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Capítulo II: Estructura de la Misa, sus Elementos y sus Partes

 

I. ESTRUCTURA GENERAL DE LA MISA

27. En la Misa o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado bajo la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico[37]. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz[38], Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y, ciertamente de una manera sustancial y permanente, bajo las especies eucarísticas[39].

28. La Misa consta en cierto sentido de dos partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto[40] ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instruc- ción y alimento cristiano[41]. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión de la celebración.


II. DIVERSOS ELEMENTOS DE LA MISA

Lectura de la Palabra de Dios y su explicación

29. Cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio.

Por eso las lecturas de la Palabra de Dios que proporcionan a la Liturgia un elemento de gran- dísima importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin embargo, su comprensión y eficacia aumenta con una explicación viva, es decir, con la homilía, que es parte de la acción litúrgica[42].

Oraciones y partes que corresponden al sacerdote

30. Entre las atribuciones del sacerdote ocupa el primer lugar la Plegaria eucarística, que es el cul- men de toda la celebración. Se añaden a ésta otras oraciones, a saber, la oración colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración después de la Comunión. Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote que preside la asamblea actuando en la persona de Cristo, en nombre de todo el pueblo santo y de todos los presentes[43]. Con razón, pues, se denominan “oraciones presidenciales”.

31. Igualmente corresponde al sacerdote, que ejercita el cargo de presidente de la asamblea reunida, decir algunas moniciones previstas en el rito mismo. Donde las rúbricas lo establecen, es lícito que el celebrante adapte un poco las moniciones para que respondan mejor a la comprensión de los partici- pantes; sin embargo, el sacerdote procure siempre conservar el sentido de la monición que viene pro- puesto en el Misal y expresarlo con pocas palabras. Corresponde asimismo al sacerdote que preside moderar la Palabra de Dios y dar la bendición final. También le está permitido introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras, después del saludo inicial y antes del acto penitencial; para la Liturgia de la Palabra, antes de las lecturas; en la Plegaria eucarística, antes de iniciar el Prefacio, pero nunca dentro de la misma Plegaria y, finalmente, dar por concluida la acción sagrada, antes de la fórmula de despedida.

32. La naturaleza de las intervenciones “presidenciales” exige que se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente[44]. Por consiguiente, mientras interviene el sacerdote, no se cante ni se rece otra cosa, y estén igualmente callados el órgano y cualquier otro instrumento musical.

33. El sacerdote pronuncia oraciones como presidente en nombre de toda la Iglesia y de la comuni- dad congregada, y a veces lo hace a título personal, para poder cumplir con su ministerio con mayor atención y piedad. Estas oraciones, que se proponen antes de la lectura del Evangelio, durante la preparación de los dones, como también antes y después de la Comunión del sacerdote, se dicen    en secreto.

Otras fórmulas que se usan en la celebración

34. Puesto que la celebración de la Misa, por su propia naturaleza tiene carácter “comunitario”[45], merecen especial relieve los diálogos entre el celebrante y los fieles congregados, y asimismo las acla- maciones[46]. Estos elementos no son solamente señales exteriores de una celebración común, sino que fomentan y realizan la comunión entre el sacerdote y el pueblo.

35. Las aclamaciones y respuestas de los fieles a los saludos del sacerdote y a sus oraciones constitu- yen precisamente aquel grado de participación activa que, en cualquier forma de Misa, se exige de los fieles reunidos para que quede así expresada y fomentada la acción de toda la comunidad[47].

36. Otras partes que son muy útiles para manifestar y favorecer la activa participación de los fieles, y que se encomiendan a toda la asamblea convocada, son, sobre todo, el acto penitencial, la profesión de fe, la oración universal y la Oración dominical.

37. Finalmente, en cuanto a otras fórmulas:

a) algunas tienen por sí mismas el valor de rito o de acto; por ejemplo, el Gloria, el salmo respon- sorial, el Aleluya y el verso anterior al Evangelio, el Santo, la aclamación de la anámnesis y el canto después de la Comunión;

b) otras, en cambio, simplemente acompañan un rito, por ejemplo, los cantos: de entrada, del ofertorio, de la fracción (Cordero de Dios) y de la Comunión.

Modos de pronunciar los diversos textos

38. En los textos que han de pronunciar en voz alta y clara el sacerdote o el diácono o el lector o todos, la voz ha de corresponder a la índole del respectivo texto, según se trate de lectura, oración, monición, aclamación o canto; igualmente téngase en cuenta la clase de celebración y la solemnidad de la reunión litúrgica. Y, naturalmente, de la índole de las diversas lenguas y caracteres de los pueblos.

En las rúbricas y normas que siguen, los vocablos “pronunciar” o “decir” deben entenderse lo mismo del canto que de los recitados, según los principios que acaban de enunciarse.

Importancia del canto

39. Exhorta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando la venida de su Señor que canten todos juntos con salmos, himnos y cánticos espirituales (cfr. Col 3, 16). El canto es una señal del gozo del corazón (cfr. Hech 2, 46). De ahí que san Agustín diga con razón: “Cantar es propio de quien ama”[48]; y viene de tiempos muy antiguos el famoso proverbio: “Quien bien canta, ora dos veces”.

40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la celebración de la Misa, siempre teniendo en cuenta el carácter de cada pueblo y las posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no es siempre necesario usar el canto, por ejemplo en las Misas feriales, para todos los textos que de suyo se destinan a ser cantados, se debe procurar que por ningún motivo falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo los domingos y fiestas de precepto.

Al hacer la selección de lo que de hecho se va a cantar, se dará la preferencia a las partes que tienen mayor importancia, sobre todo a aquellas que deben cantar el sacerdote o el diácono o el lector, con respuesta del pueblo, o el sacerdote y el pueblo al mismo tiempo[49].

41. El canto gregoriano, en igualdad de circunstancias, obtenga el lugar principal en cuanto propio de la Liturgia romana. Otros géneros de música sagrada, sobre todo la polifonía, de ningún modo se excluyen, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles[50].

Y, ya que es cada día más frecuente el encuentro de fieles de diversas nacionalidades, conviene que esos mismos fieles sepan cantar todos a una en latín algunas de las partes del Ordinario de la Misa, sobre todo el símbolo de la fe y la Oración dominical en sus melodías más fáciles[51].

Gestos y posturas corporales

42. Los gestos y posturas corporales tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben contribuir a que toda la celebración se caracterice por el decoro y la noble sencillez, se perciba el significado verdadero y pleno de sus partes y se fomente la participación de todos[52]. Para conseguirlo será necesario atenerse a las normas definidas por esta Institución general y a la praxis tra- dicional del Rito romano, es decir, a las normas que contribuyen al bien espiritual común del pueblo de Dios más que a los gustos personales o al arbitrio.

La postura corporal común, que han de observar todos los que toman parte en la celebración, es un signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregada para celebrar la sagrada Liturgia, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la intención y los sentimientos de       los participantes.

43. Los fieles estén de pie desde el principio del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta la conclusión de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante la profesión de fe y la oración universal; y desde la invitación Oren, hermanos que precede a la oración sobre las ofrendas, hasta el fin de la Misa, excepto en los momentos que a continuación se enumeran.

En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial que preceden al Evangelio; durante la homilía, y mientras se hace la preparación de los dones en el ofertorio; también, según la oportunidad, estarán sentados o de rodillas a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la Comunión.

En las diócesis de los Estados Unidos de América, los fieles deben permanecer de rodillas des- pués del canto o recitación del Santo hasta después del Amén de la Plegaria eucarística, a no ser que lo impidan la enfermedad, la estrechez del lugar o el gran número de los presentes u otras causas razonables. Los que no pueden arrodillarse para la consagración deben hacer una inclinación pro- funda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración. Los fieles se arrodillan después del Cordero de Dios a no ser que el Obispo diocesano determine otra postura.[53]

Para conseguir la uniformidad en los gestos y posturas corporales dentro de una misma ce- lebración, obedezcan los fieles a las moniciones que pronuncian el diácono o el ministro laico o el sacerdote durante la celebración, según lo establecido en el Misal.

44. Entre los gestos hay que enumerar también acciones y procesiones tales como: cuando el sacer- dote con el diácono y los ministros se acercan al altar; el diácono, antes de la proclamación del Evange- lio, lleva consigo al ambón el Evangeliario o Libro de los Evangelios; los fieles llevan al altar los dones, y se acercan a la Comunión. Conviene que estas acciones y procesiones se realicen en forma decorosa, mientras se cantan los textos correspondientes, según las normas establecidas en cada caso.

El silencio

45. También, como parte de la celebración, ha de guardarse, a su tiempo, el silencio sagrado[54]. La naturaleza de este silencio depende del momento en que se observa durante la Misa. Así, en el acto penitencial y después de la invitación a orar, los presentes se recogen en su interior; al terminar la lectura o la homilía, reflexionan brevemente sobre lo que han oído; después de la Comunión alaban a Dios en su corazón y oran.

Ya antes de la celebración misma, es muy laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos, a fin de que todos puedan disponerse para celebrar devota y debidamente las acciones sagradas.

 

A) Ritos iniciales

III. DIVERSAS PARTES DE LA MISA

46. Los ritos que preceden a la liturgia de la Palabra, es decir, el canto de entrada, el saludo, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria y la oración colecta, tienen el carácter de exordio, introducción y preparación.

La finalidad de estos ritos es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad, y se dispongan a oír como conviene la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.

En algunas celebraciones que, según la norma de los libros litúrgicos, se unen con la Misa, los ritos iniciales se omiten o se realizan de manera peculiar.

Canto de entrada

47. Reunido el pueblo, mientras entra el sacerdote con el diácono y los ministros, se da comienzo al canto de entrada. La finalidad de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, introducirlos en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.

48. Se canta alternativamente por el coro y el pueblo, o de manera semejante, por el cantor y el pueblo, o todo por el pueblo, o solamente por el coro. En las diócesis de los Estados Unidos de Amé- rica hay cuatro opciones para el canto de entrada: (1) la antífona del Misal o la antífona con su salmo del Gradual Romano según la notación musical adjunta o en otro arreglo musical; (2) la antífona y el salmo del tiempo litúrgico del Gradual Simple; (3) un canto de otra colección de salmos y antífonas aprobada por la Conferencia de Obispos o por el Obispo diocesano, incluso salmos musicalizados en forma responsorial o métrica; (4) otro canto litúrgico apropiado a la acción sagrada, al día, o al tiempo del año, aprobado de la misma manera por la Conferencia de Obispos o por el Obispo diocesano.[55]

Si no se canta a la entrada, la antífona propuesta en el Misal se recitará por todos los fieles o por algunos de ellos o por un lector o también por el mismo sacerdote, el cual también puede adaptarla  a manera de una monición inicial (cfr. n. 31).

Saludo al altar y al pueblo congregado

49. El sacerdote, el diácono y los ministros, cuando llegan al presbiterio, saludan al altar con una inclinación profunda.

Para manifestar la veneración, el sacerdote y el diácono besan el altar. El sacerdote, si lo cree oportuno, podrá también incensar la cruz y el altar.

50. Terminado el canto de entrada, el sacerdote, de pie junto a la sede, y toda la asamblea, hacen la señal de la cruz. A continuación el sacerdote, por medio del saludo, manifiesta a la asamblea reunida la presencia del Señor. Con este saludo y con la respuesta del pueblo queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada.

Terminado el saludo, el sacerdote o el diácono o un ministro laico puede introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras.

Acto penitencial

51. Después el sacerdote invita al acto penitencial, que, tras un breve momento de silencio, realiza toda la comunidad con la fórmula de la confesión general y se termina con la absolución del sacerdote, la cual, sin embargo, carece de la eficacia propia del sacramento de la Penitencia.

El domingo, sobre todo en el Tiempo Pascual, en lugar del acto penitencial acostumbrado, puede hacerse la bendición y la aspersión del agua en memoria del Bautismo[56].

Señor, ten piedad

52. Después del acto penitencial se dice siempre el Señor, ten piedad, a no ser que éste haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y el coro o un cantor.

Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, pero también cabe un mayor número de veces, según el modo de ser de cada lengua o las exigencias del arte musical o de las circunstancias. Cuando se canta el Señor, ten piedad como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone un “tropo”.

Gloria

53. El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus súplicas. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Es iniciado por el sacerdote o, según el caso, por un cantor o por el coro, y lo can- tan o todos juntos, o el pueblo alternando con el coro o únicamente el coro. Si no se canta lo han de recitar todos, o juntos o a dos coros alternativamente.

El Gloria se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y Cuaresma, en las solemnidades y fiestas y en algunas celebraciones de particular solemnidad.

Oración colecta

54. A continuación el sacerdote invita al pueblo a orar, y todos, a una con el sacerdote, permanecen un momento en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular inte- riormente sus súplicas. Entonces el sacerdote dice la oración que se suele denominar “colecta” con la que se expresa la índole de la celebració n. Según la antigua tradición de la Iglesia, la súplica se dirige regularmente a Dios Padre por Cristo en el Espíritu Santo[57] y termina con una conclusión trinitaria de la manera siguiente:

– si se dirige al Padre: Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos;

– si se dirige al Padre, pero al fin de esa oración se menciona al Hijo: Él, que vive y reina contigo  en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos;

– si se dirige al Hijo: Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.

El pueblo, uniéndose a esta súplica, hace suya la oración pronunciando la aclamación Amén. En la Misa siempre se dice una sola oración colecta.

B) Liturgia de la Palabra

55. Las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan, constituyen la parte principal de la Liturgia de la Palabra; la homilía, la profesión de fe y la oración universal u ora- ción de los fieles, la desarrollan y concluyen. Pues en las lecturas, que luego explica la homilía, Dios habla a su pueblo[58], le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece el alimento espiri- tual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles[59]. Esta Palabra divina la hace suya el pueblo con el silencio y los cantos y muestra su adhesión a ella con la profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal, hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo.

Silencio

56. La Liturgia de la Palabra debe ser celebrada de tal manera que favorezca la meditación, por eso se debe evitar absolutamente toda forma de apresuramiento que impida el recogimiento. En ella son convenientes también unos breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea reunida, en los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se perciba con el corazón la Palabra de Dios y se prepare la respuesta por medio de la oración. Estos momentos de silencio se pueden observar oportunamente, por ejemplo, antes de que se inicie la misma Liturgia de la Palabra, después de la primera y la segunda lectura, y terminada la homilía[60].

Lecturas bíblicas

57. En las lecturas se dispone la mesa de la Palabra de Dios a los fieles y se les abren los tesoros bíblicos[61]. Se debe, por lo tanto, respetar la disposición de las lecturas bíblicas, la cual pone de relieve la unidad de ambos Testamentos y de la Historia de la Salvación. No está permitido cambiar las lecturas y el salmo responsorial, que contienen la Palabra de Dios, por otros textos no bíblicos[62].

58. En la Misa celebrada con el pueblo las lecturas se proclaman siempre desde el ambón.

59. El proclamar las lecturas, según la tradición, no es un oficio presidencial, sino ministerial. Por consiguiente, las lecturas son proclamadas por un lector; el Evangelio, en cambio, viene anunciado por el diácono, o en su ausencia, por otro sacerdote. Cuando falte el diácono u otro sacerdote, el mismo sacerdote celebrante proclamará el Evangelio; y en ausencia de lectores idóneos, el sacerdote celebrante proclamará también las demás lecturas.

Después de cada lectura, el que lee pronuncia la aclamación. Con su respuesta, el pueblo con- gregado rinde homenaje a la Palabra de Dios acogida con fe y gratitud.

60. La proclamación del Evangelio constituye el culmen de la Liturgia de la Palabra. Que se haya de tributar suma veneración a la lectura del Evangelio lo enseña la misma Liturgia cuando la distingue por encima de las otras lecturas con especiales muestras de honor, sea por parte del ministro encar- gado de anunciarlo y por la bendición y oración con que se dispone a hacerlo, sea por parte de los fieles, que con sus aclamaciones reconocen y proclaman la presencia de Cristo que les habla y escu- chan la lectura puestos de pie; sea, finalmente, por las mismas muestras de veneración que se tributan al Evangeliario.

Salmo responsorial

61. Después de la primera lectura sigue el salmo responsorial, que es parte integrante de la Liturgia de la Palabra y tiene gran importancia litúrgica y pastoral, en cuanto que fomenta la meditación de la Palabra de Dios.

El salmo responsorial debe responder a cada una de las lecturas y por lo general se toma del Leccionario.

Es preferible que el salmo responsorial se cante, por lo menos en lo que se refiere a la respuesta del pueblo. Por consiguiente, el salmista o cantor del salmo, desde el ambón o desde otro sitio opor- tuno, proclama los versos del salmo, mientras toda la asamblea escucha sentada, o mejor, participa con su respuesta, a no ser que el salmo se pronuncie todo él seguido, es decir, sin el versículo de respuesta. Para que el pueblo pueda más fácilmente intervenir en la respuesta salmódica, han sido seleccionados algunos textos de responsorios y salmos, según los diversos tiempos del año o las diversas categorías de santos. Estos textos podrán emplearse en vez del texto correspondiente a la lectura todas las veces que el salmo se canta. Si el salmo no puede ser cantado, debe ser recitado de la manera que más favorezca la meditación de la Palabra de Dios.

En las diócesis de los Estados Unidos de América, en lugar del salmo asignado por el Leccionario, se puede cantar también o el responsorio gradual del Gradual Romano o el salmo responsorial o el aleluyático del Gradual Simple, según la descripción que se hace en estos mismos libros, o una antí- fona y salmo de otra colección de salmos y antífonas aprobada por la Conferencia de Obispos o por el Obispo diocesano, incluso salmos musicalizados en forma responsorial o métrica. No se pueden usar cantos o himnos en lugar del salmo responsorial.

La aclamación que precede la lectura del Evangelio

62. Después de la lectura que precede inmediatamente al Evangelio, se canta el Aleluya u otro canto establecido por las rúbricas, según las exigencias del tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye por sí misma un rito o acto en el cual la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor que les va a hablar en el Evangelio, y profesa su fe con el canto. Es cantado por todos los presentes, de pie. Lo comienza el cantor o el coro y, si es el caso, se repite. En cambio el verso lo canta el coro o el cantor.

a) El Aleluya se canta en todos los tiempos fuera de la Cuaresma. Los versos se toman del Leccionario o del Gradual.

b) En el Tiempo de Cuaresma, en lugar del Aleluya, se canta el verso que aparece en el Leccionario antes del Evangelio. Se puede cantar también otro salmo o tracto, que se encuentran en el Gradual.

63. Cuando se tiene una sola lectura antes del Evangelio:

a) En el tiempo en que se dice Aleluya se puede utilizar o el salmo aleluyático o el salmo y el
Aleluya con su propio verso.

b) En el tiempo en que no se ha de decir Aleluya, se puede utilizar o el salmo y el verso que precede al Evangelio o el salmo solo.

c) El Aleluya o el verso que precede al Evangelio, si no se canta, puede omitirse.

64. La “Secuencia” que, fuera de los días de Pascua y Pentecostés, es opcional, se canta antes del
Aleluya.

Homilía

65. La homilía es parte de la Liturgia, y muy recomendada[63], pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación, o de algún aspecto particular de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la Misa del día, teniendo siempre presente, ya sea el misterio que se celebra, ya las particulares necesidades de los oyentes[64].

66. La homilía la pronuncia ordinariamente el sacerdote celebrante o será encomendada por él a un sacerdote concelebrante, o a veces, si es oportuno, también al diácono, pero nunca a un laico[65]. En casos particulares y por una causa justa la homilía puede ser pronunciada incluso por el Obispo o un presbítero presente en la celebración pero que no concelebra.

Los domingos y fiestas de precepto se debe tener homilía, y no se puede omitir sin causa grave, en todas las Misas que se celebran con asistencia del pueblo; los demás días se recomienda sobre todo en los días feriales de Adviento, Cuaresma y Tiempo Pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que suelen acudir a la iglesia numerosos fieles[66].

Después de la homilía se guardará oportunamente un breve momento de silencio.

Profesión de fe

67. El Símbolo o Profesión de fe tiende a que todo el pueblo congregado responda a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas de la Sagrada Escritura y explicada en la homilía y, para que pronunciando la regla de la fe con una fórmula aprobada para el uso litúrgico, traiga a su memoria y confiese los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía.

68. El Símbolo debe ser cantado o recitado por el sacerdote con el pueblo en los domingos y solemni- dades; se puede también decir en celebraciones de peculiar importancia y solemnidad.

Si se canta, el canto del Símbolo viene iniciado por el sacerdote o, si es oportuno, por el cantor o por el coro, y proseguido por todos juntos, o por el pueblo y el coro alternativamente.

Si no se canta, se debe recitar por todos juntos o a dos coros alternativamente.

Oración universal

69. En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo responde de alguna manera a la Palabra de Dios recibida con fe y, ejerciendo su sacerdocio bautismal, ofrece a Dios sus peticiones por la salva- ción de todos. Conviene que esta oración se haga normalmente en las Misas a las que asiste el pueblo, de modo que se eleven súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo[67].

70. El orden de estas intenciones será generalmente:

a) por las necesidades de la Iglesia,
b) por los que gobiernan las naciones y por la salvación del mundo entero,
c) por los que padecen por cualquier dificultad,
d) por la comunidad local.

Sin embargo, en alguna celebración particular, como en la Confirmación, el Matrimonio o las Exequias, el orden de las intenciones puede amoldarse mejor a la ocasión.

71. Corresponde al sacerdote celebrante dirigir esta oración desde la sede. Él mismo la introduce con una breve monición en la que invita a los fieles a orar y la concluye con una oración. Las intencio- nes que se proponen deben ser sobrias, redactadas con pocas palabras y con sabia libertad, y deben expresar la plegaria de la comunidad entera.

Las pronuncia un diácono o un cantor o un lector o un fiel laico desde el ambón o desde otro lugar conveniente[68].

El pueblo, estando de pie, expresa su súplica o con una invocación común, que se pronuncia después de cada intención, o bien orando en silencio.

C) Liturgia eucarística

72. En la Última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y banquete pascual, por el que se hace conti- nuamente presente en la Iglesia el sacrificio de la cruz, cuando el sacerdote, que representa a Cristo el Señor, lleva a cabo lo que el Señor mismo realizó y confió a sus discípulos para que lo hicieran en memoria suya[69].

Cristo tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos di- ciendo: “Tomen, coman, beban; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Hagan esto en con- memoración mía”. De ahí que la Iglesia haya ordenado toda la celebración de la liturgia eucarística según estas mismas partes que corresponden a las palabras y acciones de Cristo. Ya que:

a) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.

b) En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación, y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

c) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aun siendo muchos, reciben de un solo pan el Cuerpo y de un solo cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo.

Preparación de los dones

73. Al comienzo de la liturgia eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

En primer lugar se prepara el altar o la mesa del Señor, que es el centro de toda la liturgia eu- carística, de la siguiente manera[70]: sobre él se colocan el corporal, el purificador, el misal y el cáliz, que puede también dejarse preparado en la credencia.

Se traen a continuación las ofrendas: es de alabar que el pan y el vino lo presenten los mismos fieles. El sacerdote o el diácono los recibirá en un lugar oportuno y los llevará al altar. Aunque los fieles no traigan pan y vino suyo, como se hacía antiguamente, con este destino litúrgico, el rito de presen- tarlos conserva igualmente su sentido y significado espiritual.

También se puede aportar dinero u ofrecer otros dones para los pobres o para la Iglesia, que los fieles mismos pueden aportar o que pueden ser recolectados en la iglesia, y que se colocarán en un lugar oportuno, fuera de la mesa eucarística.

74. Acompaña a esta procesión en que se llevan los dones el canto del ofertorio (cfr. n. 37, b), que se prolonga por lo menos hasta que los dones han sido depositados sobre el altar. Las normas sobre el modo de hacer este canto son las mismas dadas para el canto de entrada (cfr. n. 48). El canto puede siempre acompañar los ritos del ofertorio, aun cuando no haya procesión de ofrendas.

75. El sacerdote coloca el pan y el vino sobre el altar recitando las fórmulas prescritas. El sacerdote puede incensar los dones colocados sobre el altar, y después la cruz y el altar mismo, para significar que la ofrenda de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso. Después el sacerdote, en virtud del ministerio sagrado, y el pueblo, en virtud de la dignidad bautismal, pueden ser incensados por el diácono u otro ministro.

76. A continuación el sacerdote se lava las manos a un lado del altar. Con este rito se expresa el deseo de purificación interior.

Oración sobre las ofrendas

77. Terminada la colocación de las ofrendas y los ritos que la acompañan se concluye la preparación de los dones, con una invitación a orar juntamente con el sacerdote, y con la oración sobre las ofrendas, y así queda todo preparado para la Plegaria eucarística.

En la Misa se debe decir sólo una oración sobre las ofrendas, la cual se concluye con la fórmula breve, es decir: Por Jesucristo, nuestro Señor; pero si al final se menciona al Hijo, entonces se termina: Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

El pueblo, al unirse a la plegaria, hace suya la oración con la aclamación Amén.

Plegaria eucarística

78. Ahora empieza el centro y el culmen de toda la celebración, a saber, la Plegaria eucarística, que es una plegaria de acción de gracias y de santificación. El sacerdote invita al pueblo a elevar el corazón hacia Dios y a darle gracias a través de la oración que él, en nombre de toda la comunidad, va a dirigir al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. El sentido de esta oración es que toda la congre- gación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio. La Plegaria eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y en silencio.

79. Los principales elementos de que consta la Plegaria eucarística pueden distinguirse de esta manera:

a) Acción de gracias (que se expresa sobre todo en el Prefacio): en la que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por toda la obra de salvación       o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes del día, de la festividad o del tiempo litúrgico.

b) Aclamación: con la que toda la asamblea, uniéndose a las potestades celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la pronuncia todo el pueblo con el sacerdote.

c) Epíclesis: con la que la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora el poder del Espíritu Santo para que los dones que han ofrecido los hombres, sean consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para salvación de quienes la reciban.

d) Narración de la institución y consagración: mediante las palabras y acciones de Cristo se lleva a cabo el sacrificio que Cristo mismo instituyó en la Última Cena, cuando bajo las especies de pan y vino ofreció su Cuerpo y su Sangre y se lo dio a los Apóstoles en forma de alimento y bebida, y les dejó el mandato de perpetuar este mismo misterio.

e) Anámnesis: con la que la Iglesia, al cumplir este encargo que, a través de los Apóstoles, recibió de Cristo Señor, realiza el memorial del mismo Cristo, recordando principalmente su bienaven- turada pasión, su gloriosa resurrección y la ascensión al cielo.

f) Oblación: con la que la Iglesia, sobre todo la reunida aquí y ahora, ofrece en este memorial al Padre en el Espíritu Santo, la víctima inmaculada. La Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos[70], y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo en todos[71].

g) Intercesiones: con ellas se da a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus miembros vivos y difuntos, miembros que han sido todos llamados a la participación de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

h) Doxología final: con ella se expresa la glorificación de Dios; se concluye y confirma con la acla- mación del pueblo: Amén.

Rito de la Comunión

80. Ya que la celebración eucarística es un convite pascual, conviene que, según el mandato del Señor, su Cuerpo y su Sangre sean recibidos por los fieles, debidamente dispuestos, como alimento espiritual. A esto tienden la fracción y los otros ritos preparatorios, que disponen inmediatamente a los fieles a la Comunión.

Oración del Señor

81. En la oración del Padrenuestro se pide el pan cotidiano, que para los cristianos evoca principal- mente el pan eucarístico, y se implora la purificación de los pecados, de modo que, verdaderamente se den a los santos las cosas santas. El sacerdote invita a orar y todos los fieles dicen, a una con el sacer- dote, la oración, y sólo el sacerdote añade el embolismo, el cual el pueblo lo concluye con la doxología. El embolismo, que desarrolla la última petición de la Oración dominical, pide para toda la comunidad de los fieles la liberación del poder del mal.

La invitación, la oración misma, el embolismo y la doxología con que el pueblo concluye esta parte, se cantan o se dicen en voz alta.

Rito de la paz

82. Sigue a continuación el rito de la paz, con el que la Iglesia implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana, y los fieles se expresan mutuamente la comunión eclesial y la caridad antes de comulgar en el Sacramento.

Por lo que toca al signo mismo de la paz, establezcan las Conferencias Episcopales el modo más conveniente, según las costumbres y el carácter de cada pueblo. Pero conviene que cada uno exprese el signo de la paz sobriamente y sólo a las personas más cercanas.

Fracción del Pan

83. El sacerdote parte el Pan eucarístico, ayudado, si es necesario, por el diácono o por un conce- lebrante. El gesto de la fracción del Pan, realizado por Cristo en la Última Cena, y que en los tiem- pos apostólicos sirvió para denominar a la íntegra acción eucarística, significa que los fieles, siendo muchos, en la Comunión de un solo Pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado por la salvación del mundo, se hacen un solo cuerpo (1 Cor 10, 17). La fracción se inicia cuando termina el intercambio del signo de la paz, y se realiza con la debida reverencia, sin prolongarla innecesariamente y sin darle una importancia exagerada. Este rito está reservado al sacerdote y al diácono.

El sacerdote parte el Pan y deja caer una parte de la hostia en el cáliz para significar la unidad del Cuerpo y la Sangre del Señor, en la obra de la salvación, es decir, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. El coro o un cantor canta la súplica Cordero de Dios, según la costumbre, con la respuesta del pueblo, o al menos se dice en voz alta. Esta invocación acompaña la fracción del Pan; por este motivo puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta la conclusión del rito. La última vez se concluirá con las palabras: danos la paz.

Comunión

84. El sacerdote se prepara con una oración en secreto, para recibir con fruto el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Los fieles hacen lo mismo, orando en silencio.

Luego el sacerdote muestra a los fieles el Pan eucarístico sobre la patena o sobre el cáliz, y los invita al banquete de Cristo; y juntamente con los fieles, hace, usando las palabras evangélicas pres- critas, un acto de humildad.

85. Es muy de desear que los fieles participen, como el mismo sacerdote está obligado a hacerlo, del Cuerpo del Señor con hostias consagradas en la misma Misa y, en los casos previstos (cfr. n. 283), participen del cáliz, de modo que aparezca mejor, por los signos, que la Comunión es una participa- ción en el sacrificio que se está celebrando[73].

86. Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, empieza el canto de Comunión, el cual, por la unión de las voces, debe expresar la unión espiritual de quienes están comulgando, demostrar la ale- gría del corazón y poner de relieve el carácter comunitario de la procesión de los que van a recibir la Eucaristía. El canto se prolonga mientras se distribuye el Sacramento a los fieles[74]. En el caso de que se cante un himno después de la Comunión, el canto de Comunión conclúyase a tiempo.

Procúrese que también los cantores puedan comulgar fácilmente.

87. En las diócesis de los Estados Unidos de América hay cuatro opciones para el canto de Comu- nión: (1) la antífona del Misal o la antífona con su salmo del Gradual Romano según la notación musical adjunta o en otro arreglo musical; (2) la antífona y el salmo del tiempo litúrgico del Gradual Simple; (3) un canto de otra colección de salmos y antífonas aprobada por la Conferencia de Obispos o por el Obispo diocesano, incluyendo salmos musicalizados en forma responsorial o métrica; (4) otro canto litúrgico apropiado (cfr. n. 86) aprobado por la Conferencia de Obispos o por el Obispo dioce- sano. Lo cantan, o sólo el coro, o también el coro o un cantor, con el pueblo.

Si no hay canto, la antífona propuesta por el Misal puede ser recitada por los fieles, o por algu- nos de ellos, o por un lector, o, en último término, la recitará el mismo sacerdote después de haber comulgado y antes de distribuir la Comunión a los fieles.

88. Cuando se ha terminado de distribuir la Comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga opor- tuno, oran por un espacio de tiempo en silencio. Si se prefiere, toda la asamblea puede también cantar un salmo o algún otro canto de alabanza o un himno.

89. Para completar la súplica de los fieles y concluir todo el rito de la Comunión, el sacerdote pro- nuncia la oración después de la Comunión, en la que se ruega para que se obtengan los frutos del misterio celebrado.

En la Misa se dice sólo una oración después de la Comunión, que termina con la conclusión breve, es decir:

– si se dirige al Padre: Por Jesucristo, nuestro Señor;

– si se dirige al Padre, con la mención final del Hijo: Él, que vive y reina por los siglos de los siglos;

– si se dirige al Hijo: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

El pueblo hace suya esta oración con la aclamación Amén.

D) Rito de conclusión

El rito de conclusión consta de:

a) breves avisos, si son necesarios;

b) saludo y bendición sacerdotal, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se amplía con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne;

c) despedida del pueblo por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno vuelva a su honesta actividad, alabando y bendiciendo a Dios;

d) beso del altar por parte del sacerdote y del diácono, y después una inclinación profunda hacia el altar por parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros.

 

Footnotes

[37] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5; Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33.

[38] Cfr. Concilio Ecuménico Tridentino, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa, cap. 1: Denz.-Schönm. 1740; Cfr. Pablo VI, Sollemnis professio fidei, del 30 de junio de 1968, n. 24: AAS 60 (1968), p. 442.

[39] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 7; Pablo VI, Carta Encíclica Mysterium Fidei, del 3 de septiembre de 1965: AAS 57 (1965), p. 764; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 9: AAS 59 (1967), p. 547.

[40] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 56; Sagrada Con- gregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 3: AAS 59 (1967), p. 542.

[41] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 48, 51; Consti- tución dogmática sobre la divina Revelación, Dei Verbum, n. 21; Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 4.

[42] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 7, 33, 52.

[43] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33.

[44] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 14: AAS 59 (1967), p. 304.

[45] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 26-27; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 3 d: AAS 59 (1967), p. 542.

[46] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 30.

[47] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 16 a: AAS 59 (1967), p. 305.

[48] San Agustín de Hipona, Sermo 336, 1: PL 38, 1472.

[49] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, nn. 7, 16: AAS 59 (1967), pp. 302, 305.

[50] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 116; Cfr. también
ibid., n. 30.

[51] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 54; Sagrada Con- gregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 59: AAS 56 (1964), p. 891; Instrucción Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 47: AAS 59 (1967), p. 314.

[52] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 30, 34; Cfr. tam- bién ibid., n. 21.

[53] Cfr. ibid., n. 40; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994, n. 41: AAS 87 (1995), p. 304.

[54] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución de la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 30; Sagrada Congrega- ción de Ritos, Instrucción Musicam sacram, del 5 de marzo de 1967, n. 17; AAS 59 (1967), p. 305.

[55] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini, del 31 de mayo de 1998, n. 50: AAS 90 (1998), p. 745.

[56] Cfr. infra. Apéndice III. Rito para la bendición y aspersión de agua los domingos, pp. 1331ss.

[57] Cfr. Tertuliano, Adversus Marcionem, IV, 9: CCSL 1, p. 560; Orígenes, Disputatio cum Heracleida, nn. 4, 24: SCh 67, p. 62;
Statuta Concilii Hipponensis Breviata, 21: CCSL 149, p. 39.

[58] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 33.

[59] Cfr. ibid., n. 7.

[60] Cfr. Misal Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, segunda edición típica 1981, Praenotanda, n. 28.

[61] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 51.

[62] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Vicesimus quintus annus, del 4 de diciembre de 1998, n. 13: AAS 81 (1989), p. 910.

[63] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 52; Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 767 § 1.

[64] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 54: AAS 56 (1964), p. 890.

[65] Cfr. Código de Derecho Canónico, can. 767 § 1; Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Código del Derecho Canónico, respuesta a la duda acerca del can. 767 § 1: AAS 79 (1987), p. 1249; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, del 15 de agosto de 1997, art. 3: AAS 89 (1997), p. 864.

[66] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 53: AAS 56 (1964), p. 890.

[67] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 53.

[68] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 56: AAS 56 (1964), p. 890.

[69] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 47; Sagrada Con- gregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, nn. 3 a, b: AAS 59 (1967), pp. 540-541.

[70] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, del 26 de septiembre de 1964, n. 91: AAS 56 (1964), p. 898; Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 24: AAS 59 (1967), p. 554.

[71] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 48; Sagrada Congrega- ción de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 12: AAS 59 (1967), pp. 548-549.

[72] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 48; Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, n. 5; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, n. 12: AAS 59 (1967), pp. 548-549.

[73] Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, del 25 de mayo de 1967, nn. 31, 32: AAS 59 (1967), pp. 558-559; Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Immensae caritatis, del 29 de enero de 1973, n. 2: AAS 65 (1973), pp. 267-268.

[74] Cfr. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inaestimabile donum, del 3 de abril de 1980, n. 17: AAS 72 (1980), p. 338.



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