignidad de cada ser humano, la búsqueda del bien común y la protección de los débiles y vulnerables. El llamado católico a ser ciudadanos fieles afirma la importancia de la participación política e insiste en que el servicio público es una vocación digna. Como católicos deberíamos ser guiados más por nuestras convicciones morales que por nuestro apego a un partido político o grupo con intereses especiales. Cuando sea necesario, nuestra participación debería ayudar a transformar el partido al que pertenecemos. No deberíamos dejar que el partido nos transforme de tal manera que ignoremos o rechacemos las verdades morales fundamentales. Estamos llamados a unir nuestros principios y nuestras preferencias políticas, nuestros valores y nuestro voto, para ayudar a construir un mundo mejor.

15. El clero y los laicos tienen funciones complementarias en la vida pública. Nosotros, los obispos, tenemos la responsabilidad principal de transmitir la doctrina moral y social de la Iglesia. Junto con los sacerdotes y diáconos, asistidos por los religiosos y los líderes laicos de la Iglesia, debemos enseñar los principios morales fundamentales que ayudan a los católicos a formar correctamente su conciencia, a guiarlos por las dimensiones morales de las decisiones públicas y a animar a los fieles a que lleven a cabo sus responsabilidades en la vida política. Al cumplir estas responsabilidades, los líderes de la Iglesia deben evitar apoyar u oponerse a los candidatos, así como de decirle a las personas a quién dar su voto. Como lo dijo el Papa Benedicto XVI en Deus Caritas Est:

[La Iglesia] quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales… La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. (no. 28)

16. Como también ha enseñado el Santo Padre en Deus Caritas Est: "El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos" (no. 29). Este deber es hoy, más que nunca, más crítico dado el ambiente político de hoy en día, en el que los católicos se sienten desamparados políticamente, percibiendo que ningún partido político y muy pocos candidatos comparten el compromiso pleno que la Iglesia tiene con la vida y la dignidad de cada persona, desde su concepción hasta la muerte natural. Sin embargo, este no es momento para retraerse o desanimarse. Más bien, es el momento de renovar nuestra participación política. Al formar su conciencia según la doctrina católica, los laicos católicos pueden involucrarse activamente presentándose como candidatos políticos, trabajando dentro de los partidos políticos, transmitiendo a los funcionarios elegidos sus preocupaciones y posiciones, y participando en las redes de pastoral y defensa social diocesanas, en las iniciativas de las conferencias estatales de obispos católicos, en las organizaciones comunitarias y en otras iniciativas para aplicar doctrinas morales auténticas en el ámbito público. Incluso quienes no pueden votar tienen el derecho de hacer oír sus voces respecto a cuestiones que afectan su vida y el bien común.

¿ Cómo ayuda la Iglesia a los fieles católicos a tratar las cuestiones políticas y sociales?

Una conciencia bien formada

17. La Iglesia provee a sus miembros con lo necesario para tratar cuestiones políticas y sociales al ayudarlos a desarrollar una conciencia bien formada. Los católicos tienen una obligación seria y de por vida de formar su conciencia en acuerdo con la razón humana y la doctrina de la Iglesia. La conciencia no es algo que nos permite justificar cualquier cosa que queramos hacer, ni tampoco es simplemente un "sentimiento" acerca de lo que deberíamos o no hacer. Más bien, la conciencia es la voz de Dios que resuena en el corazón humano, revelándonos la verdad y llamándonos a hacer el bien a la vez que a rechazar el mal. La conciencia siempre requiere intentar seriamente hacer juicios morales sólidos basados en las verdades de nuestra fe. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto" (no. 1778).

18. La formación de la conciencia incluye varios elementos. Primero, existe el deseo de abrazar el bien y la verdad. Para los católicos esto comienza con el deseo y una actitud abierta de buscar la verdad y lo que es correcto, estudiando la Sagrada Escritura y la doctrina de la Iglesia, contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica. También es importante examinar los hechos y antecedentes de las distintas opciones. Finalmente, una reflexión iluminada por la oración es esencial para discernir la voluntad de Dios. Los católicos también deben entender que si fallan en la formación de su conciencia, pueden cometer juicios erróneos.2

La virtud de la prudencia

19. La Iglesia promueve la conciencia bien formada no solo enseñando la verdad moral, sino también animando a sus miembros a desarrollar la virtud de la prudencia. La prudencia nos permite "discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo" (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1806). La prudencia forma e informa nuestra capacidad para deliberar sobre las alternativas disponibles, identificar cuál es la más adecuada en un contexto específico y actuar decisivamente. El ejercitar esta virtud requiere a menudo de la valentía para actuar en defensa de principios morales cuando se toman decisiones sobre cómo construir una sociedad de justicia y paz.

20. La doctrina de la Iglesia es clara al decir que el bien no justifica medios inmorales. Al buscar todos nosotros el avance del bien común —defendiendo la santidad inviolable de la vida humana desde el momento de la concepción hasta su muerte natural, defendiendo el matrimonio, alimentando al hambriento y dando techo al desamparado, dando la bienvenida al inmigrante y protegiendo el medio ambiente— es importante reconocer que no todos los proyectos de acción posibles son moralmente aceptables. Tenemos la responsabilidad de discernir cuidadosamente qué políticas públicas son moralmente sólidas. Los católicos pueden elegir diferentes maneras de responder a los problemas sociales imperiosos, pero no podemos alejarnos de nuestra obligación moral de ayudar a construir un mundo más justo y pacífico con medios moralmente aceptables, de forma que el débil y el vulnerable sean protegidos, y los derechos y dignidad humanas defendidos.

Hacer el bien y evitar el mal

21. Ayudados por la virtud de la prudencia en el ejercicio de una conciencia bien formada, los católicos están llamados a tomar decisiones concretas respecto a las opciones buenas y malas existentes en el ámbito político.

22. Hay cosas que nunca debemos hacer, ni como individuos ni como sociedad, porque estas son siempre incompatibles con el amor a Dios y al prójimo. Tales acciones son tan profundamente defectuosas que siempre se oponen al bien auténtico de las personas. Estas acciones se llaman "actos intrínsicamente malos". Estos siempre se deben rechazar y ser objeto de oposición y nunca se deben apoyar o aprobar. Un ejemplo claro es quitar intencionadamente la vida de un ser humano inocente, como es el caso del aborto y la eutanasia. En nuestra nación, "el aborto y la eutanasia se han convertido en amenazas constantes a la dignidad humana porque atacan directamente a la vida misma, el más fundamental de los bienes humanos y la condición para todos los demás" (Vivir el Evangelio de la vida, no. 5). Es un error con graves consecuencias morales el tratar la destrucción de una vida inocente simplemente como una cuestión de decisión individual. Un sistema legal que viola el derecho básico a la vida, basándose en que este es una opción, es un sistema fundamentalmente defectuoso.

23. Asimismo, las amenazas directas a la santidad y dignidad de la vida humana, como lo son la clonación humana y la investigación científica destructiva de embriones humanos, también son intrínsicamente malos. Estos actos deben siempre ser rechazados. Otros ataques directos a la vida de seres humanos inocentes y la violación de la dignidad humana, como lo son el genocidio, la tortura, el racismo y atentar contra los no combatientes en actos terroristas o de guerra, jamás pueden ser justificados.

24. Oponerse a actos intrínsicamente malos que devalúan la dignidad de la persona humana debería también abrirnos los ojos al bien que debemos realizar, es decir, a nuestro deber positivo de contribuir al bien común y de actuar solidariamente para con los necesitados. Como dijo el Papa Juan Pablo II: "El hecho de que solamente los mandamientos negativos obliguen siempre y en toda circunstancia, no significa que, en la vida moral, las prohibiciones sean más importantes que el compromiso de hacer el bien, como indican los mandamientos positivos" (Veritatis Splendor, no. 52). Tanto oponerse al mal como hacer el bien son obligaciones esenciales.

25. El derecho a la vida implica y está ligado a otros derechos humanos, a los bienes fundamentales que toda persona humana necesita para vivir y desarrollarse plenamente. Todas las cuestiones sobre la vida están conectadas, ya que la erosión del respeto a la vida de cualquier individuo o grupo en una sociedad necesariamente reduce el respeto a todo tipo de vida. El imperativo moral de responder a las necesidades de nuestro prójimo —necesidades básicas como el alimento, la vivienda, el cuidado médico, la educación y un trabajo digno— obliga universalmente a nuestra conciencia y puede ser llevado a cabo legítimamente de diferentes maneras. Los católicos deben buscar las mejores maneras de responder a estas necesidades. Como enseñó el beato Juan XXIII: "[Cada uno de nosotros tiene] un derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia médica y, finalmente, los servicios indispensables que a cada uno debe prestar el Estado" (Pacem in Terris, no. 11).

26. El Papa Juan Pablo II explicó la importancia de permanecer fieles a las enseñanzas fundamentales de la Iglesia:

Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fundamental, condición de todos los otros derechos de la persona. (Christifideles Laici, no. 38)

27. Dos tentaciones en la vida pública pueden distorsionar la defensa que hace la Iglesia de la vida y dignidad humanas:

28. La primera es una equivalencia moral que no hace distinciones éticas entre las diferente clases de cuestiones que tratan la vida y dignidad humanas. La destrucción directa e intencionada de la vida de personas inocentes, desde el momento de la concepción hasta su muerte natural, es siempre mala y no es simplemente una cuestión entre muchas otras. Siempre debe ser rechazada.3

29. La segunda es el uso indebido de estas distinciones morales necesarias como una manera de rechazar o ignorar las amenazas serias a la vida y dignidad humanas. El racismo y otras discriminaciones injustas, el uso de la pena de muerte, recurrir a una guerra injusta, el uso de la tortura,4 los crímenes de guerra, la falta de acción para responder a los que sufren a causa del hambre o falta de cuidado sanitario o una política inmigratoria injusta son todas ellas cuestiones morales serias que retan a nuestra conciencia y requieren que actuemos. Estas no pueden ser preocupaciones opcionales que pueden ser rechazadas. Los católicos son exhortados a considerar seriamente lo que la doctrina de la Iglesia enseña respecto a estas cuestiones. Aunque las opciones de cómo responder mejor a estas y otras amenazas serias a la vida y dignidad humanas son materia para debates y decisiones fundadas en principios, esto no quiere decir que sean preocupaciones opcionales o que permitan a los católicos rechazar o ignorar la doctrina católica sobre estas cuestiones importantes. Obviamente, no cada católico puede participar activamente en cada uno de estos asuntos, pero debemos apoyarnos mutuamente a la vez que nuestra comunidad de fe defiende la vida y dignidad humanas donde quieran que sean amenazadas. No somos facciones, sino una familia de fe que lleva a cabo la misión de Jesucristo.

30. La Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano planteó algo parecido:

Hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. (Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, no. 4)

Tomar decisiones morales

31. Las decisiones sobre la vida política son complejas y requieren del ejercicio de una conciencia bien formada apoyada por la prudencia. Este ejercicio de la conciencia comienza con una oposición inmediata a las leyes y a las otras políticas que violan la vida humana o debilitan su protección. Quienes consciente, deliberada y directamente apoyan políticas públicas o legislaciones que socavan los principios morales fundamentales están cooperando con el mal.

32. A veces ya existen leyes moralmente defectuosas. En estas situaciones, el proceso de crear un marco legislativo para proteger la vida está sujeto a un juicio prudencial y al "arte de lo posible". A veces este proceso puede restaurar la justicia solo parcial o gradualmente. El Papa Juan Pablo II, por ejemplo, enseñó que cuando un legislador que se opone plenamente al aborto no consigue exitosamente cambiar una ley que está a favor del aborto, entonces él o ella pueden dedicarse a mejorar la protección de la vida humana no nacida trabajando para "limitar los daños de esa ley" y atenuar su impacto negativo tanto como sea posible (Evangelium Vitae, no. 73). Tales mejoras paulatinas de la ley son tan aceptables como los pasos que llevan a una restauración plena de la justicia. Sin embargo, los católicos nunca deben abandonar el requerimiento moral de buscar la protección plena de toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.

33. El juicio prudencial también es necesario cuando se aplican los principios morales a opciones específicas políticas en áreas tales como la guerra en Iraq, la vivienda, el cuidado médico, la inmigración y otras. Esto no quiere decir que todas las opciones sean válidas por igual o que la orientación que ofrecemos nosotros u otros líderes de la Iglesia sea simplemente otra opción política o que sea una preferencia política entre otras muchas. Más bien, exhortamos a los católicos a que escuchen cuidadosamente a los maestros de la Iglesia cuando aplican la doctrina social católica a propuestas y situaciones específicas. Los juicios y recomendaciones que hacemos como obispos respecto a cuestiones específicas no tienen la misma autoridad moral que las declaraciones doctrinales morales universales. Aún así, la orientación de la Iglesia en estos asuntos es un recurso esencial para cuando los católicos determinen si su propio juicio moral es consistente con el Evangelio y la doctrina católica.

34. Los católicos a menudo afrontan decisiones difíciles sobre cómo votar. Es por esto que es tan importante votar de acuerdo con una conciencia bien formada que perciba la relación apropiada que existe entre los bienes morales. Un católico no puede votar a favor de un candidato que toma una posición a favor de algo intrínsicamente malo, como es el aborto o el racismo, si la intención del votante es apoyar tal posición. En tales casos un católico sería culpable de cooperar formalmente con un mal grave. Pero al mismo tiempo, un votante no debería usar la oposición a un mal intrínseco de un candidato para justificar una indiferencia o despreocupación hacia otras cuestiones morales importantes que atañen a la vida y dignidad humanas.

35. Puede haber ocasiones cuando un católico que rechaza una posición inaceptable de un candidato decida votar a favor de ese candidato por otras razones moralmente graves. Votar de esta manera sería solamente aceptable si verdaderamente existen razones morales graves, y no para promover intereses mezquinos o las preferencias de un partido político o para ignorar un mal moral fundamental.

36. Cuando todos los candidatos tienen una posición que favorece un mal intrínseco, el votante concienzudo afronta un dilema. El votante puede decidir tomar el extraordinario paso de no votar por ningún candidato o, tras deliberar cuidadosamente, puede decidir votar por el candidato que piense que sea quien probablemente menos promueva tal posición moralmente defectuosa y que sea quien probablemente más apoye otros bienes humanos auténticos.

37. Al tomar estas decisiones, es esencial que los católicos estén guiados por una conciencia bien formada que reconozca que todas las cuestiones no tienen el mismo peso moral y que la obligación de oponerse a actos intrínsicamente malos tiene una relevancia especial en nuestra conciencia y acciones. Estas decisiones deberían tener en cuenta los compromisos, el carácter, la integridad y la habilidad que tiene un candidato de influenciar un asunto específico. Finalmente, estas son decisiones que cada católico debe tomar guiado por una conciencia formada por la doctrina moral de la Iglesia.

38. Es importante dejar claro que las opciones políticas que tienen los ciudadanos no solo causan un impacto en la paz y prosperidad generales, sino que también pueden afectar a la salvación individual. De igual manera, las leyes y políticas apoyadas por quienes ejercen cargos públicos afectan su bienestar espiritual. El Papa Benedicto XVI, en su reciente reflexión sobre la Eucaristía como "sacramento de la caridad", nos retó a todos a adoptar lo que él denomina una "forma eucarística de la vida". Esto quiere decir que el amor redentor que encontramos en la Eucaristía debería formar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras decisiones, incluidas aquellas que tienen que ver con el orden social. El Santo Padre hizo un llamado a la "coherencia eucarística" de parte de cada miembro de la Iglesia:

Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas…. (Sacramentum Caritatis, no. 83)

39. El Santo Padre ha llamado, de una manera particular, a los políticos y legisladores católicos a reconocer la responsabilidad grave que tienen en la sociedad de apoyar leyes formadas por estos valores humanos fundamentales y los exhorta a que se opongan a las leyes y políticas que violen la vida y la dignidad en cualquiera de sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural. El Papa afirmó la responsabilidad que tienen los obispos de enseñar consistentemente estos valores a sus pueblos.5

¿Qué dice la Iglesia sobre la doctrina social católica en el ámbito público?—Siete temas clave

40. La ética consistente sobre la vida ofrece un marco moral para que los católicos con principios participen en la vida política y, entendida correctamente, ni trata todas las cuestiones como equivalentes moralmente ni reduce la doctrina católica a una o dos cuestiones. La ética consistente sobre la vida ancla el compromiso católico de defender la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, a la obligación moral fundamental de respetar la dignidad de cada persona como hijo o hija de Dios. Nos une como un "pueblo de la vida y para la vida" (Evangelium Vitae, no. 6) comprometido a construir lo que el Papa Juan Pablo II denominó "una cultura nueva de la vida" (Evangelium Vitae, no. 77). Esta cultura de la vida comienza con la obligación principal de proteger la vida inocente de ataques directos y se extiende para defender la vida sea cuando esta sea amenazada o rebajada.

41. Los votantes católicos deberían usar el marco de la doctrina católica para examinar las posiciones de los candidatos respecto a cuestiones que afecten a la vida y dignidad humanas, así como cuestiones de justicia y paz, y deberían considerar la integridad, filosofía y desempeño de los candidatos. Es importante que todos los ciudadanos "vayan más allá de la política partidista, que analicen las promesas de la campañas con un ojo crítico y que escojan sus dirigentes políticos según su principio, no su afiliación política o el interés propio" (Vivir el Evangelio de la vida, no. 34).

42. Como católicos, no votamos basándonos en una sola cuestión. La posición de un candidato respecto a una sola cuestión no es suficiente para garantizar el apoyo del votante. Sin embargo, la posición de un candidato respecto a una sola cuestión relacionada con un mal intrínseco, como es el apoyo al aborto legal o la promoción del racismo, puede llevar legítimamente al votante a descalificar a un candidato y no recibir su apoyo.

43. Como se dijo anteriormente, la propuesta católica para ser ciudadanos fieles descansa en principios morales que se encuentran en la Sagrada Escritura y las enseñanzas morales y sociales católicas, así como en el corazón de las personas de buena voluntad. A continuación presentamos temas centrales e imperecederos de la tradición social católica que pueden ofrecer un marco moral para tomar decisiones en la vida pública.6

La vida y la dignidad de la persona

44. La vida humana es sagrada. La dignidad de la persona humana es la base de una visión moral para la sociedad. Los ataques a las personas inocentes no son nunca moralmente aceptables, en ninguna etapa de la vida ni bajo ninguna condición. En nuestra sociedad, la vida humana está bajo el ataque especialmente del aborto. Otras amenazas directas a la santidad de la vida humana incluyen la eutanasia, la clonación humana y la destrucción de embriones humanos para la investigación científica.

45. La doctrina católica sobre la dignidad de la vida nos llama a que nos opongamos a la tortura,7 a la guerra injusta y al uso de la pena de muerte; a que prevengamos el genocidio y los ataques contra los no combatientes; a que nos opongamos al racismo, y a que derrotemos a la pobreza y el sufrimiento. Las naciones están llamadas a proteger el derecho a la vida buscando maneras efectivas de combatir el mal y el terror, sin hacer uso de los conflictos armados excepto como último recurso, siembre buscando primero la resolución de disputas por medios pacíficos. Veneramos la vida de los niños en el útero, la vida de las personas que mueren a causa de la guerra y la hambruna, y de hecho la vida de todos los seres humanos, como hijos e hijas de Dios.

El llamado a la familia, a la comunidad y a la participación

46. La persona humana no es solo sagrada, sino también social. El desarrollo humano pleno se lleva a cabo en relación con los demás. La familia —basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer— es la primera y fundamental unidad de la sociedad y es un santuario para la creación y crianza de los niños. Debería ser defendida y fortalecida, y no redefinida o socavada al permitir uniones de personas del mismo sexo u otras distorsiones del matrimonio. El respeto a la familia debería estar reflejado en cada política y programa. Es importante defender los derechos y responsabilidades de los padres de familia de cuidar a sus hijos, incluyendo el derecho a elegir la educación de sus hijos.

47. La forma en que organizamos nuestra sociedad —en las áreas económica, política y legislativa— afecta directamente el bien común y la capacidad de los individuos de desarrollar su potencial pleno. Cada persona y asociación tiene el derecho y la obligación de participar activamente en la formación de la sociedad y de promover el bienestar de todas las personas, especialmente de los pobres y los vulnerables.

48. El principio de subsidiaridad nos recuerda que las instituciones más grandes de un país no deberían abrumar o interferir con las instituciones que son más pequeñas o tienen carácter local. Sin embargo, las instituciones más grandes tienen responsabilidades esenciales cuando las instituciones locales no pueden adecuadamente proteger la dignidad humana, responder a las necesidades humanas y promover el bien común.

Los derechos y deberes

49. La dignidad humana es respetada y el bien común promovido solo si los derechos humanos son protegidos y las responsabilidades básicas reunidas. Cada ser humano tiene el derecho a la vida, un derecho fundamental que hace posible todos los demás derechos, y el derecho a tener acceso a aquellas cosas que requiere la decencia humana: alimento y albergue, educación y trabajo, cuidado médico y vivienda, libertad religiosa y vida familiar. El derecho a ejercitar la libertad religiosa pública y privadamente por parte de individuos e instituciones, junto con la libertad de conciencia, tiene que ser defendido constantemente. De una manera fundamental, el derecho a la libre expresión de creencias religiosas protege todos los demás derechos. A estos derechos les corresponden obligaciones y responsabilidades, para con los demás, nuestras familias y la sociedad en general. Los derechos deberían ser comprendidos y ejercitados dentro de un marco moral cimentado en la dignidad de la persona humana.

La opción por los pobres e indefensos

50. Mientras que el bien común abarca a todos, quienes son débiles, vulnerables y están más necesitados se merecen ser objeto de una opción preferencial. Una manera fundamental de evaluar a nuestra sociedad es cómo tratamos a los más vulnerables que viven entre nosotros. En una sociedad dañada por las discrepancias entre los ricos y los pobres, la Sagrada Escritura nos ofrece el relato del juicio final (ver Mt 25:31-46) y nos recuerda que seremos juzgados de acuerdo a nuestra respuesta hacia los "más pequeños". El Catecismo de la Iglesia Católica explica que:

Los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables. (no. 2448)

51. El Papa Benedicto XVI ha enseñado que "practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia [de la Iglesia] tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio" (Deus Caritas Est, no. 22). Esta opción preferencial por los pobres y los vulnerables incluye a todas las personas marginadas en nuestra nación y más allá de ella: los niños no nacidos, las personas con discapacidad, los ancianos y enfermos terminales, y las víctimas de la injusticia y la opresión.

La dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores

52. La economía debe estar al servicio de la gente y no al contrario. El trabajo es más que una manera de ganarse la vida; es una forma de continuar participando en la creación de Dios. Los empleadores contribuyen al bien común con los servicios o productos que ofrecen y mediante la creación de empleos que defienden la dignidad y los derechos de los trabajadores: derecho a un trabajo productivo, a salarios justos y decentes, a beneficios adecuados y seguridad cuando tengan edad avanzada, a la oportunidad de poder organizarse y formar sindicatos, a la oportunidad para los trabajadores inmigrantes de estar en situación legal, a tener propiedad privada y a la iniciativa económica. Los trabajadores también tienen responsabilidades: realizar el trabajo que corresponde a un salario justo, tratar con respeto a los empleadores y compañeros de trabajo y llevar a cabo su trabajo de tal manera que contribuyan al bien común. Los trabajadores, los empleadores y los sindicatos deberían no solo promover sus propios intereses, sino también trabajar juntos para promover la justicia económica y el bienestar de todos.

La solidaridad

53. Somos una sola familia humana, independientemente de nuestras diferencias nacionales, raciales, étnicas, económicas e ideológicas. Somos los cuidadores de nuestros hermanos y hermanas donde quiera que se encuentren. Amar a nuestro prójimo tiene dimensiones globales y requiere de nosotros la erradicación del racismo y la búsqueda de soluciones a la pobreza y enfermedades extremas que afectan tanto al mundo. La solidaridad también incluye el llamado bíblico a dar la bienvenida al forastero entre nosotros, incluidos los inmigrantes que buscan trabajo, un hogar seguro, una educación para sus hijos y una forma de vida decente para sus familias. A la luz de la invitación del Evangelio de ser constructores de la paz, nuestro compromiso de solidaridad con nuestro prójimo —en nuestro país y en el extranjero— también nos exige que promovamos la paz y busquemos la justicia en un mundo dañado por una violencia y conflictos terribles. Las decisiones de usar la fuerza deberían estar guiadas por criterios morales tradicionales y tomadas solo como último recurso. Como enseñó el Papa Pablo VI: "Si quieres la paz, trabaja por la justicia" (Mensaje para la celebración de la Jornada de la Paz, 1 de enero de 1972).

El cuidado por la creación de Dios

54. Demostramos respeto por el Creador al cuidar responsablemente de la creación de Dios. Cuidar el planeta es un deber de nuestra fe y una señal de nuestra preocupación por todas las personas. Deberíamos esforzarnos por vivir simplemente para satisfacer nuestras necesidades sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades. Tenemos la obligación moral de proteger el planeta en el que vivimos, de respetar la creación de Dios y de asegurar un ambiente seguro y hospitalario para los seres humanos, especialmente para los niños durante sus etapas de desarrollo más vulnerables. Como administradores llamados por Dios a compartir la responsabilidad del futuro del planeta, deberíamos trabajar por un mundo en el que las personas respeten y protejan a toda la creación y busquen vivir sencillamente, en armonía con ella, por el bien de las generaciones futuras.

55. Estos temas de la doctrina social católica ofrecen un marco moral que no encaja fácilmente ni en las ideologías de la "derecha" o la "izquierda", "liberales" o "conservadores", ni en los programas de ningún partido político. No pertenecen a ningún partido político en particular ni son sectarias, sino que reflejan principios éticos fundamentales que son comunes a todas las personas.

56. Como líderes de la Iglesia de Estados Unidos, nosotros, los obispos, tenemos el deber de aplicar estos principios morales a las decisiones políticas públicas clave que afronta nuestra nación, perfilando directrices a seguir sobre temas que tienen dimensiones morales y éticas importantes. Se puede encontrar información más detallada respecto a las directrices de las políticas ofrecidas por la Conferencia de obispos en la segunda parte de este documento. Esperamos que los católicos y otras personas consideren seriamente la aplicación de estas directrices a las políticas cuando tomen sus propias decisiones en el ámbito público.

Conclusión

57. Construir un mundo donde se respete la vida y dignidad humanas, donde prevalezcan la justicia y la paz, requiere algo más que un compromiso político. Los individuos, las familias, las empresas, las organizaciones comunitarias y el gobierno tienen todos una función que realizar. La participación en la vida política a la luz de principios morales fundamentales es un deber esencial de cada católico y de todas las personas de buena voluntad.

58. La Iglesia está involucrada en el proceso político pero no es partidaria de ningún partido. La Iglesia no puede promover un candidato o partido político sobre los demás. Nuestra causa es la defensa de la vida y dignidad humanas, y la protección de los débiles y vulnerables.

59. La Iglesia participa en el proceso político pero no debería ser utilizada por él. Damos la bienvenida al diálogo con líderes políticos y candidatos; buscamos dialogar y persuadir a quienes ejercen cargos públicos. Los eventos politico­sociales y las oportunidades de fotografiarse ("photo-ops") no pueden sustituir a un diálogo serio.

60. La Iglesia tiene sus principios pero no una ideología. No podemos comprometer nuestros principios fundamentales o doctrina moral. Estamos comprometidos a ser claros respecto a nuestra doctrina moral y a comportarnos civilizadamente. En el ámbito público, es importante practicar las virtudes de la justicia y la caridad, que son elementos esenciales de nuestra Tradición. Deberíamos trabajar de distintas formas con otras personas para poder promover nuestros principios morales.

61. A la luz de estos principios y de las bendiciones que compartimos al ser parte de una nación democrática y libre, nosotros, los obispos, repetimos vigorosamente nuestro llamado a un tipo renovado de política que esté:

  • enfocado más en los principios morales que en las últimas encuestas;
  • enfocado más en las necesidades de los débiles que en los beneficios de los poderosos;
  • enfocado más en la búsqueda del bien común que en las demandas de los intereses mezquinos.

62. Este tipo de participación política refleja la doctrina social de nuestra Iglesia y las mejores tradiciones de nuestra nación.

Notas

  1. El bien común es "el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección" (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1906).
  2. "El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral" (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1792).
  3. "Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia … que deben tutelar el derecho primario a la vida desde de su concepción hasta su término natural" (Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, no. 4).
  4. Véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2297.
  5. Para leer las declaraciones de los obispos de Estados Unidos sobre los católicos que sirven mediante el servicio cívico y la recepción de la Santa Comunión, véanse Católicos en la vida política (2004) y Dichosos los llamados a la cena del Señor: Sobre la preparación para recibir dignamente a Cristo en la Eucaristía (2007).
  6. Estos temas han sido tomados de una rica tradición de principios e ideas descritos en mayor profundidad en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia del Consejo Pontificio "Justicia y Paz" (Bogotá, Colombia: CELAM, 2006).
  7. Véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2297.
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