"Para sanar a los corazones heridos...consolar a los que lloran"

Para muchos, el año 2000 significa Y2K, y eso significa problemas. Pero para los católicos, el 2000 significa algo mucho mayor y ciertamente algo mucho más esperanzador que las anticipadas dificultades para las computadoras.
El papa Juan Pablo II ha llamado el año 2000 el Gran Jubileo, un "año de los favores de Yavé", cuando Dios derramará sus gracias en abundancia. Juan Pablo explica que "El gozo de un jubileo es siempre de un modo particular el gozo por la remisión de las culpas, la alegría de la conversión"1. Isaías nos dice que Dios no sólo perdona, sino que también nos promete sanar a los corazones heridos ... consolar a los que lloran ... y darles a todos ... cantos de felicidad, en vez de pesimismo". (Is 61:1-3)
Al repasar el siglo veinte –y hasta el último año también– hay mucho que nos puede dar pesimismo: genocidios basados en diferencias étnicas y religiosas, matanzas a sangre fría por adolescentes, diez prisioneros ejecutados mensualmente por el estado, doctores en Oregon y Holanda que ayudan a los pacientes a suicidarse con la bendición de la ley y 50 millones de niños destruidos por el aborto en el mundo entero.
La violencia y las matanzas "legitimadas" son problemas tan serios que pueden parecernos estar fuera de control. Por tanto, nos decimos, que no tenemos ni el poder ni la obligación de cambiar las cosas. Aun así, la observación de Edmund Burke es cierta: Para que el mal triunfe lo único que se necesita es que la gente buena no haga nada.
No somos espectadores impotentes: "El futuro no está determinado; lo co-creamos con Dios", como nos dice un obispo. Al igual que los pecados individuales contribuyen a la "cultura de la muerte" que infecta al mundo actual, se necesita un sin número de opciones virtuosas individuales para construir la "cultura de la vida" en el milenio que se avecina.2
Empezamos haciendo la elección personal de respaldar –realmente dar testimonio de– la santidad y la dignidad de cada vida humana. El perdón y la conversión tendrán que germinar en nuestras comunidades, para que podamos presentar a los demás una visión de esperanza y sanación. San Pablo describe la misión cristiana como una de ser "embajadores" en la "obra de la reconciliación". (2 Cor 5:18, 10)
Y en ningún sitio, tal vez, haya tanta necesidad de reconciliación y sanación como en los corazones heridos por el aborto. Su mundo, es a veces, uno de profundo remordimiento, de negrura y desesperación. La muerte de un bebé por un aborto es una pérdida de tal magnitud que el tiempo no sólo no sana lo heridas sino que las hace más profundas. Muchas veces el dolor se manifiesta en alcoholismo, abuso de drogas, depresión, ansiedad crónica, relaciones fragmentadas, infelicidad matrimonial, pérdida de la alegría de vivir y la alienación espiritual. Las mujeres se sienten atrapadas por un interminable mensaje que se oye por dentro: "Dejé que le quitaran la vida a mi hijo; mi pecado es tan grave que ni siquiera Dios me puede perdonar".
Irrumpiendo en medio de la oscuridad y desespero con palabras de esperanza, el papa Juan Pablo II les dice a estas mujeres:
La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. ... abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo, que ahora vive en el Señor. (El Evangelio de la Vida, 99)
Cada uno de nosotros puede ayudar a transformar este mensaje de esperanza y hacer que de palabras frías en una página sea agua vivificadora. ¿Cómo? Compartiendo el mensaje sobre el amor y el perdón incondicional de Cristo con alguien que esté sufriendo a causa de un aborto. Puedes convertirte en catalizador para que esa persona vuelva a la nueva vida de Jesucristo.
Una cultura de la vida florecerá si la gente de fe, la gente de vida, da testimonio del amor de Dios. Y unidos como un sólo cuerpo, que entremos al Año del Jubileo 2000 con gran alegría, proclamando el poder redentor del amor misericordioso de Dios.
1 Papa Juan Pablo II, Al aproximarse el tercer milenio, 32, 1994.
2 Excelentísimo Charles J. Chaput, O.F.M. Cap., Arzobispo de Denver, "River of Mercy," diciembre de 1998.