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Introducción
Debido a nuestro cargo como obispos, pastores y maestros en los Estados Unidos, presentamos este tópico de la deuda internacional por tres razones fundamentales. Primero, el peso de la deuda externa de los países más pobres aplasta la vida y dignidad de niños, mujeres y hombres desamparados. En la mayoría de los casos, los que cargan con el peso de pagar la deuda no pudieron expresar su opinión sobre la decisión de hacer los préstamos y no se beneficiaron de ellos; en algunos casos, los préstamos se desperdiciaron, se despilfarraron, o hasta fueron robados por autoridades sin escrúpulos. Segundo, la deuda es sintomática de una agenda más amplia e inconclusa de este siglo: el problema del subdesarrollo en tantas partes de nuestro mundo. La crisis de la deuda es un aspecto crítico de un problema mucho más generalizado del desarrollo que deberá ser resuelto si se quiere que amplios segmentos de la población del mundo escapen de un futuro de marginación, desesperación e impotencia. Tercero, la llegada del Gran Jubileo del Año 2000 nos ofrece el momento apto para empezar de nuevo y corregir viejos errores. El papa Juan Pablo II ha pedido repetidamente que se perdone la deuda internacional como señal de verdadera solidaridad. En esta declaración, unimos nuestras voces a la del Santo Padre para informar al público sobre la urgencia moral del asunto de la deuda y para ofrecer algunas consideraciones sobre cómo responder a ella.
La necesidad de reducir el peso de la deuda es tan importante hoy como en 1989 cuando publicamos Relieving Third World Debt: A Call for Co-Responsibility, Justice and Solidarity [Reduciendo la deuda del tercer mundo: Un llamado a la corresponsabilidad, la justicia y la solidaridad]. Desde entonces, los obispos de África nos han pedido, a nosotros y a los hermanos obispos de Europa que se les perdone la deuda externa.4 Los obispos de América Latina también han hecho peticiones similares. La continua urgencia de este problema es algo que los Servicios Católicos de Socorro (CRS) y otros nos presentan, porque sus esfuerzos para promover el desarrollo en los países más pobres del mundo se frustran por el efecto debilitador de la deuda.
Enfocar la atención en la deuda internacional es especialmente apropiado durante esta preparación para celebrar el Gran Jubileo del Año 2000. En la Escritura hebrea, el jubileo era un tiempo para liberar a los esclavos, devolver la tierra a sus verdaderos dueños y perdonar las deudas. El jubileo era tanto un tiempo para el arrepentimiento y la reparación de injusticias, como también el inicio simbólico de una nueva era. El jubileo pedía un nuevo inicio para los pobres, una oportunidad para restablecer la justicia y la igualdad. Estos mismos temas son un reto actual. El papa Juan Pablo II describió las exigencias del Jubileo en su exhortación apostólica Tertio millennio adveniente:
I. El contexto de la deuda internacional
El Gran Jubileo del Año 2000 puede ser un tiempo para un nuevo inicio de las naciones pobres y una oportunidad para restablecer relaciones de justicia buscando la solución al problema de la deuda internacional. Sin embargo, no es sólo la cercanía del tercer milenio cristiano lo que hace de este momento uno de los más propicios para el cambio. El fin de la guerra fría ha permitido al mundo escapar de la polarización destructiva y paralizadora entre Oriente y Occidente. El surgimiento de nuevas tecnologías para la comunicación y una verdadera economía global han contribuido a una creciente interdependencia entre las naciones. Pero a pesar de la disminución de ciertas enemistades y la creación de nuevas alianzas, la división entre las naciones ricas y las pobres sigue aumentado. Esta división se basa no tanto en ideologías conflictivas sino en estándares de vida radicalmente diferentes que amenazan con relegar a las naciones más pobres a un estado de subdesarrollo permanente.
Estos niveles de desarrollo tan diferentes son un reflejo parcial de una economía global que aumenta en volatilidad, así como también del fracaso de anteriores políticas inadecuadas para el desarrollo. Fluctuaciones en el precio mundial de las mercancías pueden destruir la economía de un país que depende en gran parte de unos cuantos productos, como el café y el cobre, para sus ingresos. La volatilidad del flujo de capital internacional contribuye a la inestabilidad del intercambio con mercados extranjeros y puede devastar financieramente a un país. Programas de desarrollo inadecuados, o mal dirigidos, han dejado a muchos países tan pobres como antes y también, muchas veces, con el peso de una gran deuda. Además, tal inestabilidad financiera puede ocasionar el caos en la estabilidad política de democracias frágiles, particularmente de las que emergen después de años de conflictos civiles. Las naciones más pobres son extremadamente vulnerables a los cambios en el mercado global y probablemente juegan un papel marginal en la economía global.
En este contexto, el impacto de la deuda en los países más pobres es especialmente aplastante. El total de la deuda externa de los países en desarrollo es más de $2 billones; la de los cuarenta países más pobres y endeudados supera los $200 mil millones. En contraste a la década de los 80, cuando la crisis de la deuda se concentraba en América Latina y los bancos privados eran los que soportaban gran parte de la deuda, hoy día, los países más endeudados están preponderantemente en el África y sus préstamos vienen en su mayoría de EE.UU. y otros gobiernos, y de instituciones multilaterales tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los Bancos Interamericano, Asiático y Africano para el Desarrollo.
En muchos casos, los países más pobres no pueden ni tan siquiera pagar el interés sobre su deuda, mucho menos el capital, sin un costo inaceptable al desarrollo humano. Aunque los países africanos del sub-Sahara deben menos del diez por ciento de la deuda total de todos los países en desarrollo –un número relativamente bajo– las amortizaciones de la deuda disminuyen la posibilidad de invertir en salud, alimentación, educación y otras necesidades básicas. Por ejemplo, Etiopía gasta en pagar su deuda cuatro veces más que lo que invierte en salud pública, a pesar de que 100,000 niños mueren cada año de enfermedades evitables. En Tanzanía, los intereses por la deuda fueron equivalente a nueve veces los gastos del gobierno en el renglón de salud primaria en 1997, a pesar de que un tercio de la población muere antes de llegar a los 40 años. En 1998, el costo de la deuda para Mozambique fue más de la mitad de sus ingresos públicos. En un país recién surgido de una guerra civil de 16 años, la mitad de la población rural no tiene acceso a agua potable; 200,000 niños mueren anualmente de enfermedades curables tales como malaria, sarampión e infecciones respiratorias; dos tercios de los adultos son analfabetos; y la mayoría de los niños no asisten a la escuela primaria. El pago de la deuda de Mozambique, aun cuando no pague todo lo que debe, se hace a cambio de inversiones en el desarrollo humano. En África por lo general, aunque uno de cada dos niños no asiste a la escuela, los gobiernos transfieren cuatro veces más a los acreedores extranjeros en intereses por la deuda que lo que gastan en la salud y la educación de sus ciudadanos.5
Las causas de la presente crisis de la deuda son complejas, y con raíces en la política económica y en las opciones de desarrollo que se remontan a las décadas de 1970 y 1980. El mal manejo y la corrupción de parte de los países deudores; préstamos irresponsables o imprudentes de parte de los bancos, gobiernos e instituciones internacionales; y cambios complejos, y muchas veces no anticipados, en la economía global han contribuido a la crisis actual de la deuda. En la década pasada, los bancos comerciales, gobiernos e instituciones internacionales financieras trataron de responder al problema reprogramando los préstamos, y en algunos casos, ofreciendo una reducción limitada a la deuda.6 A pesar de esos esfuerzos, la deuda de muchos de los países más pobres sigue por encima de su capacidad para pagarla.
Para vencer la pobreza y el desarrollo desequilibrado se necesita algo más que la reducción de la deuda. Se requieren inversiones privadas y públicas, asistencia extranjera, mercados justos, la regulación mejor del flujo de capital, una política económica que favorezca el crecimiento, un proceso gubernamental de decisiones que sea abierto y responsable y el aumento de una sociedad civil activa en los países en desarrollo. Sin embargo, la reducción de la deuda es, con frecuencia, un requisito para el desarrollo continuado y a largo plazo de los países más pobres.
Estados Unidos tiene una responsabilidad especial para ayudar a encontrar la solución al problema de la deuda y a promover el desarrollo humano en países que no pueden satisfacer sus necesidades básicas o que corren el riego de quedarse al margen de la economía global. En algunos casos, la política económica y de préstamos de EE.UU. ha contribuido a la crisis y, como uno de los acreedores más importantes, Estados Unidos tiene los recursos y el liderazgo de las instituciones prestamistas internacionales que pueden marcar la diferencia. Mediante la reducción de la deuda, Estados Unidos puede contribuir directamente a vencer la pobreza y el desarrollo desequilibrado para lograr la justicia en el sistema económico internacional.
II. Enseñanza social católica y la crisis de la deuda
La tradición social católica presenta los principios y las perspectivas para considerar las dimensiones morales del problema de la deuda.7 El problema de la deuda del Tercer Mundo es un ejemplo de un tema que se repite constantemente en la enseñanza católica reciente: el significado y las implicaciones morales de la creciente interdependencia global. El hecho de la interdependencia es innegable –el peso de la deuda de los países pobres se ve afectado no sólo por la política doméstica sino también por factores de la economía global, tales como el intercambio y las tasas de interés, los términos comerciales y la salud en general de la economía global. Los riesgos morales de la interdependencia en este caso están bien claros también: el costo humano de la deuda en países pobres lo pagan los más indefensos.
Una evaluación moral más detallada de la crisis de la deuda implica varios conceptos y principios de la enseñanza social católica.
Respeto por la vida y la dignidad de la persona humana
La base de nuestra preocupación moral es el respeto fundamental por la vida y la dignidad de cada persona. Cada individuo ha sido creado a imagen de Dios. Cada persona es por tanto de incalculable valor, sin importar que sea joven o anciana, rica o pobre, su sexo, religión, raza o nacionalidad. En última instancia, la política de la deuda y los factores económicos internacionales que la forman deberán medirse según su capacidad para proteger la vida humana y respetar la dignidad y los derechos humanos.
El bien común
El bien común es la suma de las condiciones en la sociedad que hacen posible a todas las personas lograr todo su potencial. Este amplio concepto sugiere la necesidad de considerar una amplia gama de factores para evaluar la aceptabilidad de las normas políticas de la deuda. Las normas políticas de la deuda deberán tomar en cuenta el bienestar de toda la sociedad, no sólo el de algunos segmentos de ella, y el bienestar del mundo, no sólo el de algunas naciones. La evaluación moral de la política de la deuda, por tanto, deberá incluir hasta qué punto el peso de la deuda disminuye la capacidad de los gobiernos para cumplir con su obligación de promover el bien común, forzándolos a gastar sus escasos recursos en el pago de la deuda y no en inversiones cruciales para la salud, la educación o el agua potable. Además, una política para la deuda moralmente aceptable no puede ser juzgada sólo en términos de su impacto en países o instituciones individuales, sino que deberá tomar en cuenta los intereses y necesidades de todos aquellos afectados por la deuda en el país y en el extranjero. Desde esta perspectiva más amplia, la deuda debilitadora de los países pobres bien lejos del nuestro es un problema porque pone en peligro el bien común de toda la humanidad.
Subsidiaridad
El principio de subsidiaridad ayuda a definir las diferentes responsabilidades para promover el bien común de individuos, grupos privados, gobiernos y autoridades internacionales. La subsidiaridad tiene un doble significado para la deuda internacional. Primero, individuos, familias y asociaciones voluntarias son las unidades básicas de la sociedad. Asegurarse de que las necesidades de los más indigentes se satisfacen en un país o región específica requiere la participación de la sociedad civil –individuos y organizaciones no-gubernamentales que defienden y sirven a los pobres– en el proceso de tomas de decisiones sobre la cuestión de la deuda.
Segundo, entidades superiores o mayores no deberán hacer nada que pueda ser hecho por entidades inferiores o menores; por otro lado, problemas que no pueden ser resueltos por individuos, la sociedad civil o naciones o estados individuales deberán ser resueltas por estructuras internacionales. En el caso de la deuda, instituciones y movimientos internacionales juegan un papel crucial en fomentar el desarrollo auténtico de países incapacitados para hacerlo por ellos mismos. En algunos casos, eso requerirá el establecimiento de normas y estructuras internacionales nuevas que puedan responder mejor a los factores económicos mundiales que han contribuido a la crisis de la deuda. Al mismo tiempo, instituciones internacionales y países acreedores deberán tener mucho cuidado de no imponer soluciones a los países deudores sin tener en cuenta y respetar el papel legítimo de los gobiernos locales y de la sociedad civil en la configuración de su futuro.
Solidaridad
La preocupación por la dignidad humana básica y el bien común de la humanidad, deberá ser forjada en virtud de la solidaridad. El papa Juan Pablo II describió la solidaridad como "la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos" (Sollicitudo rei socialis, no. 38). En el caso de la deuda, la solidaridad es la virtud que motiva a la gente en todo el mundo a reducir el peso de la deuda para dar nueva esperanza a los más pobres de los pobres. La solidaridad también requiere corresponsabilidad por parte de los deudores y acreedores en la búsqueda de soluciones justas y equitativas a esta crisis, como parte de un compromiso más amplio para proteger la vida y respetar la dignidad humana. Ellos son corresponsables, no porque comparten la responsabilidad de la crisis de la deuda, aunque este es el caso, sino porque la solidaridad exige que aquellos que tienen la capacidad de resolver la crisis laboren juntos para encontrar una solución justa y efectiva. El fracaso de hacerlo no es sólo un error técnico o político, sino un fracaso de solidaridad.
La opción por los pobres
La Escritura nos dice que una manera de juzgar el carácter moral de la sociedad es en el trato que se les da a las viudas y a los huérfanos. La opción preferencial por los pobres incorpora este tema bíblico en la reflexión ética católica. La opción por los pobres nos pide que demos prioridad, basándonos en consideraciones de caridad y justicia, a las necesidades de los más indefensos –viudas, huérfanos y pobres– en las decisiones económicas, políticas y sociales. En la actualidad, los niños pobres en África son los huérfanos de la crisis de la deuda; sus madres son las viudas. Su pobreza y desesperación son acusaciones a las instituciones nacionales e internacionales que han ocasionado –o no alivian– el sufrimiento provocado por tan pesada carga. La opción por los pobres exige que se preste atención a la condición de aquellos en las naciones endeudadas que no pudieron alzar su voz al contraer la deuda y que por lo general no sacaron ningún provecho de ella, pero cuyas vidas, con frecuencia, se ven afectadas negativamente por las decisiones echas en la resolución del problema de la deuda. Al asistir a los más indefensos, los que han sido animados por la opción por los pobres fortalecen a toda la comunidad y se convierten en una verdadera expresión de solidaridad.
Justicia
En la enseñanza social católica, el préstamo de dinero es una empresa moralmente legítima si, tanto el endeudado como el acreedor, cumplen las condiciones de justicia básica. Esas obligaciones contraídas deberán estar gobernadas por la justicia conmutativa, que exige la justicia fundamental en los acuerdos y las relaciones entre individuos y grupos. La presunción moral que surge de la justicia conmutativa es que las deudas deberán ser pagadas. Este principio podrá ser ignorado, sin embargo, por varias razones. Aunque los acuerdos sobre deudas, al igual que otros contratos, no deberán ser invalidados fácilmente, las condiciones bajo las cuales se contrajeron algunas deudas deberán modificar el juicio sobre qué cantidad de la deuda deberá pagarse. Cambios totalmente imprevistos en la economía global, gobiernos corruptos de cuestionable legitimidad que contrajeron la deuda y el hecho de que los que sufren del peso de la deuda no tomaron parte en la decisión de hacerla, son aspectos relevantes en la valoración de lo que la justicia conmutativa exige.
Cuestiones de justicia conmutativa deberán integrarse al contexto más amplio de la justicia distributiva y de la justicia social. La justicia distributiva requiere que la distribución de ingresos, riqueza y poder en una sociedad se evalúe a la luz de su efecto en las personas cuyas necesidades materiales básicas no están satisfechas. El peso de una deuda que mina la capacidad de la gente de satisfacer sus necesidades básicas ocasiona preguntas básicas de justicia distributiva. También ocasiona preguntas sobre la justicia social, porque la deuda puede impedir que la gente participe activa y productivamente en la vida de la sociedad y puede dificultar la capacidad de la sociedad para desarrollar la gama completa de instituciones sociales, económicas y políticas que facilitan la participación de individuos en moldear su futuro.
El papa Juan Pablo II reflejó estas preocupaciones en su reciente exhortación apostólica Ecclesia in America. Aunque reconoce que las altas tasas de interés, las decisiones irresponsables de hacer préstamos y la corrupción fueron factores en la acumulación de la masiva deuda, el Santo Padre dijo:
III. Criterios para evaluar los programas para reducir la deuda
Las crisis de la deuda deberá medirse en términos de su costo humano y de sus consecuencias morales. A quién se le concede una reducción de la deuda, cuánto se le concede y qué proceso se seguiría en la decisión, implica muchas consideraciones, pero la pregunta moral fundamental es si la prioridad se da a la protección de la vida y los derechos humanos, y al respeto por la dignidad humana.
El propósito de perdonar la deuda es dar a los países deudores nuevas oportunidades para mejorar el desarrollo humano básico. Los fondos que se vuelven disponibles mediante la reducción de la deuda deberán usarse para mejorar las condiciones de vida de los pobres y de los más desamparados. Nosotros apoyamos el perdón de la deuda, no para arreglar cuentas viejas sino para combatir la pobreza.
Acogemos las iniciativas que se han realizado hasta ahora para responder a este reto. Los dirigentes de instituciones financieras internacionales han aumentado su atención a la pobreza y a la deuda abriéndose al diálogo con grupos religiosos y otros interesados. La Iniciativa del Banco Mundial para los Países con Grandes Deudas (HIPC) y el FMI, representa un esfuerzo nuevo e importante para resolver el problema de la deuda. Deberá expandirse, aumentarse y desarrollarse más. Deberá ser un primer paso, complementado por otros esfuerzos, que tenga como meta básica llegar rápida y decididamente a un compromiso fundamental para reducir la deuda y vencer la pobreza.
Los dirigentes de instituciones financieras internaciones, los que elaboran la política en EE.UU. y los ejecutivos de corporaciones no son y no se deben considerar adversarios; muchos comparten nuestra misma inquietud en búsqueda de la resolución al problema de la deuda y de vencer la pobreza y el subdesarrollo crónico. Continuaremos trabajando con ellos en un espíritu de diálogo y buena voluntad para expandir, profundizar y mejorar nuestros esfuerzos colectivos para responder a las consecuencias morales y humanas de la deuda externa y asegurar que los programas de asistencia se preocupan por las necesidades básicas de la gente, especialmente los más pobres de los pobres.
El problema de la deuda es complejo y las soluciones a veces son evasivas. No hay respuestas simples ni únicas. Los criterios diferentes, que se derivan de los principios de la enseñanza social católica, tienen como propósito evaluar y guiar las decisiones sobre la reducción de la deuda.
Reducción directa de la deuda de países pobres.
El desarrollo humano deberá estar en el centro de las iniciativas para reducir la deuda. El interés por la condición de los pobres sugiere que se preste atención especial a las personas desamparadas de las naciones deudoras que cargan con las consecuencias del pago de la deuda. Se deberá conceder la reducción de la deuda a los países para que inviertan en las necesidades humanas básicas del pueblo que de otra manera no serían posible. Las propuestas que basan la reducción de la deuda en criterios de desarrollo humano merecen una consideración cuidadosa.
Hasta la fecha, los acreedores son los que han determinado qué países son candidatos para que se les permita reducir la deuda basándose en cuánta ayuda es necesaria para que la deuda del país alcance un nivel aceptable o "sostenible", sin considerar adecuadamente las consecuencias humanas del pago de la deuda. En la Iniciativa HIPC, "sostenibilidad" se define con más frecuencia en términos de la proporción entre deuda y ganancias en las exportaciones.9 Aunque esa proporción trata de captar la carga financiera de la deuda de un país específico, no muestra el costo humano que conlleva el pago de la deuda. El desarrollo humano y los factores relacionados con él deberán considerarse al determinar qué países son candidatos para beneficiarse de la reducción de la deuda y cuánta ayuda deberán recibir.Uso de los recursos disponible por la reducción de la deuda para reducir la pobreza.
Reducir la deuda de países pobres no es suficiente, sin embargo; los recursos disponibles al reducir la deuda deberán ser canalizados para la reducción de la pobreza. En nuestra opinión, el propósito de reducir la deuda es invertir en el desarrollo humano continuado y en el crecimiento económico equilibrado, para que realmente cambie la vida de los más desamparados.
Un ejemplo de cómo un gobierno puede canalizar la ayuda para la deuda hacia los pobres es el caso de Uganda, un país pobre, altamente endeudado, que recibirá reducción de su deuda por medio de la Iniciativa HIPC. El gobierno ha mostrado el deseo de establecer un fondo que empleará los recursos disponibles por la reducción de la deuda para cuidados primarios de la salud, educación elemental y caminos vecinales. También acordó, en principio, publicar informes trimestrales y conducir una auditoría anual independiente sobre cómo se han usado los fondos. El gobierno también canalizará la reducción de la deuda a través de las organizaciones no-gubernamentales (NGOs.)
Para ser útil, la reducción de la deuda, deberá ser lo suficientemente substancial para que marque la diferencia. Simplemente la suspensión del pago de los intereses de la deuda por un corto tiempo o la reprogramación de las amortizaciones puede disminuir la presión de un país deudor a corto plazo, sin reducir las deudas del país a largo plazo. En los casos en que la cantidad que se reduce a causa de los intereses de la deuda es prácticamente insignificante, aun los mejores esfuerzos para que llegue hasta los pobres no serán efectivos.10
Conclusión: Respuesta de solidaridad cristiana
Durante muchos años, hemos venido trabajando con numerosos grupos e instituciones sobre este asunto. Mediante el diálogo regular con aquellos afectados por la deuda y con las instituciones financieras internacionales, hemos desarrollado un amplio entendimiento sobre lo complejo que es este problema. La importante conferencia que auspiciamos con la Universidad de Seton Hall y la Santa Sede sobre las dimensiones éticas de la deuda es un ejemplo reciente y notable de este compromiso a seguir dialogando. Al mismo tiempo, hemos compartido la urgencia de nuestra solicitud para que se responda a las necesidades de los pobres. Hemos colaborado con las conferencias de obispos y las agencias católicas de socorro y desarrollo en todo el mundo para elaborar respuestas coordinadas sobre este asunto. En países altamente endeudados como Zambia y Malawi, estamos apoyando los esfuerzos de las comisiones nacionales para justicia y paz en la elaboración de sus propias campañas para reducir la deuda. Por todo el mundo, grupos de otras religiones han hecho llamamientos fuertes para que se condone la deuda. Y gente de todo el mundo, interesada en este asunto participa en movimientos para el Jubileo del Año 2000 para que se cancele la deuda, una poderosa manifestación de solidaridad con los pobres.Notas
1 Juan Pablo II, La Iglesia en América (Ecclesia in America), exhortación apostólica postsinodal (Washington, D.C.: United States Catholic Conference, 1999), no. 59.
2 Cf. Human Development Report, United Nations Development Program (New York: Oxford UP, 1998), p. 142.
3 Arzobispo Medardo Mazombwe de Zambia, Conference on the Ethical Dimensions of International Debt, Seton Hall University, Newark, N.J. (Octubre 22-23, 1998).
4 Los Obispos de África, "Forgive Us Our Debts: Open Letter to Our Brother Bishops in Europe and North America," [Perdónanos nuestras deudas: Carta abierta a los hermanos obispos de Europa y Norte América]. The African Synod: Documents, Reflections, Perspectives, ed. Africa Faith and Justice Network (Maryknoll, N.Y.: Orbis Books, 1996), p. 114.
5 Los datos en este párrafo viene de Papeles Expositores de Oxfam Internacional publicados en abril de 1997, agosto de 1997 y abril de 1998.
6 Ejemplos notables son el Plan Brady de 1989 en el que los bancos comerciales redujeron un 20 por ciento de la deuda comercial de países de entradas medias con deudas, y las diversas propuestas del Club de París para reducir parte de la deuda de países candidatos de bajos ingresos con deudas altas. Y en 1996, los acreedores multilaterales llegaron al acuerdo de la Iniciativa del Banco Mundial para los Países con Grandes Deudas (HIPC) para reducir deudas multilaterales, bilaterales y comerciales, que hasta enero de 1999 ha proporcionado reducción limitada a Bolivia, Uganda, Mozambique, Burkina Faso, Costa de Marfil, Mali y Guayana.
7 Para más información sobre la crisis de la deuda ver, Tertio millennio adveniente (1994), Sollicitudo Rei Socialis (1987), y su Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz y de Cuaresma del papa Juan Pablo II; la declaración del Vaticano sobre las Dimensiones éticas de la deuda internacional (1987); la declaración de los obispos de Estados Unidos Relieving Third World Debt [Reduciendo la Deuda del Tercer Mundo] (1989) y su carta pastoral, Justicia Económica para Todos (1986). Ver también otras documentos, tales como Putting Life Before Debt [La vida antes que la deuda] (1998), publicado por agencias católicas de socorro cuyas labores de ayuda y desarrollo ofrecen una perspectiva sobre la deuda desde el punto de vista de la gente pobre que ellos ayudan.
8 Juan Pablo II, Respeto por los Derechos Humanos: El secreto de la verdadera paz (PUBLISHING INFO: Libreria Editrice Vaticana???, 1999), no 10.
9 En la Iniciativa HIPC, este nivel se define generalmente como pagos de intereses de un 20 a 25 por ciento de los ingresos anuales de un país por importaciones y un monto total de 200 a 250 por ciento de las ganancias totales anuales por exportaciones.
10 Mozambique, por ejemplo, pagó un promedio de sólo un cuarto de los intereses de su deuda antes de que se le redujera la deuda mediante la Iniciativa HIPC. La ayuda redujo la obligación total de Mozambique pero no lo suficiente para cambiar los pagos de los intereses de la deuda.
11 Alemania, por ejemplo, recibió reducción substancial de su deuda que le facilitó reconstruir su economía después de la Segunda Guerra Mundial. Ejemplos más recientes indican que la reducción de la deuda para países después de un conflicto puede contribuir a una posición financiera mucho más fuerte.
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A Jubilee Call for Debt Forgiveness (Un llamado jubilar para cancelar las deudas) is available in a print edition and may be ordered by telephoning (800) 235-8722. Ask for publication number 5-329 for the English edition or 5-822 for the Spanish edition; the cost is $1.95 for a single copy. Please add 10% shipping and handling ($3.00 minimum) per order.
La declaración Un Llamado Jubilar para cancelar las deudas fue elaborada por el Comité sobre Política Internacional y aprobada el 24 de marzo de 1999 por la Junta Administrativa. El signatario autoriza su publicación como una declaración de la Junta Administrativa de United States Catholic Conference.
Monseñor Dennis M. Schnurr
Secretario General, NCCB/USCC
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