¡La vida es un milagro!

Esperamos pagar más por algo que durará largo tiempo. Valoramos artículos raros o únicos, y obras de gran belleza son muy caras.
Pero nuestra sociedad parece dar muy poco valor a lo que realmente no tiene precio –la vida humana. Si comparamos los seres humanos a las cosas que valoramos, no importa cómo la evaluemos, la vida siempre gana.
Durabilidad. Los seres humanos son para siempre. Todo lo que hay en la tierra pasará, hasta la misma Tierra dejará de existir. Pero Dios nos ofrece a cada uno vida eterna.
Singularidad. Cada ser humano es único, irrepetible e irremplazable. Hasta los gemelos idénticos tienen huellas digitales y expresiones faciales, y personalidades diferentes. En la historia de la humanidad nunca habrá ni hubo nadie como tú.
Belleza. ¿Hay algo más bello, algo que te gustaría ver una dozena de veces al día, más que el rostro de un ser querido?
Desde el momento de la concepción, empieza el desarrollo de la asombrosa complejidad de una vida humana. Los padres proporcionan 46 cromosomas, pero Dios proporciona el alma humana para crear a la persona que él conocía y amaba desde toda la eternidad. Hasta antes del nacimiento, la vida humana es milagrosa: la diferenciación de las células, el desarrollo de los órganos con funciones altamente especializadas, la maduración del cerebro, la memoria y los cinco sentidos. Cada ser humano comparte el mismo origen, naturaleza y destino, pero nuestras facciones, características, habilidades e intereses, gustos y hábitos son extraordinariamente diversos.
Lo que es más milagroso sobre la vida humana es que existimos: "Dios creó el universo para poder convertirse en un ser humano y derramar su amor en nosotros e invitarnos a que le correspondamos con nuestro amor" (Cardenal Joseph Ratzinger).
Dios creó a cada ser humano a su imagen. Tú, yo, embriones de una célula en platos de laboratorio, niños no nacidos y sus pobres padres que viven en las villas miserias de naciones menos desarrolladas. Gente que lucha con discapacidades, pacientes moribundos o en estado de coma. Asesinos culpables en el pabellón de la muerte. Cada uno posee la misma dignidad intrínseca dada por Dios a cada ser humano.
La vida es un don a nuestro cuidado – pero no para descartarlo, y nunca para quitárselo a nadie. Dios llama a cada uno para proteger nuestra propia vida, y también la vida de los que necesitan ayuda, atención, oraciones. Ciertamente no podemos hacer nada menos que escuchar su llamado.
Como individuos y como comunidad podemos cambiar la faz de nuestro mundo para que sea un reflejo del valor y de la dignidad de cada vida humana. Podemos ayudar a una persona esta semana y (la próxima). Podemos expandir y publicar programas de servicio y atención – para las mujeres embarazadas que pueden pensar que su única "opción" es el aborto, y para los que sufren debido a un aborto pasado. Podemos aumentar la eficacia de los programas para los ancianos o los moribundos, y ampliar la educación y la ayuda a los pobres y recién llegados a nuestra nación.
Pero, sin importar el número de servicios de ayuda que ofrezcamos, o las normas económicas y sociales que adoptemos en pro de la familia, a menos que se respete el derecho fundamental que cada ser humano tiene vida desde la concepción hasta la muerte natural, la estructura de la vida en comunidad no descansará en una base sólida. Será como una casa construida sobre arena movediza.
Las leyes que permiten o promueven el aborto, el infanticidio, la clonación, investigaciones destructivas con embriones o el suicidio asistido por médicos ignoran la santidad de cada vida humana y menoscaban los fundamentos de una sociedad justa y sana. Como ciudadanos de un pueblo de fe, cada uno deberá activamente avanzar nuestras convicciones en el ámbito público en toda forma legítima y éticamente posible. Debemos dedicarnos nuevamente a defender la santidad de la vida humana y exigir que las autoridades que elegimos nos representen según ese estándar.
Con nuestro ejemplo cristiano y promoción de las políticas que respeten la persona, podemos crear una cultura que afirma el milagro y la gloria de cada vida humana.