Al aproximarnos a la celebración del Día del Trabajo 2002, enfrentamos
muchos retos como nación y como Iglesia. Somos una nación en guerra con
el terrorismo y todavía nos estamos recuperando de los ataques de hace
un año. Los casos ampliamente divulgados de deshonestidad y de mal
comportamiento corporativo, han puesto en duda la confianza de los
consumidores en el campo de los negocios y ponen en peligro la seguridad
financiera de inversionistas y trabajadores. Mientras tanto, los
funcionarios del gobierno continúan operando bajo un contexto de
conflictos partidistas, disputas ideológicas y demandas de los grupos de
intereses particulares. Nuestra Iglesia también afronta retos
difíciles buscando aliviar el dolor, el daño y la pérdida de la
confianza como resultado del escándalo de abusos por parte del clero.
En momentos difíciles como éstos, acudimos a personas que poseen
valentía, sinceridad, fidelidad, y sabiduría. El pasado mayo perdimos a
una persona así, al Monseñor George G. Higgins. Después de 62 años de
servicio a la Iglesia y varios meses de enfermedad, el monseñor Higgins
falleció en su casa, en Illinois, culminando así décadas de servicio con
principios y un ministerio fiel a su Iglesia y al movimiento laboral.
Durante varias décadas, fue el autor de la "Declaración del Día del
Trabajo" de nuestra Conferencia. Para mí, es conmovedor y es un honor
continuar esta tradición. En una ceremonia en su homenaje auspiciada
por nuestra Conferencia de Obispos y la AFL-CIO, lo llamé un "gigante", y
cité al Obispo Joseph Fiorenza, ex-Presidente de la Conferencia de
Obispos, quién se refirió a él como "el sacerdote más respetado de
Estados Unidos". Manteniéndose firmemente leal, desafió a las dos
instituciones que más quería – a la Iglesia Católica y al Movimiento
Laboral de Estados Unidos – a mantenerse fieles a sus ideales y valores.
Su labor continúa siendo una fuente de sabiduría y luz para todos
nosotros, especialmente en estos momentos difíciles.
En su sacerdocio, Monseñor Higgins estableció puentes entre la Iglesia
Católica y el movimiento laboral en los Estados Unidos. Entabló y
mantuvo líneas abiertas de comunicación entre católicos y judíos. Ayudó
a los trabajadores de la tierra y a los campesinos a unirse en su lucha
por mejores condiciones laborales. Compartió e interpretó las palabras
y la visión del Concilio Vaticano II. Habló con la verdad. Fue un
hombre de convicción, sentido de humor y humildad. Su ejemplo nos
servirá de guía ahora que se aproxima el Día del Trabajo este año.
El monseñor Higgins, recordado siempre por su ministerio con mujeres y
hombres trabajadores, falleció apropiadamente en el día de San José
Obrero. Nuestra conmemoración anual de los trabajadores debe
recordarnos de su insistencia que la mayoría de la gente debe cumplir
con su vocación, con su llamado, mediante la labor que realiza día a
día.
Tal y como lo dijo de manera sencilla:
"…La abrumadora mayoría de los laicos…ejercerá su ministerio, su llamado
o su vocación, no detrás de la baranda del altar o desde el santuario,
sino dentro y a través de sus respectivas ocupaciones, ya sean
trabajadores, empleadores, banqueros, profesionales o lo que sean.
Algunos pensarán que esto es una exageración (que se trata de mucho
ruido y pocas nueces). Yo no estoy de acuerdo. En momentos cuando la
Iglesia pone tanto énfasis en la labor del ministerio para la
catequesis, la liturgia, y otros ministerios dentro de la iglesia – como
debe ser – debemos también prestar atención a aquellos que trabajan
como cristianos en tareas que a veces menospreciamos como tareas
puramente ‘laicas'…"1
La vida y las palabras de Monseñor Higgins nos recuerdan la relación
entre el trabajo y la santidad, entre lo que la mayoría de la gente hace
en la vida, nuestro trabajo y, cumpliendo con el propósito de Dios para
nosotros, nuestro llamado a la santidad. Todos debemos continuar
resistiendo lo que los obispos del Concilio Vaticano II llamaron: "uno
de los errores más graves de estos tiempos…la dicotomía entre la fe, la
cual mucha gente profesa, y su conducta día tras día".2 En
nuestra vida vivimos nuestra fe como trabajador, cónyuge, padre o madre,
entrenador, sacerdote, voluntario de la iglesia, ama de casa,
empresario, dirigente sindical, estudiante, profesor, corredor de bolsa,
y en tantas otras maneras. La Iglesia necesita ayudarnos a entender
que lo que cada uno de nosotros hacemos en nuestra vida cotidiana tiene
un propósito moral, que nuestra labor contribuye a la creación de Dios y
al bien común.
No importa cuál sea nuestro trabajo o estatus, cada uno de nosotros está
llamado por la fe a moldear al mundo en el que vivimos y trabajamos.
Cada cual debe vivir plenamente lo que nuestra fe nos enseña sobre la
vida humana y la dignidad, sobre la justicia económica y social, sobre
la reconciliación y la paz. Somos llamados a aplicar nuestros valores y
nuestros principios morales en nuestras vidas y en nuestro trabajo.
El trabajo tiene un lugar especial en nuestra tradición católica. Es
mucho más que un trabajo. Aunque es la manera en que la mayoría
cumplimos con nuestras necesidades materiales y proveemos para nuestras
familias, es también una manera de contribuir a la comunidad. Mientras
participamos en nuestra pequeña manera en la creación continua de Dios,
nuestro trabajo promueve el bien común y refleja nuestra dignidad
humana.
Para muchísimos estadounidenses, especialmente para aquellos que están
en lo más bajo de la escala económica, no hay un trabajo decente
disponible o éste no satisface las necesidades básicas de su familia.
Un trabajador con dos hijos, devengando un salario mínimo de $5.15 la
hora, tiene que trabajar más de 53 horas a la semana para vivir justo
por encima de la línea de la pobreza. Desafortunadamente, muchos
trabajadores sólo encuentran trabajos a medio tiempo, por lo tanto,
deben tomar dos empleos, a un costo alto para el bienestar de la familia
y de si mismos.
Para otros estadounidenses, aquellos que están subiendo en la escala
económica, el realizar sus aspiraciones económicas puede consumirles
tanto tiempo y energía que desatienden otras partes esenciales de sus
vidas. Muchos trabajadores, a menudo impulsados por las expectativas de
sus empleadores, dedican tanto tiempo y energía a su empleo, lejos de
su familia, lejos de su hogar, que la educación de sus hijos y su
contribución a la vida comunitaria son descuidadas o se convierten en
intereses secundarios.
No debe ser así. El trabajo debe fortalecer nuestra vida familiar,
proporcionándonos recursos y respeto, beneficios y servicios para el
cuidado de salud para las familias. El trabajo debe mejorar nuestra
vida familiar, comunitaria y espiritual. El trabajo debe permitirle a
la familia vivir con dignidad.
Al desempeñar nuestro trabajo, nuestra contribución para la continuación
de la creación de Dios, necesitamos reconocer que aún la cosa más
sencilla que hagamos puede contribuir al bien común. Las decisiones que
tomamos en el trabajo pueden en maneras pequeñas ayudar a moldear el
tejido y la ética de nuestra sociedad.
Los trabajadores se necesitan unos a otros. Tal y como nos enseña
Monseñor Higgins, muchas veces los trabajadores deciden unirse para
formar asociaciones – sindicatos – para que sus voces sean escuchadas y
su trabajo respetado. Monseñor Higgins creyó que los sindicatos ayudan a
la gente, no sólo a conseguir más, sino a ser más – buscando mayor participación y una voz que se escuche tanto en el trabajo como en la sociedad en general.
La enseñanza social de la Iglesia siempre ha apoyado el derecho de
asociación que tienen los trabajadores. Y no ha habido voz en la
Iglesia en Estados Unidos más fuerte y más consistente en este tema que
la de Monseñor Higgins.
"El salario y los beneficios no son las únicas razones por las que mucha
gente siente la necesidad y el deseo de decirle ‘Sí a la Unión'. Hace
algunos años en Washington, DC, los trabajadores y la gerencia de
hoteles coincidían en asuntos básicos y estaban por llegar a un acuerdo.
Pero había una dificultad. Los trabajadores, cuyos nombres aparecían
en los uniformes del hotel, querían ver su nombre y apellido en los
uniformes. La gerencia se negó a esto, diciendo que ‘Maria' y
‘Clarence', o el nombre que fuese, era suficiente. Pero para los
trabajadores, éste era un asunto de dignidad. ‘¿Qué somos? ¿Los
esclavos de la casa?', demandaba el personal que eran en su mayoría
negros e hispanos. Las negociaciones casi se llegan a romper. Pero, a
su debido tiempo, los miembros de la unión de trabajadores de hoteles y
restaurantes consiguieron su deseo. Celebraron la victoria en una
iglesia afro-americana en el centro de la ciudad. Sin una unión, es
casi inconcebible que se les hubiese concedido esta demanda."3
La enseñanza social de la iglesia reconoce que los seres humanos son
profundamente sociales y que, por naturaleza, se organizan en grupos.
Nos reunimos para poner el pan sobre la mesa, para defendernos, para
desarrollar tecnología y para disfrutar de la compañía de unos y otros.
Los empleadores pueden y deben actuar en beneficio de sus empleados y
las personas que dan las leyes pueden y deben dar leyes que protejan a
los trabajadores. Pero fue la profunda convicción de Monseñor Higgins
que en muchas situaciones "sólo las organizaciones fuertes e
independientes pueden darle a los empleados una voz genuina en su vida
económica, así como los trabadores de hoteles en Washington, DC, los
trabajadores de otros rubros tampoco quieren que se les trate como
esclavos de la casa; ellos quieren dignidad".4
Ahora que se aproxima el Día del Trabajo, debemos reflexionar sobre cómo
llevamos santidad e integridad al trabajo que hacemos. Recordemos las
lecciones del Monseñor Higgins y la herencia tan rica que nos dejó.
Continuemos sus esfuerzos para conseguir un salario justo y más respeto
por la dignidad y los derechos de los trabajadores. Al decir la verdad,
al construir puentes entre la gente, al caminar con los pobres y al
estar en solidaridad con la enseñanza de la iglesia sobre la importancia
del movimiento laboral, el Monseñor Higgins nos llama a reformar y a
renovar, nos llama al liderazgo y al servicio.
Nadie puede ocupar el lugar del Monseñor Higgins, pero todos somos
llamados a llevar hacia delante su legado, compartiendo y actuando según
la enseñanza de la iglesia sobre la labor y los derechos de los
trabajadores. Este Día del Trabajo, recordemos el trabajo de este
sacerdote extraordinario y comprometámonos, cada cual a su manera, a
continuar su misión y a compartir su mensaje.
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1 Mons. George G. Higgins con William Bole, Organized Labor and the Church: Reflections of a "Labor Priest." (Mahwah, Nueva Jersey: Paulist Press, 1993), pág. 210.B
2 Vaticano II, pastoral Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno (Gaudium et Spes), no. 43.
3 Higgins, 182.
4 Higgins, 185.
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