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Jóvenes hispanos nos dieron lección de esperanza y perseverancia tras el 11 de Septiembre

 

Entre Amigos – Columna/Comentario

15 de agosto de 2011

Por Mar Muñoz-Visoso

Yo no estaba cerca del World Trade Center en Nueva York cuando sucedieron los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Pero recuerdo vívidamente aquel fatídico día y los que le siguieron.

Recuerdo que, de camino al trabajo, escuché en la radio que un avión grande se había estrellado contra un edificio alto en Nueva York. Para cuando llegué al centro pastoral de la archidiócesis en Denver y pude encontrar una sala con televisión el segundo avión ya había impactado. Recuerdo a las personas afligidas pidiendo ayuda desde las ventanas o saltando a una muerte segura por pura desesperación. Y cómo, para sorpresa de todos, las dos torres se desmoronaron cual castillo de naipes.

Nos dijeron que nos podíamos ir a casa o quedarnos en la oficina. Yo decidí quedarme. Aunque era difícil concentrarse en otra cosa, una pequeña crisis de otro tipo se estaba fraguando en mi oficina y tenía que atenderla.

Estábamos organizando un encuentro regional de jóvenes hispanos procedentes de cinco estados (Colorado, Wyoming, Nuevo México, Arizona y Utah). El encuentro debía realizarse en Snow Mountain Ranch, en Winter Park, Colorado, y estábamos a sólo tres días del comienzo.

Habíamos reservado 300 plazas, pero al tiempo de confirmar el número final de asistentes sólo teníamos la mitad de inscripciones. El director arquidiocesano del ministerio juvenil, cuya oficina copatrocinaba el evento, nos había estado presionando para que cortáramos las reservaciones a la mitad no fuera que luego tuviésemos que pagarpor un montón de cuartos y comida que no se usarían.

Jake, el coordinador de pastoral juvenil hispana, y yo tratamos de explicarle que, conociendo a nuestra gente, eso sería un gran error y que llegado el día muy pocos cuartos, si es que alguno, quedarían desocupados. "Nuestra gente no se registra. Nomás aparecen", le dijimos. Los líderes juveniles diocesanos tenían una buena idea de cuántos vendrían con sus grupos y nos fiábamos de sus estimados. Estaríamos preparados para inscribirlos y repartir habitaciones conforme fueran llegando.

Pero entonces el 11-S (9/11) sucedió. Llegaron noticias de que se había ordenado aterrizar a todos los aviones y que permanecerían así durante varios días. Al director juvenil le entró el pánico pensando que ahora sí nadie iba aparecer. Nosotros también estábamos asustados. La mayoría de los jóvenes planeaba venir en autobuses o en auto, pero dada la situación no sabíamos si la gente se aventuraría a manejar. Además, dos de los principales ponentes tuvieron que cancelar porque no encontraron la forma de salir de Washington y Boston. (Nuestros respetos para la facilitadora de pequeñas comunidades que se aventó la manejada desde California y el grupo texano de música cristiana que, igualmente, decidió subirse a una furgoneta y conducir todo un día para llegar justo a tiempo al concierto del sábado en la noche.)

Pero en los pocos días entre los atentados y el comienzo del Encuentro, los teléfonos no pararon de sonar. Diócesis tras diócesis, un grupo juvenil tras otro, todos nos decían lo mismo: "Todo sigue adelante ¿verdad? Esperamos que sí porque nosotros vamos." O también, "por favor no cancelen. Los muchachos necesitan este retiro ahora más que nunca." El director juvenil insistía en que era mejor cancelar. Jake y yo acudimos al entonces recién nombrado obispo auxiliar, Mons. José Gómez (ahora arzobispo de Los Ángeles) y finalmente se tomó una decisión: si la gente dice que viene, el Encuentro se hace.

Llegada la noche del viernes de aquella infame semana, todos estábamos exhaustos pero exultantes. Buses, autos y camionetas seguían llegando con numerosos jóvenes hispanos procedentes de once diócesis diferentes. Mi predicción de que por cada joven registrado un automóvil lleno de gente llegaría resultó bastante acertada. En total llegaron más de 450 gentes. Gracias a Dios los problemas logísticos de acomodar a 150 personas más de las previstas se pudieron solucionar.

El Encuentro Regional Juvenil Hispano de 2001 en Colorado, resultó ser una tremenda y profunda experiencia de fe y conversión. Lloramos y oramos juntos; nos abrazamos tratando de buscar sentido a los terribles eventos que acabábamos de presenciar y al significado de tragedias como ésta. Dialogamos sobre aquello que era verdaderamente importante en la vida. Muchos decidieron que sus acciones y actitudesnecesitaban dar un giro de 180º para volverse hacia Dios y hacia los demás. El Santísimo Sacramento, expuesto en una capilla, nunca quedó sólo. Se podía ver a numerosos jóvenes, hombres y mujeres, haciendo un balance serio de su vida ante el Señor.

También fue una reunión especial porque, a diferencia de encuentros regionales pasados, esta vez se hizo un esfuerzo consciente de invitar a jóvenes Latinos de habla inglesa. Fue un auténtico ejercicio de escucha y paciencia, especialmente porque en los encuentros la mayor parte del trabajo se realiza mediante la reflexión en pequeños grupos. Pero nadie se quejó.

Nos dividimos las presentaciones entre varios de los adultos presentes, incluyendo Mons. Gómez, quien nos acompañó durante todo el fin de semana, y el arzobispo Charles Chaput que celebró la misa del domingo. Seguramente, por improvisadas, nuestras presentaciones no fueron flamantes y espectaculares, pero a juzgar por las evaluaciones de los participantes, el Espíritu Santo hizo su trabajo.

Recientemente he visitado la Zona Zero. El conjunto monumental conmemorativo ya está avanzado aunque sigue en construcción. Sin embargo, viéndolo desde una pequeña altura, todavía da la sensación de un ser un gran agujero en el suelo, así como el de nuestros corazones. Diez años después, mis recuerdos del 11-S todavía están frescos, pero los resultados de la tragedia lucen de otro modo al recordar la fe profunda y la esperanza firme de los jóvenes hispanos las Montañas Rocosas y el Suroeste.

Un saludo de homenaje a todas las víctimas de los atentados terroristas, a los seres queridos que quedaron atrás y a los héroes que corrieron en su auxilio. Ustedes continúan siendo una inspiración para todos nosotros.

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Mar Muñoz-Visoso es subdirectora de Medios de Comunicación en la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos



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