Ciudadanos fieles: forjan una sociedad justa

Todo ser humano "tiene un derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida. . ." (Pacem in terris, 11).
La paz no es sólo la ausencia de la guerra. Es la presencia activa de la justicia —entre naciones, dentro de naciones y entre personas. La paz empieza en el corazón del individuo. La cultivamos con nuestras decisiones, las cuales siempre tienen consecuencias. Nuestras acciones siempre afectan a otros, porque tanto los hombres como las mujeres son criaturas sociales. Estamos vinculados unos a otros. Tenemos necesidad unos de otros. Necesitamos buscar amistad, amor y colaboración en nuestro trabajo. Y con la expansión de nuestra red de relaciones también aumentan los conflictos, a menos que percibamos que somos hijos del mismo Padre.
El Papa Juan XXIII, uno de los grandes artífices de la paz y conciliadores del pasado siglo, escribió que el bienestar común de la humanidad exige mucho a cada gobierno. La autoridad civil deberá trabajar para avanzar la dignidad de cada ciudadano asegurando que tenga asistencia médica, vivienda, alimentación, educación, oportunidades de empleo y salarios de subsistencia mínima. El Concilio del Vaticano II avanzó su enseñanza destacando que la persona humana deberá tener "acceso fácil a todo lo que es necesario para vivir una vida humana auténtica".
Sobre todo, en las palabras de Juan XXIII, la tarea de toda autoridad pública es "proteger los derechos inviolables de la persona humana", empezando con el derecho a la vida misma. La paz empieza con la justicia. Y la justicia está enraizada en la santidad de cada vida humana.
"Y creó Dios al hombre a su imagen, ...macho y hembra los creó. Dios los bendijo. ... Vio Dios que todo cuanto había hecho era muy bueno" (Gen 1:27-28,31).
La Escritura es una historia de amor. Dios creó a la humanidad por amor. Dios nos hizo para que compartiéramos su alegría y abundancia, como San Agustín escribió: nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en él. Desafortunadamente, vivimos en un tiempo cuando muchas personas se olvidan fácilmente de Dios... y al olvidarse de Dios, nos olvidamos de nuestra propia identidad y de nuestra propia dignidad. El valor de la vida humana es inapreciable porque el amor de Dios es inapreciable. Los ancianos, enfermos, niños no nacidos y criminales condenados: todos están marcados por las huellas del amor de Dios. Todos llevan su imagen. Cada vida, no importa lo confusa o quebrantada que esté, es valiosa.
Porque sólo Dios es el autor de la vida, nosotros no la "poseemos". La vida es un don. Es nuestra para cuidarla —pero no para desecharla, y nunca para privar a nadie de ella. La santidad de cada vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, es nuestra herencia común; la piedra angular de la justicia. No importa si la política económica y social de una nación parezca muy progresiva, sino se respeta el derecho a la vida en cada etapa del desarrollo humano, las estructuras de la vida en comunidad están erigidas en la arena.
"Solamente la promoción sin tregua de la verdad sobre la persona puede infundir en la democracia los valores correctos. Esto es lo que Jesús quiso decir cuando nos pidió que fuéramos la levadura de la sociedad". (Vivir el Evangelio de la Vida, 25).
No somos impotentes. Somos ciudadanos. Y en Estados Unidos, esto quiere decir que somos los artífices de un experimento de gobierno para el bien común. El carácter de nuestra nación depende de cada uno de nosotros. Los ciudadanos crean el futuro no con su silencio, sino proponiendo sus creencias vigorosamente mediante todos los medios éticos y legales a su disposición. En verdad, mientras más promovamos nuestras convicciones en la plaza pública, más serviremos a la comunidad edificando un diálogo sobre la verdad. Y la verdad, como el Papa Juan Pablo II ha escrito, es la estructura interior de la libertad.
Si deseamos permanecer como un pueblo libre, debemos dedicarnos nuevamente a la santidad de cada vida humana, y a exigir las mismas normas a nuestros representantes elegidos. ¿Luchan nuestros funcionarios elegidos por proteger la familia, ayudar a los pobres, dar bienvenida a los inmigrantes, mejorar la educación pública, empleos, vivienda y salud?
Más urgente y fundamental: ¿Luchan nuestros funcionarios elegidos para proteger el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural?
Cada vida humana es una señal del amor de Dios, un indicio de su gloria. Si escogemos la vida, estamos escogiendo el amor de Dios, la paz de Dios y la justicia de Dios.
Las decisiones que hacemos crean el futuro: "Escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia" (Dt 30:19).