Enseñen Bien a Sus Hijos
por Carl A. Anderson
Cuando reflexionamos en la pregunta: "¿Cómo pueden los padres inculcar los valores morales católicos en sus hijos en medio de una cultural popular que promueve la violencia y el sexo informal?" podemos sentirnos tentados a desesperarnos. Vivimos en una cultura popular que tienta a los jóvenes tildando a la conducta moral de puritana; a la conducta sexual sin restricción como normativa; y a la violencia como fantasía. Es precisamente este aturdimiento de la conciencia moral lo que es el requisito de la creciente cultura de la muerte en nuestra sociedad.
Desafortunadamente, el resto de este artículo podría fácilmente dedicarse a ejemplos del abismo en que nuestra cultura ha caído en los medios de comunicación impresos y electrónicos, en la industria de la música y la diversión, y en el espacio cibernético. Sólo unos pocos ejemplos serán suficientes: las normas en creciente deterioro de las comedias de tv y de los programas de entrevistas; las letras explícitas de la música heavy metal y rap; las presentaciones también muy explícitas de los vídeos musicales y películas; y una vez más, el internet.
El antiguo adagio era: "Son las diez de la noche. ¿Sabe dónde están sus hijos?" Hoy, nuestros hijos podrían estar en sus cuartos, a salvo físicamente hablando, pero potencialmente vulnerables cuando navegan por las páginas digitales pornográficas, "conversando" con extraños sobre sus secretos más íntimos, o, más comúnmente, simplemente desarrollando una adicción ligera a los juegos de vídeos que embotan la mente y que potencialmente son tan destructivos como cualquier variedad de drogas de la calle.
En verdad, podríamos decir que estas amenazas morales a nuestros hijos son tan numerosas que la respuesta de un padre o madre podría parecer ineficaz. Pero, es precisamente en esos momentos que el cristiano acude a la fuerza que viene de la fe. La seguridad del padre o madre cristiano en esa situación es inseparable de la gracia que proviene del Sacramento del Matrimonio para apoyar uno de los fines principales de dicho sacramento: engendrar y educar a los hijos. Aunque a veces nos parezca "natural" sentirse sobrecogido por la multitud de amenazas morales que actualmente rodean a nuestros hijos, perder la esperanza indicaría una pérdida de fe –que de alguna manera, en nuestra era, la gracia de Dios no es suficiente para sostenernos en esta crisis cultural.
Para responder de manera adecuada, antes debemos hacer una pregunta más fundamental, es decir ¿cuáles son las implicaciones de educar a niños cristianos en primer lugar? El Papa Juan Pablo II nos recuerda esto en su Carta a las Familias: "la educación puede ser considerada un verdadero apostolado" (no. 16). Esto es cierto, observa el Santo Padre, porque cada persona "está llamada a vivir en verdad y amor" y está claro que la familia es la primera sociedad en que estas palabras se viven de manera personal. Criar a los hijos es un proceso profundamente educacional en el que los padres son los educadores primarios de sus hijos.
Pero, la función de los padres como educadores nunca puede reducirse a un ejercicio académico solamente. Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos en cómo se ha de vivir. Y si esa forma de vida es un llamado "a vivir en la verdad y en el amor", entonces la función primaria de los padres es la de educadores morales. La Iglesia siempre ha entendido que esto es fundamental al matrimonio. Esta es la razón por la cual se le pregunta a la pareja durante el Rito del Matrimonio: "¿Estáis dispuestos a recibir de Dios, responsable y amorosamente, los hijos, y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?"
Uno de los asaltos más perniciosos a la conciencias de nuestros hijos es la actitud de la cultura secular de hoy que considera la fe cristiana simplemente como un código moral obsoleto. Desde ese punto de vista, la doctrina moral de la Iglesia se reduce a un tipo de moralismo que pudo haber tenido relevancia en otro tiempo de la historia pero ya no. Pero el cristianismo no puede reducirse a una serie de normas éticas que la gente tiene la libertad de aceptar o rechazar dependiendo de su preferencia personal. Como el Papa Juan Pablo II nos cuenta en su encíclica El Esplendor de la Verdad que en la moralidad cristiana "no se trata ... solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre." (no. 19). La moralidad cristiana no es abstracta; es esencialmente concreta y personal. Es algo que deberá ser transmitido de padres a hijos de manera muy personal. El Santo Padre, repetidas veces se refiere a la familia como "santuario de vida". Por tanto, la familia cristiana responde a las amenazas que sus hijos reciben de la cultura secular tratando de convertirse en una subcultura en la que los valores cristianos se viven y transmiten a la próxima generación. Como "santuario de vida", la familia cristiana está llamada a ser la primera y primordial "cultura de la vida".
La familia cristiana comunica de manera concreta sus normas morales de vida que constituyen el seguimiento de Jesús. Mediante le fe, la familia cristiana se convierte en una comunión especial de personas en una jornada que es tanto moral como personal. El primer paso para proteger los hijos de las crecientes tendencias contra la vida que hay en la sociedad, es promover en el hogar la espiritualidad cristiana que se presenta realmente al niño como una manera de vida.
Central a esta forma de vida es la noción de que hay normas que gobiernan nuestra conducta y que no dependen para su validez de nuestra disposición. En otras palabras, hay una ley moral objetiva que sirve para evaluar si nuestras acciones son buenas o malas. No es nada bueno, me parece, volver atrás al pasado reciente para ver si las escuelas u otras instituciones sociales podrían haber errado al no ayudar a nuestros hijos a desarrollar su conciencia, al menos según la ley natural –la ley que el Creador puso en el corazón de cada ser humano. Ahora es necesario que los padres trasmitan a sus hijos la lección de que hay una ley moral que corresponde a su dignidad como persona y que ellos pueden usar esta ley para medir su conducta y la conducta de otros.
Con ese trasfondo, es posible analizar más exactamente los pasos específicos que los padres pueden tomar para supervisar el riesgo que sus hijos corren ante diversos peligros morales y protegerlos de ser influenciados por ellos.
Un estudio reciente de católicos jóvenes conducido por Richard Featherstone de la Universidad de Purdue ofrece importantes conceptos sobre la relación entre la tendencia de los católicos jóvenes a aceptar la enseñanza moral de la Iglesia y las actividades de los padres dentro del hogar. él encontró tres características importantes entre los católicos jóvenes que aceptan la enseñanza de la Iglesia sobre la ética sexual.
El primer hallazgo tiene que ver con asistencia a la iglesia. Los católicos jóvenes que van a la Iglesia con sus madres semanalmente tienden más comúnmente a seguir la enseñanza de la Iglesia sobre asuntos sexuales y procreativos. La actividad religiosa de la madre es un factor muy importante en el desarrollo moral de los católicos jóvenes.
Segundo, el estudio encontró que era muy importante para los católicos jóvenes que sus ideas sobre la sexualidad moral sean reforzada por sus propios compañeros. Como es fácil imaginarse, las amistades íntimas juegan un importante papel en el desarrollo de las creencias religiosas y los valores morales de la persona. Los católicos jóvenes no son nada diferentes en este aspecto.
Finalmente, el estudio encontró que los católicos jóvenes con un profundo sentido de su identidad católica tienden a seguir la enseñanza de la Iglesia más de cerca. Estos católicos jóvenes comprenden que ser un "buen católico" significa vivir una vida consistente con la enseñanza de la Iglesia.
Para muchos, estos hallazgos podrían parecer muy obvios. Sin embargo, nos indican una "estrategia" eficaz para el desarrollo moral de los niños. Sugieren un estilo de vida que ha sido la marca tradicional de la vida de la familia católica. Parte fundamental es el culto como familia –asistencia a la Misa es una dimensión importante y frecuente de la vida en familia y el papel de la madre es muy importante, especialmente en enseñar a sus hijos a rezar. También importante es el ambiente social fuera del hogar en el que se le brinda al niño la oportunidad de relacionarse a niños de familias similares –históricamente esto se ha logrado en escuelas católicas o CYO, Columbian Squires o programas católicos de niños escuchas. Finalmente, un ambiente hogareño en el que un fuerte sentido de la identidad católica está presente –tradicionalmente, organizaciones tales como los Caballeros de Colón, Sociedad del Santo Nombre y la Legión de María han ayudado en la formación de ese fuerte sentido de la identidad católica. El hogar en sí deberá tener un carácter religioso –deberá haber crucifijos en el hogar y especialmente en las habitaciones de los niños, como también arte que presenta a sus santos patronos, a la Santísima Virgen María y la Sagrada Familia.
Podríamos notar aquí los resultados de otro estudio importante. En 1981 el Centro de Investigación sobre Opinión Nacional emitió los resultados sobre un estudio científico de las actitudes de los jóvenes católicos en Estados Unidos y Canadá, comisionado por los Caballeros de Colón. Una de sus conclusiones más importantes fue con referencia a las escuelas católicas. Se encontró que éstas afectan de manera significativa lo que los jóvenes leen, creen, practican y valoran en su vida. También encontró que la participación en una escuela católica da a la persona el sentido de cercanía a la Iglesia.
Desafortunadamente, algunos han expresado que los padres no tienen el derecho de "imponer" a sus hijos sus propios valores morales. Es su opinión que la familia no es nada más que una sociedad casual de individuos con sus propios derechos, que a veces, necesariamente están en conflicto. El ejemplo más obvio es la ley federal que permite que si un juez determina que es mejor para los intereses de una niña, ella puede recibir permiso para un aborto aunque los padres se opongan. Tales ideas minan la familia como una institución que merece respeto.
Es bueno recordar que el Papa Juan Pablo II constituyó la "Carta de los Derechos de la Familia" como parte integral de su exhortación apostólica, Familiaris consortio. Estos estatutos sirven como enfoque internacional sobre el estatuto independiente de la familia y enumeró entre los derechos de la familia estos principios fundamentales:
- El derecho a existir y a progresar como familia;
- El derecho a ejercer su deber en la trasmisión de la vida y la crianza de los hijos;
- El derecho a la estabilidad del lazo y de la institución del matrimonio;
- El derecho a creer y a profesar la fe personal y a propagarla;
- El derecho a educar a los hijos según las tradiciones y los valores religiosos y culturales de la familia, usando los medios, instrumentos en instituciones necesarios;
- El derecho de proteger a los menores, mediante instituciones y legislación adecuadas, de drogas nocivas, pornografía y alcoholismo.
Todos estos derechos tienen vínculos con este tópico y pueden servir como puntos de reflexión para grupos de estudio con padres y como parte de este programa Respetemos la Vida.
Una lección sobre las drogas, por ejemplo, se ilustra bien en una escena que nos deja pensando, de la película "Traffic". El nuevo zar de la drogas nombrado por la Casa Blanca pregunta a su personal por ideas sobre qué se puede hacer para luchar contra el abuso de las drogas. Nadie ofrece ninguna idea. Y luego, nos enteramos de que la propia hija del zar, en escuela secundaria, es una adicta, a causa de una de sus compañeras de escuela. ¿Cuál es, entonces, la lección de la película? Ninguna familia es inmune; ningún niño está libre de la tentación de hacer lo que "los amigos" hacen. Aquí también el mensaje de la cultura popular es uno que constantemente trata de oscurecer el sentido moral del niño. Otros ejemplos convincentes del mensaje de una moral nihilista de la cultura se puede ver en las películas recientes,
The Cider House Rules con su perspectiva relativista de la moralidad del aborto y en
The Beach con su aceptación de la eutanasia y la presentación del héroe del film quien asegura que su vocación en la vida es buscar placer. En estas películas el protagonista principal crea su propio universo moral.
Los padres deberán exponer esas falacias y estar dispuestos a enseñar a sus hijos lo que es correcto y lo que es incorrecto aún cuando la tentación sea fuerte de permitir (casi) cualquier actividad para evitar enfrentamientos. De otra manera, sin querer "alienar" a sus hijos, los miembros de la familia terminan, frecuentemente como "extraños que se cruzan en la calle".
Esto no es lo que la Iglesia tiene en mente para la familia. En realidad
Familiaris consortio (no. 36), dice: "La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios". Y más tarde: "Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. ... La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan."
Hasta la educación sexual, y tal vez especialmente ella, es un "derecho y deber fundamental de los padres" (no. 37). Debe "realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos".
Los padres deberán tambien ser parte de la educación religiosa de sus hijos, ya sea en la escuela parroquial o en un programa de catequesis. La escuela o el programa deberán están comprometidos a enseñar la fe a los niños según su entendimiento; a los pre-adolescentes en su desarrollo "en sabiduría y gracia"; y los jóvenes adultos, quienes si su entendimiento de la religión ha crecido con su cuerpo y su mente, deberán estar listos para ellos enseñar cuando llegue el momento. Enseñar según la habilidad de los alumnos deberá ser la norma. Y debemos luchar contra la idea de que nuestros hijos –y tal vez algunos padres– que una vez que un niño ha sido confirmado no hay más necesidad de instrucción y puede decidir solo si quiere practicar su religión.
Estamos en medio de una guerra cultural que se define como el conflicto entre la Cultura de la Muerte y la Cultura de la Vida. Como mencioné en una declaración emitida para el aniversario de Roe v. Wade: "una Providencia justa gobierna el curso de la historia. En última instancia nuestra nación será receptiva a una renovada Cultura de la Vida. Por tanto..., tenemos esperanza. Reafirmamos nuestra resolución que nuestra nación algún día será "un pueblo de vida y un pueblo por la vida'. ... La Cultura de la Vida florecerá del compromiso de la sociedad para respetar los derechos inviolables a la vida y la dignidad de cada ser humano inocente en cada momento de su existencia".
Y por tanto, con el Papa Juan Pablo II, en Familiaris consortio (no. 86) decimos:
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia! ...Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado.
Carl Anderson es Caballero Supremo, Caballeros de Colón, y profesor y vicepresidente del Instituto Pontificio Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, Washington, D.C
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