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Declaración del día del trabajo 2004

 

Un comercio global que funciona para todos

Cardenal Theodore E. McCarrick, Arzobispo de Washington
Presidente, Comité de Política Interna
United States Conference of Catholic Bishops
6 de septiembre de 2004

Al celebrar el Día del Trabajo este año, lo hacemos con mayor conciencia de los impactos que el sistema de comercio internacional tiene en el pueblo trabajador de los Estados Unidos y alrededor del mundo.  Como miembros de una comunidad de fe mundial, venimos apoyando medidas que sobrepasan divisiones y fronteras en la búsqueda de mayor solidaridad y del bien común.  Desafortunadamente, el debate sobre el comercio internacional está polarizado.  Algunos ven un mayor nivel de comercio como la solución de todos los problemas económicos; otros lo ven como la fuente principal de la situación grave económica.  Sin embargo, el comercio es una realidad en nuestro mundo interdependiente, al igual que las reglas y los acuerdos que forman parte de su estructura.  El comercio puede resultar en la apertura de más mercados para los bienes y servicios estadounidenses alrededor del mundo y en más oportunidades para que el mundo logre acceso al mercado estadounidense.  Cuando se le administra sabiamente, un mayor nivel de comercio le puede ayudar a los trabajadores en nuestro propio país a vivir con dignidad, a la vez que ayuda a los trabajadores de los países más pobres a escapar de la pobreza.  El Día del Trabajo es un buen momento para reflexionar sobre la cuestión del comercio internacional y de qué manera nos aseguramos que la economía global funciona para todos.

Recientemente se ha vuelto ya bastante evidente que las decisiones que toman los gobiernos y las compañías lejos de nuestras fronteras pueden ayudar o perjudicar la vitalidad económica de los centros urbanos y de las zonas rurales de Estados Unidos.  Las decisiones que se toman aquí pueden afectar la capacidad de los pequeños agricultores y de los trabajadores de fábricas de Centroamérica, del África y de Asia para poder ganarse la vida y alimentar a sus familias.  Nuestra conferencia de obispos se ha percatado aún más de los beneficios y de los costos económicos y humanos relacionados con un mayor nivel comercial en nuestro hemisferio durante la visita a Estados Unidos de una delegación de obispos de Centroamérica.  Ellos vinieron a discutir el impacto probable del Tratado Libre de Comercio entre Estados Unidos y Centroamérica (conocido por sus siglas en inglés CAFTA).

En este Día del Trabajo, instamos a nuestros líderes a que examinen las políticas comerciales de abajo para arriba—es decir, de qué manera éstas afectan las vidas de las personas más necesitadas y a los trabajadores más vulnerables en nuestro propio país y alrededor del mundo.  Las políticas comerciales deben reflejar los valores fundamentales de la justicia y la dignidad, a la vez que promueven el crecimiento sostenible, luchan contra la pobreza, respetan los derechos laborales y cuidan del medio ambiente.

Al cobrar mayor intensidad la discusión sobre el comercio, se escucharan muchas voces—de los funcionarios, de los que están a favor de los acuerdos comerciales y de los que se oponen, de los representantes de las industrias afectadas y del sector laboral, de los economistas y de los activistas.  Tristemente, los que tienen menos posibilidad de ser escuchados o de tener un lugar en la mesa de discusión son las familias y los trabajadores que luchan día a día para salir adelante.

El Papa Juan Pablo II ha hecho un llamado a “la globalización de la solidaridad”, en el que nos invita a resistir el juego de “suma cero” (alguien pierde-alguien gana) que separa a nuestros hermanos y hermanas en los Estados Unidos entre ganadores y perdedores.1  Hay una creciente preocupación en Estados Unidos por el movimiento de empleos hacia el exterior.  En la economía global de hoy en día, muchos trabajadores temen que sus empleos serán trasladados a otros lugares donde la fuerza laboral es abundante y barata.  Esto puede causar resentimiento y hacer que los trabajadores se vuelvan enemigos económicos.  También puede despertar actitudes proteccionistas en los países más ricos y resultar en barreras comerciales que perjudican aún más a los trabajadores pobres.

Siendo una Iglesia global, creemos en construir puentes y en cruzar fronteras para así compartir tanto nuestras necesidades como nuestros talentos.  Las discusiones que se centran simple y exclusivamente en el probable impacto comercial interno son demasiado limitadas.  A la misma vez, los trabajadores estadounidenses y sus familias deben poder aspirar a un nivel de vida decente y, cuando es necesario, adecuarse a los cambios requeridos laborales y de dislocación.  Tal como el Papa Juan Pablo II nos recuerda: “Todos debemos trabajar para que el sistema económico en el que vivimos no altere el orden fundamental de la prioridad que debemos al trabajo sobre el capital, del bien común sobre los intereses privados”.2

Se deben dar pasos efectivos para minimizar los impactos fuertes negativos que sufren los trabajadores afectados por el comercio y el desarrollo.  Nadie acá o en el exterior debe verse forzado a sacrificar su derecho al trabajo, su capacidad de sacar adelante a su familia o sus expresiones culturales auténticas debido a las demandas del mercado.  Al ignorarse estos valores, pueda que las políticas comerciales no logren su verdadero potencial y, como dijo el Papa, “¡los más débiles, los menos poderosos y los más pobres parecen tener tan poca esperanza!”3   Debemos siempre recordar que los acuerdos comerciales y las políticas económicas no son leyes predeterminadas de la naturaleza, sino que son creadas por la gente y por los gobiernos.  Sus metas deben ser las de promover la dignidad del trabajo y los derechos de los trabajadores.

El movimiento laboral tiene una valiosa trayectoria al haber asegurado los derechos y los beneficios que los trabajadores estadounidenses ahora esperan y a los que los trabajadores en países pobres aspiran, por ejemplo: el derecho a organizarse, a ser miembro de un sindicato, a recibir un salario justo y a gozar de condiciones de trabajo seguras.  La enseñanza social católica insiste en estos derechos fundamentales para los trabajadores en todas partes.  Nuestra enseñanza también exige que un mayor nivel de comercio no se logre a expensas del medio ambiente.  Aunque estos temas son esenciales, debemos hacernos una pregunta aún más fundamental: ¿cómo las políticas comerciales pueden resultar en un desarrollo humano auténtico?  Pueda que algunas personas sugieran que tener malos empleos es mejor que no tenerlos y que la pobreza es mejor que la miseria, que el aire no limpio y el agua contaminada son una consecuencia necesaria del crecimiento económico.  Y nosotros respondemos que un fracaso no justifica otro.  Podemos lograr algo mejor, y debemos lograr algo mejor, estableciendo una agenda amplia y agresiva de comercio y de desarrollo para nuestras políticas internas como para las negociaciones comerciales bilaterales y multilaterales.

Un paso alentador es el que dieron los miembros de la Organización Mundial del Comercio en las negociaciones recientes en Ginebra.  Además de reafirmar la necesidad de tener un sistema de comercio global, los gobiernos, incluyendo el de Estados Unidos, hicieron compromisos importantes para reducir algunas ayudas a la agricultura que muchas veces benefician a los que menos necesitan y se olvidan de aquellos que más lo necesitan acá y en el exterior.  Por ejemplo, las pequeñas granjas agrícolas en países en desarrollo pueden ser desplazadas del mercado debido a los productos que reciben protección o subsidios provenientes de países desarrollados, mientras que las pequeñas granjas agrícolas estadounidenses muchas veces reciben mucho menos apoyo gubernamental que las grandes entidades agrícolas.  De ahora en adelante los miembros de la Organización Mundial del Comercio necesitan actuar dando cumplimiento al espíritu de estos compromisos.

En estos tiempos de inestabilidad internacional, cómo manejamos el comercio y con quién lo hacemos puede ser una manera de establecer confianza y cooperación entre naciones.  Los esfuerzos de extender la compasión estadounidense alrededor del mundo pueden mejorarse o empeorarse con las políticas comerciales estadounidenses.  ¿Cómo podemos insistir que los países en desarrollo reduzcan los aranceles impuestos a productos vitales para la subsistencia de las personas pobres, mientras nosotros protegemos fuertemente los mismos productos acá en casa?  “Amar al prójimo” en un mundo globalizado requiere las políticas económicas y la voluntad política para convertir nuestras palabras de aliento en hechos reales, especialmente para aquellos con menores posibilidades de beneficiarse de un aumento en el comercio.

Instamos a los funcionarios, legisladores, defensores y ciudadanos involucrados en políticas comerciales y en tratados comerciales que Estados Unidos está negociando actualmente, a que consideren estas preguntas claves:

  • ¿En qué manera estos acuerdos tocan las vidas y la dignidad de las familias pobres y de los trabajadores vulnerables en nuestro país y en los países de nuestros socios comerciales?
  • ¿Estos reestructuran y reducen subsidios excesivos a la agricultura para que los agricultores en nuestro país y en los países en desarrollo tengan buenas posibilidades de vender sus cosechas y de ganarse la vida?  ¿Las reformas destinan las ayudas al pequeño y mediano agricultor estadounidense?
  • ¿Tienen los países pobres suficiente flexibilidad para establecer políticas comerciales que protejan industrias susceptibles, como lo han hecho los países desarrollados en el pasado, para que sus agricultores puedan producir suficientes alimentos para sus familias, para que tengan seguridad económica y para promover el desarrollo rural?
  • ¿En qué manera pueden las negociaciones comerciales combatir la corrupción, mejorar la rendición de cuentas y asegurar que se escuchen las voces de los pobres?
  • ¿Existen mecanismos reales y eficaces en los acuerdos comerciales para asegurar normas fundamentales laborales y del medio ambiente y que toman en cuenta el impacto sobre la migración?
  • ¿Forman parte las políticas comerciales de una agenda de desarrollo más amplia que provee asistencia apropiada continua en una gama amplia de asuntos sociales y económicos, como la Millenium Challenge Account  (Cuenta del Reto del Milenio), y que atiende el costo humano de la dislocación económica?
La medida moral de la política comercial no es sencillamente el aumento en el comercio, el crecimiento que se produjo, o el rendimiento económico, sino las vidas mejoradas, los trabajos decentes creados y las familias que van dejando atrás la pobreza.  Instamos a los representantes de todas las naciones afectadas por estos acuerdos comerciales a mirar más allá de las inquietudes partidarias, más allá de las contribuciones y la publicidad de intereses poderosos.  Les pedimos que examinen las políticas comerciales a través de los ojos de los pobres y vulnerables, y de aquellas personas desesperadas por ganarse la vida para sí y para sus familias.

Cuando se maneja de una manera justa, un mayor nivel de comercio puede ofrecer oportunidades para los trabajadores actuales y futuros de tal manera que la economía global se pone al servicio de todos los hombres y las mujeres.  Siguiendo el llamado del Santo Padre, en lo que damos gracias en este Día del Trabajo por las numerosas bendiciones que Dios nos ha dado, comprometámonos a construir una nación y un mundo donde la dignidad y las recompensas del trabajo sean compartidas por todos los hijos de Dios.

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(1) Ecclesia in America, 22 de enero de 1999, no. 55
(2) Jubilee of Workers, 1 de mayo de 2000
(3) Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, no. 20

 


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