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Un Mensaje Pastoral: Viviendo en Fe y Esperanza después del 11 de Septiembre

 
Conferencia de los Obispos Católicos
de los Estados Unidos

14 de noviembre del 2001


Dichosos los afligidos,
porque recibirán consuelo…
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
porque será saciada…
Dichosos los misericordiosos,
porque Dios tendrá misericordia de ellos…
Dichosos los que construyen la paz,
porque serán llamados hijos de Dios.
- Mateo 5:4,6,7,9 Estas palabras de Jesús desafían y alimentan nuestra esperanza hoy, a medida que nuestra comunidad de fe responde a los terrible acontecimientos del 11 de septiembre y sus repercusiones. Como Obispos Católicos, ofrecemos palabras de consuelo, criterios para el discernimiento moral y un llamado a la acción y a la solidaridad en estos tiempos turbulentos y desafiantes.

Después del 11 de septiembre, somos un pueblo herido. Compartimos la pérdida y el dolor, la ira y el temor, el choque y la determinación, de cara a estos ataques contra nuestra nación y contra toda la humanidad. También honramos la abnegación de los bomberos, policías, capellanes y otros individuos valientes que entregaron sus vidas en servicio a los demás. Ellos son verdaderos héroes y heroínas.

En estos días difíciles, nuestra fe nos ha animado y nos ha sostenido. Nuestra nación se volvió a Dios en oración y en fe con una nueva intensidad. Esto se hizo patente en los teléfonos celulares dentro de los aviones secuestrados, en las escaleras de las torres que serían destruidas, en las catedrales e iglesias parroquiales, en los servicios ecuménicos, en nuestros hogares y corazones. Nuestra fe nos enseña sobre el bien y el mal, el libre albedrío y la responsabilidad. La vida, enseñanza, muerte y resurrección de Jesús nos muestran el significado del amor y la justicia en un mundo roto. Las Sagradas Escrituras y los principios éticos tradicionales definen lo que es construir la paz. Los mismos proveen una guía moral de cómo el mundo debe responder justamente al terrorismo para poder restaurar la paz y el orden.

Los acontecimientos del 11 de septiembre han sido únicos en su proporción, pero no han sido aislados. Tristemente, nuestro mundo está perdiendo el respeto por la vida humana. Aquellos que cometieron estas atrocidades no distinguen entre los civiles comunes y los combatientes militares, y existe la amenaza del posible uso terrorista de armas químicas, biológicas y nucleares en un futuro.

Los espantosos hechos del 11 de septiembre no pueden quedarse sin respuesta. Seguimos insistiendo en la resolución, la moderación y una mayor atención al origen del terrorismo para protegernos en contra de futuros ataques, así como la promoción del bien común global. Nuestra nación debe seguir respondiendo de muchas maneras, incluyendo el uso de la diplomacia, medidas económicas, inteligencia efectiva, mayor enfoque en la seguridad doméstica, y el uso legítimo de la fuerza.

En nuestra respuesta a los ataques en contra de civiles inocentes, debemos asegurarnos de no violar las normas de la inmunidad para civiles y la proporcionalidad. Creemos que toda vida es preciosa, ya sea que la persona trabaje en el World Trade Center (las torres gemelas) o que viva en Afganistán. Las normas morales tradicionales que rigen el uso de la fuerza todavía son pertinentes, aún de cara al terrorismo de esta proporción.

Ningún agravio, sin importar el reclamo, puede justificar lo ocurrido el 11 de septiembre. Sin disculpar de manera alguna los actos terroristas insostenibles, aún tenemos que tratar esas condiciones de pobreza e injusticia que son explotadas por los terroristas. Una campaña exitosa en contra del terrorismo requerirá de una combinación de determinación para hacer lo necesario para que esta se cumpla, moderación para asegurarnos que actuaremos justamente y un enfoque a largo plazo en asuntos más generales de justicia y paz.

En estas breves reflexiones, intentamos articular las enseñanzas tradicionales católicas como una guía para nuestro pueblo y nación, ofreciendo un marco moral y no una serie de juicios particulares sobre sucesos que cambian rápidamente. Creemos que nuestra fe nos brinda consuelo, clarividencia y esperanza en estos días desafiantes.

Confrontando el terrorismo

Los hechos del 11 de septiembre, típicos a los de una guerra, fueron ataques consternantes para nuestra nación, nuestros ciudadanos y para los ciudadanos de muchos otros países. El Santo Padre apropiadamente llamó estos actos crímenes en contra de la humanidad. El terrorismo no representa un problema nuevo, pero esta amenaza terrorista es única debido a sus dimensiones globales y a la mera magnitud del terror que sus autores están dispuestos y son capaces de desatar. También es algo nuevo para nosotros porque no hemos experimentado actos de violencia, típicos a los de una guerra, en nuestro propio suelo desde hace muchas décadas.

El papel de la religión

Nos preocupa particularmente el que algunos que apoyan y participan en esta nueva forma de terror busquen justificarlo, en parte, como un acto religioso. Lamentablemente, la noción que los terroristas tienen de una guerra religiosa es reforzada de manera inadvertida por aquellos que atribuyen el extremismo de unos cuantos al Islam en general o que sugieren que la religión, por su naturaleza, es fuente de conflicto.

Es un error utilizar la religión para encubrir las causas políticas, económicas o ideológicas. Se agrava el error cuando los extremistas de cualquier tradición religiosa distorsionan radicalmente la fe que profesan para poder justificar la violencia y el odio. Cualquiera que sea la motivación, no puede haber ninguna justificación religiosa o moral por lo ocurrido el 11 de septiembre. Las personas de todas las creencias religiosas deben unirse en la convicción de que el terrorismo, en nombre de la religión, profana la religión. La oposición más efectiva a los reclamos terroristas de la justificación religiosa proviene de las ricas tradiciones religiosas del mundo y del testimonio de tantas personas de fe que han sido una fuerza poderosa para una liberación humana sin violencia por todo el mundo.

Se necesita una apreciación más profunda del papel que desempeña la religión en los asuntos del mundo, al igual que el entender más a fondo y relacionarse con el Islam. La comunidad católica ha entablado un diálogo y tiene proyectos en común con los musulmanes en distintos niveles y en distintas maneras, en este país y por todo el mundo. Para mencionar sólo un ejemplo, en muchos países, Catholic Relief Services colabora productivamente con organizaciones musulmanas comprometidas con la paz, la justicia y los derechos humanos. Se debe hacer más en todos los niveles para profundizar y extender este diálogo y acción común.

El deber de preservar el bien común, proteger a los inocentes y restaurar la paz y el orden

Nuestra nación, en colaboración con otras naciones y organizaciones, tiene el derecho moral y la grave obligación de defender el bien común en contra del terrorismo masivo. El bien común se ve amenazado cuando personas inocentes son el blanco de terroristas. Por lo tanto, apoyamos los esfuerzos de nuestra nación y de la comunidad internacional en buscar y hacer que asuman su culpa, de acuerdo a las leyes nacionales e internacionales, aquellos individuos, grupos o gobiernos responsables. La manera como se defiende el bien común y se restaura la paz es un asunto moral crítico. Mientras que la acción militar puede ser necesaria, de ninguna manera es suficiente para lidiar con esta amenaza terrorista. Se debe proseguir con una amplia escala de medidas no militares, desde aumentar la seguridad del suelo patrio y asegurar mayor transparencia del sistema financiero, hasta la consolidación de la cooperación global en contra del terrorismo. Entre estas medidas se encuentra un afán persistente por procurar negociaciones que buscarían proteger los intereses tanto de Afganistán como de los Estados Unidos.

Será necesario el sacrificio considerable por parte de todos para que esta tentativa a largo plazo, de bases extensas, que defiende el bien común, pueda ser exitosa. Jamás debemos perder de vista, sin embargo, los ideales básicos de justicia, libertad, equidad y apertura, los cuales son sellos distintivos de nuestra sociedad. No debemos cambiar la libertad por la seguridad. No debemos dejarnos capturar por el temor. Se deben repudiar los actos de intolerancia étnica y religiosa hacia los árabes americanos, los musulmanes o cualquier otra minoría. Nuestra nación se distingue por el hecho de que de muchos, somos uno solo.

A la vez que proceden las investigaciones criminales y civiles y que se vigorizan las medidas esenciales de seguridad, nuestro gobierno debe continuar respetando los derechos fundamentales de toda persona, especialmente los de los inmigrantes y refugiados. Se debe tener cuidado para evitar asignar culpa colectiva a todos los recién llegados o socavar nuestra historia como una tierra de inmigrantes y un refugio mundial para los que sufren persecución. Los Estados Unidos no debe rehuir a su papel de líder mundial al ofrecer protección a los refugiados que huyen del terror en sus patrias. Las propuestas para garantizar la seguridad de nuestro sistema de inmigración legal y el programa para refugiados debe evitar el dañar a los inmigrantes y refugiados que no representan ninguna amenaza a la seguridad. Las acciones para ejecutar la ley no deben aplicarse indiscriminadamente o basarse en el origen étnico o nacional, así como la afiliación religiosa. Es particularmente inapropiada la suspensión de la admisión para refugiados.

El uso de la fuerza militar

Como parte de una tentativa más amplia para combatir el terrorismo, nuestra nación se ha enfrascado en la acción militar dentro de Afganistán y puede estar considerando la intervención en otro lugar. A la vez que oramos por nuestros hombres y nuestras mujeres que arriesgan sus vidas en servicio a la patria y por todos aquellos que sufren en Afganistán, también consideramos cómo la antigua y rica tradición de la Iglesia en cuanto a la reflexión ética referente a la guerra y la paz, puede ayudar a guiar las decisiones trascendentales que se están tomando.

Recae sobre los líderes nacionales la pesada obligación moral de ver que se utilice la gama completa de los medios no violentos. Reconocemos, no obstante, el derecho y el deber de una nación y de la comunidad internacional para hacer uso de la fuerza militar, si es necesario, en defensa del bien común, protegiendo a los inocentes en contra del terrorismo masivo. Debido a sus terribles consecuencias, la fuerza militar, aún cuando es justificada y ejecutada cuidadosamente, debe siempre emplearse con un sentido de profunda pena.

Toda respuesta militar debe realizarse de acuerdo a los principios morales íntegros, haciéndose notar las normas de la tradición de la guerra justa como lo son la inmunidad para los no combatientes, la proporcionalidad, la intención justa y la probabilidad del éxito. [Véase el Apéndice]

Aun si la causa es justa, sigue en pie la grave obligación moral de respetar los principios de la inmunidad para los no combatientes y la proporcionalidad y ésta debe regir las decisiones políticas y militares de nuestra nación. Los ataques indiscriminados en contra de personas inocentes, ya sea por terroristas o en la guerra, amenazan el bien común. La prioridad constante debe ser el asegurarse que la fuerza militar se dirija contra aquellos que usan el terror y los que les ayudan, no contra el pueblo afgano o el Islam. Acogemos el compromiso manifestado de hacer todo lo posible para evitar la muerte a civiles, un compromiso que debe sostenerse a largo plazo. No solamente debemos obrar justamente, sino que se debe percibir que estamos obrando justamente si es que vamos a tener éxito en conseguir el apoyo popular en contra del terrorismo.

A la luz de la enseñanza de la Iglesia que dice que el uso de lar armas no debe producir desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar, debe vigilarse de cerca y de manera continua el efecto de la acción militar en el pueblo afgano. A la vez, existe la necesidad especial de mantener y fortificar nuestros esfuerzos para hacer todo lo posible por abordar la crisis humanitaria que data de mucho tiempo en Afganistán, especialmente el riesgo del sufrimiento y el hambre de las masas este invierno. Este proyecto humanitario debe continuar principalmente como respuesta a la necesidad humana apremiante, y no para satisfacer objetivos militares y políticos. Los Estados Unidos y otras naciones tienen la responsabilidad moral de seguir enviando ayuda a los refugiados y desplazados afganos y de ayudarles a regresar a sus hogares sin peligro, donde sea posible, u ofrecerles otras soluciones duraderas.

Debemos hacer lo que podamos para trabajar con las Naciones Unidas y todas las partes interesadas y ayudar a los afganos a reconstruir la vida política, económica y cultural de su país después de que termine la guerra. Las acciones de nuestra nación y de otras naciones deben asegurar una guerra justa ahora y una paz justa más adelante.

La probabilidad del éxito es particularmente difícil de medir cuando se trata de una red terrorista global amorfa. Por lo tanto, se debe dar atención especial a la elaboración de criterios para cuando sea apropiado poner fin a la acción militar en Afganistán.

Los políticos y todos los ciudadanos deben luchar con interrogantes morales serias y tomar decisiones informadas sobre cómo nuestra nación puede responder de manera justa ante una amenaza que provoca terror. Aunque ya hemos expresado nuestra propia opinión sobre aspectos de esta interrogante, reconocemos que la aplicación de los principios morales en esta situación requiere el ejercitar la virtud de la prudencia. Algunos cristianos manifiestan estar a favor de la no violencia, debido a sus principios, los cuales indican que los medios no militares son la única respuesta legítima en este caso. Esta es una respuesta cristiana válida. En tanto que se respeta esta opinión y se mantiene una firme presunción en contra del uso de la fuerza, la Iglesia ha sancionado el uso de los criterios morales de una guerra justa para permitir el uso de la fuerza por parte de la autoridad legítima, en defensa propia y como un último recurso. Aquellas personas que están de acuerdo con la tradición de una guerra justa pueden diferir en sus juicios prudenciales sobre su interpretación o su aplicación.

La pacificación verdadera puede ser cuestión de política, solamente si primero es cuestión del corazón. Sin ambas cosas, el valor y la caridad, la justicia no puede lograrse. En ausencia del arrepentimiento y del perdón, ninguna paz puede perdurar. Debemos hacer más para compartir la enseñanza de la Iglesia sobre la guerra y la paz y para fomentar comunidades cristianas donde las virtudes pacíficas puedan arraigarse y nutrirse. Debemos alentar entre nosotros mismos la fe y la esperanza para fortalecer nuestros espíritus, poniendo nuestra esperanza en Dios y no en nosotros mismos; el valor y la compasión que nos muevan a la acción; la humildad y la bondad para que podamos poner las necesidades e intereses de los demás por encima de los propios; la paciencia y la perseverancia para soportar la larga lucha por la justicia; y la civilidad y la caridad para que podamos tratar a los demás con respeto y amor.

Procurando la justicia y la paz después del 11 de septiembre

El 11 de septiembre aclaró aún más que la globalización es una realidad que requiere mayor escrutinio moral. Si los problemas de Afganistán o del centro de Asia anteriormente parecían ajenos para los americanos, ese ya no es el caso. Nuestra nación, como fuerza principal para la globalización económica, debe hacer más para extender los beneficios de la globalización a todos, especialmente a los más pobres del mundo. La injusticia y la inestabilidad en tierras lejanas, respecto a lo cual sabemos muy poco, puede impactar directamente nuestro propio sentido de paz y seguridad. El mantener una fuerza militar potente es solamente un componente de nuestra seguridad nacional. Se debe tener un conocimiento mucho más amplio y duradero sobre la seguridad. En un mundo donde una quinta parte de la población sobrevive con menos de $1 por día, donde algunos veinte países están envueltos en algún conflicto armado mayor, y donde la pobreza, la corrupción y los gobiernos represivos provocan un sufrimiento indecible a millones de personas, sencillamente no podemos permanecer indiferentes. También debemos reconocer cómo la exportación de algunos aspectos negativos de nuestra cultura puede ayudar a minar a otras sociedades, así como a la nuestra.

Nuestra nación debe unirse a otras al tratar sobre políticas y problemas que proveen una tierra fértil donde puede prosperar el terrorismo. Años atrás, el Papa Pablo VI declaró, "Si quieres paz, lucha por la justicia". No se debe mal entender esta sabiduría. Ninguna injusticia justifica el horror que hemos sufrido. Pero un mundo más justo sería un mundo más pacífico. Todavía habrá personas que se dejan llevar por el odio y la violencia, pero tendrán menos aliados, apoyo y recursos para cometer sus horrendos actos.

Cada situación debe manejarse de acuerdo a sus propios méritos. El poner un alto al terrorismo debe ser una prioridad, pero la política exterior no puede incluirse de manera integral bajo esta campaña. El conflicto entre israelíes y palestinos, el sufrimiento del pueblo de Iraq, la falta de participación en la vida política, el abuso de los derechos humanos, la corrupción endémica, la pobreza agobiante en medio de la abundancia y las amenazas a las culturas locales son fuente de profundo resentimiento y desesperación que los terroristas procuran explotar para lograr sus propios propósitos. A pesar de las afirmaciones de los terroristas, la participación creativa y constructiva de EE.UU., particularmente en el mundo árabe y musulmán, para resolver estos problemas, ayudará a restaurar la paz basada en la justicia. Dada la prominencia de nuestro país, es obligatorio para nuestros ciudadanos el procurar en la manera que puedan, un orden más justo a nivel internacional, político, social y económico. Las personas razonables pueden diferir en cuanto a los medios para emplearlo, pero los católicos no pueden permanecer imparciales con respecto a ese propósito. Además, los medios elegidos deben ser consistentes con este propósito, puesto que los medios injustos no pueden, al final de cuentas, tener resultados que favorecen la justicia. Debemos luchar por el bien común, medido no solamente en términos económicos, políticos o de seguridad, sino también en términos de cultura, derechos humanos fundamentales, tales como la libertad religiosa y todo lo necesario para llevar una vida virtuosa y espiritual, coherente con la dignidad humana auténtica. A la vez que nuestra responsabilidad primordial es el bien común de nuestra propia sociedad, tenemos la obligación ineludible de promover el bien común global también.

Ponemos de relieve unos cuantos aspectos del bien común que merecen atención especial. Estos son asuntos que la conferencia de obispos ha tratado antes y con mayor profundidad, pero se tornan aún más urgentes en este momento.

El conflicto entre israelíes y palestinos. Este conflicto que data de décadas debe recibir atención urgente de todas las partes, incluyendo de los Estados Unidos, para poner fin a la violencia y regresar a las negociaciones comprensivas que conduzcan a una resolución justa y pacífica del conflicto entre israelíes y palestinos, el cual respete los derechos humanos y la ley internacional. Apoyamos la seguridad real para Israel y el establecimiento de un estado viable para los palestinos. Reconocemos que cada parte en este conflicto tiene motivos fuertes, antiguos y justificados para quejarse, los cuales deben tratarse para que pueda haber una paz justa y duradera. La participación del gobierno de los Estados Unidos y de la comunidad internacional es necesaria y debe continuar. Esta participación urgente debe responder respetuosamente a los reclamos legítimos de ambas partes y no consentir las acciones unilaterales que minen los prospectos de regresar a las negociaciones.

Iraq. El continuo sufrimiento masivo del pueblo iraquí durante la década pasada es sencillamente intolerable. Tal como lo hemos hecho en el pasado, deploramos las políticas sin escrúpulos que han llevado a la muerte, por causa de enfermedad y desnutrición, a cientos de miles de niños. Los dirigentes del régimen iraquí son responsables en gran parte por este sufrimiento, al menos por el mal uso de los recursos. Ellos tienen la responsabilidad moral de cumplir con las obligaciones internacionales razonables, especialmente para dar fin a las tentativas de elaborar armas de destrucción masiva. A la vez, las sanciones económicas comprensivas, aún con las modificaciones realizadas por el programa de "petróleo por comida" están provocando un sufrimiento horrendo y se debe terminar con ellas prontamente. El objetivo es no recompensar al gobierno iraquí, sino aliviar una situación moralmente inaceptable donde los civiles inocentes sufren por los hechos de un régimen sobre el cual no tienen ningún control.

Sudán. Mientras EE.UU. procura la cooperación de Sudán en la campaña contra el terrorismo, nuestra nación no puede ignorar la campaña sistemática de terror, lanzada por el gobierno en Khartoum en contra de su propio pueblo, especialmente los cristianos y practicantes de las religiones africanas tradicionales. El poner fin a la guerra en Sudán y encontrar un arreglo pacífico a este conflicto tiene una importancia urgente.

El escándalo de la pobreza. Los extremos intolerables de la miseria y un abismo creciente entre "los que tienen" y "los que no tienen" caracteriza mucho del mundo hoy en día, y engendra hostilidad hacia la globalización económica. Esta hostilidad puede tratarse, en parte, por una agenda de desarrollo comprensivo, incluyendo el importante aumento de la ayuda para el exterior, más comercio equitativo, y esfuerzos continuos para aminorar la obligación aplastante de la deuda. Nosotros que tenemos tanto, tenemos una responsabilidad hacia los necesitados del mundo. No podemos permanecer en el último lugar entre los países contribuyentes en ayuda para el desarrollo. Los Estados Unidos contribuye solamente una décima parte del 1% de su producto nacional bruto en ayuda oficial para el desarrollo, en comparación con la meta del desarrollo internacional del 0.7% del producto nacional bruto, un objetivo apoyado por nuestro país muchas veces.

El superar la pobreza en nuestro propio país requiere un compromiso continuo también. No se pueden ignorar o desatender las necesidades de los desempleados, de aquellos que pasan hambre y de los desamparados. Los nuevos gastos, en respuesta al 11 de septiembre, así como una economía en declive, impondrán presiones nuevas a los programas internacionales y domésticos que sirven a las familias pobres y vulnerables. No se le debe pedir a los pobres en el exterior y en nuestro propio país que asuman la responsabilidad desproporcionada de los sacrificios que se tendrán que hacer.

Derechos humanos. La necesidad de mantener una coalición internacional en contra del terrorismo, no debe llevar a nuestro gobierno a darle menos atención pública a la libertad religiosa y a las violaciones de los derechos humanos de alrededor del mundo. Como una nación comprometida con la promoción de los derechos humanos, no podemos hacer concesiones respecto a estas prioridades por alianzas temporales que los descuidarían.

Armas de destrucción masiva y el comercio de armas. El mundo se encuentra aprensivo en torno a la amenaza de los ataques terroristas con el uso de las armas de destrucción masiva. Es moralmente imperativo que el gobierno de los EE.UU. luche para dar marcha atrás a la diseminación de armas nucleares, químicas y biológicas; procurar el desarme nuclear progresivo; realizar acciones concretas para reducir su propio papel predominante en el comercio de armas convencionales; y trabajar con otras naciones para que hagan lo mismo.

Fortaleciendo a las Naciones Unidas y a otras instituciones internacionales. Cada uno de estos problemas se beneficiará de la participación de las Naciones Unidas y de otras instituciones internacionales apropiadas. Estados Unidos debe desempeñar un papel constructivo en hacer a las Naciones Unidas y a otras instituciones internacionales más efectivas, responsables e impresionables. La decisión reciente por parte de nuestro gobierno de pagar su cuota como miembro de las Naciones Unidas es un paso que apoyamos.

Habiendo dicho todo esto, es necesario reiterar que ninguna causa o agravio puede justificar el dirigir aviones civiles en contra de las torres de oficinas o el infectar a los trabajadores postales y a personajes públicos. El rectificar esta injusticia exigirá la acción prudente para construir un mundo más seguro, más justo, y más pacífico.

Conclusión

Se ha dicho muchas veces que el 11 de septiembre cambió el mundo. Esto es verdad de muchas maneras, pero la tarea esencial de nuestra comunidad de fe es continuar con una nueva premura y un nuevo enfoque. Las semanas, meses y años del futuro serán:

Un momento para la oración. Oramos por las víctimas y sus familiares; por nuestro presidente y por los líderes nacionales; por la policía y por los bomberos; por los trabajadores postales, los del campo médico y los socorristas; y por los hombres y mujeres del servicio militar. Oramos por el fin del terror y la violencia. También oramos por el pueblo afgano y por nuestros adversarios. Hacemos un llamado a los católicos para que se unan en un Día Nacional de la Oración por la Paz el 1 de enero del 2002.

Un momento para ayunar. Mientras continúe esta lucha, exhortamos a los católicos a que ayunen un día por semana. Este ayuno es un sacrificio por la justicia, la paz y la protección de la vida humana inocente.

Un momento para la enseñanza. Muchos católicos conocen la enseñanza de la Iglesia sobre la guerra y la paz. Muchos no la conocen. Este es el momento para compartir nuestros principios y valores, para invitar la conversación y un diálogo continuo dentro de nuestra comunidad católica. Las universidades católicas y los colegios, las escuelas y las parroquias deben buscar oportunidades para compartir la Sagrada Escritura y la enseñanza de la Iglesia respecto a la vida humana y sobre la justicia y la paz de una manera más amplia y completa. De manera especial debemos procurar ayudar a nuestros hijos para que se sientan seguros en estos días difíciles.

Un momento para el diálogo. Este es el momento para participar en el diálogo con los musulmanes, los judíos, los otros cristianos y otras comunidades de fe. Debemos saber más y entender mejor otras creencias, especialmente la fe islámica. También debemos apoyar a nuestros compañeros ecuménicos, repudiando claramente el terrorismo y la violencia, sea cual fuere su fuente. (Vea la Declaración Conjunta de los Obispos Católicos y de los Líderes Musulmanes, del 14 de septiembre del 2001). Como dijo recientemente el Santo Padre, el diálogo es esencial para asegurar que "el nombre del Dios único se convierta cada vez más en lo que es: un nombre por la paz y un llamamiento por la paz". (Comentarios al Papa Juan Pablo II, Centro Cultural, 6 de noviembre del 2001).

Un momento para el testimonio. En nuestro trabajo y en las comunidades, debemos vivir nuestros valores de respeto mutuo, dignidad humana y respeto a la vida. Debemos buscar la seguridad sin acoger la discriminación. Debemos utilizar nuestras voces para proteger la vida humana, para buscar una mayor justicia y para procurar la paz como participantes en una democracia poderosa.

Un momento para el servicio. Las organizaciones de Caridades Católicas de todo el mundo están proveyendo asistencia a familias, parroquias, vecindades y comunidades directamente afectadas por los ataques del 11 de septiembre. Los hospitales católicos de estas ciudades también se encuentran al frente en el cuidado para aquellas personas lesionadas en estos ataques. Catholic Relief Services está proveyendo ayuda crítica a los refugiados afganos y realizando trabajo de valor incalculable por Asia Central y el Medio Oriente. Este es el momento para dar generosamente y con sacrificio.

Las mujeres y los hombres americanos en el servicio militar y sus capellanes también son llamados conscientemente a que cumplan su obligación de defender el bien común. El hecho que estas personas arriesgan sus propias vidas en nuestra defensa es un gran servicio a nuestra nación y un acto de virtud cristiana.

Un momento para la solidaridad. No somos los primeros en experimentar horrores como estos. Ahora entendemos mejor la suerte diaria de millones de personas de alrededor del mundo que han vivido bajo la amenaza de la violencia y la incertidumbre por mucho tiempo y que se han rehusado a dejarse vencer por el temor o la desesperación. A la vez que nos solidarizamos con las víctimas de los ataques terroristas y sus familiares, también debemos hacerlo con aquellos que sufren en Afganistán. Apoyamos a aquellas personas cuyas vidas corren peligro y cuya dignidad se les niega en este mundo peligroso.

Un momento para la esperanza. Por encima de todo, debemos volvernos a Dios y apoyarnos el uno al otro con esperanza. La esperanza nos asegura que, con la gracia de Dios, encontraremos el camino en lo que ahora nos parece un desafío que nos provoca temor. Para los creyentes, la esperanza no es cuestión de optimismo, sino una fuente de fortaleza y de acción en los momentos difíciles. Para los que construyen la paz, la esperanza es la virtud indispensable. Esta esperanza, unida a nuestra respuesta al llamado a la conversión, debe estar enraizada en la promesa de Dios y alimentada por la oración, la penitencia y los actos de caridad y solidaridad.

Se está probando a nuestra nación y a la Iglesia de maneras fundamentales. Nuestra nación tiene el derecho y la obligación de responder, y debe hacerlo de la manera correcta, procurando defender el bien común y construyendo un mundo más justo y pacífico. Nuestra comunidad de fe tiene la responsabilidad de vivir en nuestra época los desafíos de Jesús en las Bienaventuranzas—el consolar a aquellos que lloran, el procurar la justicia, el convertirse en constructores de la paz. Enfrentamos estas tareas con fe y esperanza, pidiéndole a Dios que nos proteja y nos guíe mientras procuramos vivir el Evangelio de Jesucristo en estos días de prueba.

Apéndice

La Iglesia tiene una vieja tradición sobre la reflexión moral respecto a la guerra y la paz. Los siguientes extractos del Catecismo de la Iglesia Católica y de la declaración de los Obispos de los EE.UU., Frutos de Justicia se Siembran en la Paz, perfilan los elementos de esta enseñanza:

Extractos del Catecismo de la Iglesia Católica

III. LA DEFENSA DE LA PAZ

La Paz

2302

Recordando el precepto: "no matarás," nuestro Señor pide la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del odio.

La cólera es un deseo de venganza. "Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito"; pero es loable imponer una reparación "para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia." Si la cólera llega hasta el deseo deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: "Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal."

2303

El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. "Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padres celestial..."

2304

El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. Es la "tranquilidad del orden." Es obra de la justicia y efecto de la caridad.

2305

La paz terrenal es imagen y fruto de la paz del Cristo, el "Príncipe de la paz" mesiánica. Por la sangre de su cruz, "dio muerte al odio en su carne," reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios. "El es nuestra paz." Declara "bienaventurados a los que construyen la paz."

2306

Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con sus ruinas y sus muertes.

Evitar la guerra

2307

El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra.

2308

Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.
Sin embargo, "mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa."

2309

Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto;
que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces;
que se reúnan las condiciones serias de éxito;
que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la "guerra justa." La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.

2310

Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional. Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz.

2311

Los poderes públicos atenderán equitativamente al caso de quienes, por motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas; éstos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana.

2312

La Iglesia y la razón humana declaran la validez permanente de la ley moral durante los conflictos armados. "Una vez estallada desgraciadamente la guerra, no todo es lícito entre los contendientes."

2313

Es preciso respetar y tratar con humanidad a los no combatientes, a los soldados heridos y a los prisioneros. Los acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios universales, como asimismo las disposiciones que las ordenan, son crímenes. Una obediencia ciega no basta para excusar a los que se someten a ella. Así, el exterminio de un pueblo, de una nación o de una minoría étnica debe ser condenado como un pecado mortal. Existe la obligación moral de desobedecer aquellas decisiones que ordenan genocidios.

2314

"Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones." Un riesgo de la guerra moderna consiste en facilitar a los que poseen armas científicas, especialmente atómicas, biológicas o químicas, la ocasión de cometer semejantes crímenes.


Extractos de Frutos de Justicia se Siembran en la Paz

2. La Guerra Justa: Nuevas Preguntas. La tradición de guerra justa consiste de un cuerpo de reflexión ética sobre el uso justificado de la fuerza. En aras de derrotar la injusticia, reducir la violencia, y prevenir la expansión, la tradición se propone: (a) aclarar cuando es posible justificar el use de la fuerza; (b) limitar el recurso a la fuerza; y (d) reducir los daños causados por las fuerzas militares durante la guerra. La tradición de guerra justa comienza con una fuerte presunción contra el uso de la fuerza y después establece las condiciones en las cuales a esta presunción se le puede hacer caso omiso para preservar la clase de paz que defiende la dignidad y los derechos humanos.

En un mundo desordenado, donde a veces fracasa la resolución pacífica de los conflictos, la tradición de guerra justa brinda una importante estructura moral para restringir y regular el uso limitado de la fuerza pot los gobiernos y las organizaciones internacionales. Porque a menudo la tradición de guerra justa se entiende mal o se aplica selectivamente, resumimos sus componentes más importantes que se derivan de la enseñanza tradicional católica.

Primeramente, los siguientes criterios regulan si se puede o no usar fuerza mortífera:

  • Causa Justa:

    se puede usar la fuerza sólo para corregir un grave mal público, es decir, agresión o violación masiva de los derechos humanos de pueblos enteros;

  • Justicia Comparativa:

    aunque pudiera haber bien o mal en todos los aspectos de un conflicto, para revocar la presunción en contra el uso de la fuerza la injusticia sufrida por una parte debe exceder significativamente el efecto del sufrimiento del otro;

  • Autoridad Legítima:

    sólo aquellas autoridades públicas debidamente constituídas pueden usar fuerza mortífera o hacer una guerra;

  • Intención Correcta:

    se puede usar fuerza sólo en una causa verdaderamente justa y sólo para ese propósito;

  • Probabilidad de Éxito:

    no se podrá usar armas en causas inútiles o en casos que requieran medidas desproporcionadas para alcanzar el éxito;

  • Proporcionalidad:

    la destrucción general que se espera por el uso de la fuerza debe ser sobrepasada por el bien que se desea alcanzar;

  • Ultimo Recurso:

    se puede usar fuerza sólo después de haber seriamente tratado y agotado todas las alternativas de paz.

Estos criterios (jus ad bellum), tomados en conjunto, se deben satisfacer a fin de sobrepasar la fuerte presunción contra el uso de la fuerza.

Segundo, la tradición de guerra justa también busca controlar la violencia de la guerra mediante la represión de los conflictos armados entre las partes en disputa imponiendo las siguientes normas morales (jus in bello) para llevar a cabo un conflicto armado:

  • Inmunidad del No Combatiente:

    los civiles no pueden set objeto de un ataque directo, y el personal militar debe cuidar que se eviten y se reduzcan al mínimo los daños indirectos a la población civil.

  • Proporcionalidad:

    al llevar a cabo las hostilidades, se deben hacer esfuerzos para lograr los objetivos militates sin más fuerza de la que se necesite militarmente y para evitar daños colaterales desproporcionados a la vida y propiedad de lapoblación civil;

  • Intención Correcta:

    aun en medio de un conflicto, el fin de los líderes políticos y militates debe ser la paz con justicia por lo que se prohiben los actos indiscriminados de venganza y de violencia, ya bien sea pot individuos, unidades militates o gobiernos.



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