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Hora Santa Para Vocaciones

 

 

La siguiente Hora Santa por las Vocaciones es un modelo y se basa en el Ritual de la Santa Comunión y la Adoración de la Eucaristía fuera de la Misa, que se debe seguir en todos los aspectos.  También puede ser útil, una publicación del Comité de Liturgia de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos titulado: Thirty-One Questions on Adoration of the Blessed Sacrament (“Treinta y una preguntas sobre la Adoración del Santísimo Sacramento”), que esta disponible en inglés solamente.

PROCESIÓN

Reunida la asamblea, se entona un canto mientras el sacerdote o el diácono, revestido de capa pluvial y acompañado por unos ministros asistentes, entra al presbiterio.  Toda la asamblea se arrodilla mientras el celebrante se pone el velo humeral y camina hacia el Sagrario.  Luego, trae el Santísimo Sacramento, lo pone en la custodia y lo expone sobre el altar.

 El celebrante se arrodilla delante del altar e inciensa el Santísimo Sacramento.  Cuando se termina la canción de entrada, se hace un momento de oración en silencio.

ORACIÓN INICIAL

 Después el celebrante se va a su cede y desde allí hace la Oración Inicial, usando uno de los siguientes formularios:

Señor Jesucristo,(cf. Pastores Dabo Vobis, n. 1)
Tú prometiste siempre dar a tu Iglesia pastores.
En la fe, sabemos que tu promesa no puede fallar.
Confiando en el poder del Espíritu Santo que trabaja en la Iglesia,
nosotros elevamos nuestras plegarias por tus sagrados ministros del Pueblo Santo,
para que el sacrificio en el cual Tú diste tu Cuerpo y Sangre
pueda ser diariamente renovado en el mundo hasta que lleguemos a ese Reino
donde Tú vives con el Padre y el Espíritu Santo,
un Dios, por los siglos de los siglos.

o bien:

Mira, Señor, (Adaptado del Misal Romano,
Misa por las Vocaciones Sacerdotales)

las oraciones de tu pueblo
congregado aquí en tu presencia;
por este sacramento de amor,
haz madurar las semillas
que Tú has sembrado
en el campo de tu Iglesia;
a fin de que sean muchos los que elijan
servirte en sus hermanos y hermanas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos:Amén.

Se hace un momento de silencio.  Sigue la liturgia de la Palabra.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura

1 Samuel 3, 1-10
Habla, Señor, que tu siervo te escucha.

Lectura del primer libro de Samuel

En los tiempos en que el joven Samuel servía al Señor a las órdenes de Elí, la palabra de Dios se dejaba oír raras veces y no eran frecuentes las visiones.

Los ojos de Elí se habían debilitado y ya casi no podía ver. Una noche, cuando aún no se había apagado la lámpara del Señor, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte”. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”.

Aún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel; éste se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”

Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al joven y dijo a Samuel: “Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: ‘Habla, Señor; tu siervo te escucha’ ”. Y Samuel se fue a acostar.

De nuevo el Señor se presentó y lo llamó como antes: “Samuel, Samuel”. Éste respondió: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”.

Palabra de Dios.

Todos: Te alabamos, Señor.

Salmo ResponsorialSalmo 15

R.  Tú, Señor, eres mi herencia.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: “Tú eres mi bien”.
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano.

R.  Tú, Señor, eres mi herencia.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

R.  Tú, Señor, eres mi herencia.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

R.  Tú, Señor, eres mi herencia.

Oración en silencio.

Aclamación Antes del EvangelioCfr Jn 15, 16

 

R.  Aleluya, aleluya.

 

Yo los he elegido del mundo, dice el Señor,

para que vayan y den fruto y su fruto permanezca.

 

R.  Aleluya.

 

Evangelio

Juan 1, 35-51
Sígueme.

+ Lectura del santo Evangelio según san Juan

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa ‘maestro’). Él les dijo: “Vengan a ver”.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir ‘el Ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir ‘roca’).

Al día siguiente determinó Jesús ir a Galilea, y encontrándose a Felipe, le dijo: “Sígueme”.  Felipe era de Betsaida, la tierra de Andrés y de Pedro.

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas.  Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”.  Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?”  Felipe le contestó:“Ven y lo verás”.

 Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verda­dero israelita en el que no hay doblez”.  Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?”  Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te lla­mara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”.  Respondió Nata­nael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”.  Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera.  Mayores cosas has de ver”.  Después añadió: “Yo les asegu­ro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

 Palabra del Señor.

 Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

 Homilía

En la conclusión de la última lectura, un sacerdote o diácono dice la homilía seguido por un periodo de oración en silencio.

Plegaria Universal  

Puesto de pie, el sacerdote o diácono invita al pueblo a rezar:

Celebrante: Dios escoge aquellos a quienes Él quiere, oremos al Señor para que envíe trabajadores a sus campos:

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como Tú llamaste a Abraham para ser padre de muchas naciones, inspira a muchos jóvenes a responder a tu llamada.

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como Tú llamaste a Moisés, tendiendo las multitudes de Jetro, proporciona pastores dignos a tu pueblo en nuestro día.

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como Tú llamaste a Aarón para servirte en tu templo, llama a los hombres para que sirvan a tu Iglesia en la imagen de Cristo.

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como hablaste para despertar a Samuel con tu llamada, abre los oídos de tus elegidos.

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como cada Sumo Sacerdote fue elegido entre los hombres, así llama a los hombres para ofrecer el santo y vivo sacrificio.

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como Eliseo fue ungido por el profeta Elías, dales a los que llamas fuerza para seguirte sin voltear atrás.

Todos: Señor, confiamos en ti.

El diácono u otro ministro: Tal como llamaste a los Apóstoles para ser embajadores de Cristo, así envíanos predicadores fervientes para fortificar nuestros espíritus.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Se hace un momento de oración en silencio.

LECTURAPastores Dabo Vobis, núm. 38-39

Se puede leer un ministro.Papa Juan Pablo II

La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y exigente de Jesús, que nos pide que «roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones —mientras toma conciencia de su gran urgencia para su vida y misión— reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que pedirlo con súplica incesante y confiada. Ahora bien, esta oración, centro de toda la pastoral vocacional, debe comprometer no sólo a cada persona sino también a todas las comunidades eclesiales. Nadie duda de la importancia de cada una de las iniciativas de oración y de los momentos especiales reservados a ésta —comenzando por la Jornada Mundial anual por las Vocaciones— así como el compromiso explícito de personas y grupos particularmente sensibles al problema de las vocaciones sacerdotales. Pero hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser cada vez más una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la experiencia de los apóstoles, que en el Cenáculo, unidos con María, esperan en oración la venida del Espíritu (cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar también hoy en el Pueblo de Dios «dignos ministros del altar, testigos valientes y humildes del Evangelio».

También la liturgia, culmen y fuente de la vida de la Iglesia y, en particular, de toda oración cristiana, tiene un papel indispensable así como una incidencia privilegiada en la pastoral de las vocaciones. En efecto, la liturgia constituye una experiencia viva del don de Dios y una gran escuela de la respuesta a su llamada. Como tal, toda celebración litúrgica, y sobre todo la eucarística, nos descubre el verdadero rostro de Dios; nos pone en comunicación con el misterio de la Pascua, o sea, con la «hora» por la que Jesús vino al mundo y hacia la que se encaminó libre y voluntariamente en obediencia a la llamada del Padre (cf. Jn 13, 1); nos manifiesta el rostro de la Iglesia como pueblo de sacerdotes y comunidad bien compacta en la variedad y complementariedad de los carismas y vocaciones. El sacrificio redentor de Cristo, que la Iglesia celebra sacramentalmente, da un valor particularmente precioso al sufrimiento vivido en unión con el Señor Jesús. Los Padres sinodales nos han invitado a no olvidar nunca que «a través de la oblación de los sufrimientos, tan frecuentes en la vida de los hombres, el cristiano enfermo se ofrece a sí mismo como víctima a Dios, a imagen de Cristo, que se inmoló a sí mismo por todos nosotros (cf. Jn 17, 19)», y que «el ofrecimiento de los sufrimientos con esta intención es de gran provecho para la promoción de las vocaciones».

En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia siente como urgente e irrenunciable el deber de anunciar y testimoniar el sentido cristiano de la vocación: lo que podríamos llamar «el Evangelio de la vocación». También en este campo descubre la urgencia de las palabras del apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16). Esta exclamación resuena principalmente para nosotros pastores y se refiere, juntamente con nosotros, a todos los educadores en la Iglesia. La predicación y la catequesis deben manifestar siempre su intrínseca dimensión vocacional: la Palabra de Dios ilumina a los creyentes para valorar la vida como respuesta a la llamada de Dios y los acompaña para acoger en la fe el don de la vocación personal.

Se hace un momento de oración en silencio.  A continuación, el celebrante dice la
Letaníaa Nuestro Señor en la Eucaristía.

LETANÍA A NUESTRO SEÑOR EN LA EUCARISTÍA

Señor, ten piedad.

R.  Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

R.  Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

R.  Señor, ten piedad.

“El pan que yo daré es mi carne y lo daré para la vida del mundo.” (Jn 6, 51c)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.” (Jn 6, 55)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“Tomad y bebed todos de él, porque este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros… Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna.” (Misal Romano: Plegaria Eucarística I)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo?” (1 Cor 10, 16)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“[Heréticos] se abstienen de la Eucaristía… porque ellos no admiten que la Eucaristía sea la carne de nuestro Salvador Jesucristo, cuya carne sufrió por nuestros pecados y a quien el Padre resucitó por su bondad.” (San Ignacio de Antioquía)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“[Esta Eucaristía] ha sido bendecida por palabras instituidas por Él y de ellas, nuestra carne y sangre por asimilación son nutridas.  Nosotros estamos enseñando que ambos son la carne y la sangre de Jesús encarnado.” (San Justino Mártir)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“Lo que parece ser pan no es pan, aunque es sensible al gusto, sino el Cuerpo de Cristo; y lo que parece ser vino no es vino, aunque tenga el gusto, sino la Sangre de Cristo.” (San Cirilo de Jerusalén)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“Ustedes deben participar de la Mesa Santa mientras no tengan ninguna duda referente a la realidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.  Porque lo que se toma en la boca es lo que es creído por la fe y es en vano para ellos responder ‘Amén’ cuando no acepta lo que se recibe.” (San León Magno)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

“La vista, el tacto y el gusto cada uno es engañoso; pero la audición es solamente con seguridad creíble.” (Santo Tomás de Aquino)

R.  ¡Señor mío y Dios mío!

 

 PADRE NUESTRO

El celebrante dice o canta:

Oremos juntos como Cristo nos enseñó:

 Todos:Padre nuestro…

 BENDICIÓN DEL SANTÍSIMO

 Después del Padre Nuestro, el  celebrante se arrodilla enfrente del altar, delante del Santísimo Sacramento.  Mientras se arrodilla se entona el canto Tantum Ergo (o cualquier otro himno Eucarístico apropiado) mientras se inciensa el Santísimo Sacramento.  Cuando se termina el himno, el celebrante se pone de pie y canta o dice:

Oremos.

Después de una pausa, el celebrante prosigue diciendo:

Señor, Dios nuestro,
enséñanos a vivir en nuestros corazones
el misterio de la Pascua de tu Hijo,
por el cual, Tú redimiste al mundo.
Cuida amorosamente los regalos de gracia
que por tu amor hemos recibido
y llévalos a su culminación
en la gloria del cielo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Todos: Amén.

Una vez dicha la oración, el celebrante toma el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y, sin decir nada, traza la señal de la cruz con la custodia.

 RESERVA DEL SANTÍSIMO

Después se saca el Santísimo Sacramento de la custodia y se reserva en el sagrario.  Reservado el Santísimo, el celebrante dice las Alabanzas al Santísimo Sacramento, que a  la vez son repetidas por la asamblea.

Bendito sea Dios.
Bendito sea su santo nombre.
Bendito sea Jesucristo, Dios y verdadero hombre.
Bendito sea el nombre de Jesús.
Bendito sea su sacratísimo Corazón.
Bendita sea su preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima.
Bendita sea su santa e inmaculada concepción.
Bendita sea su gloriosa asunción.
Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castísimo esposo.
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

Dichas las Alabanzas al Santísimo Sacramento, se entona un canto o himno.  Terminado el canto o himno, el celebrante y los ministros asistentes, mirando al altar, inclinan la cabeza y se retiran.



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