"Dejen que los niños vengan a mí" le tragedia de los niños de la calle
por la Hna. Mary Rose McGeady, D.C.
Ricky tenía 16 años cuando su madre le echó de casa. Ella alegó que el costo de su mantenimiento era muy alto. Ella ganaba dinero cuidando de sus niños de adopción temporal y, si se deshacía de él, dispondría de una habitación más para uno de esos niños que le reportaban "beneficio". Cuando Ricky vino a nosotros, había estado vagabundeando por las calles durante casi seis meses sin saber a dónde ir. Cuando le convencimos de que no pretendíamos sacar ningún dinero con él fue cuando aceptó permanecer con nosotros. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien hacía algo por él desinteresadamente.
Algunas veces pienso acerca del significado de la palabra "dejar (permitir)" cuando observo a los niños callejeros que son atendidos en Casa Alianza [Covenant House]. Ciertamente queremos "dejar" que los niños vengan al Señor, no sólo "permitiéndoles", sino "animándoles" a hacerlo. Sin embargo también pienso en cuánto y en cuántos niños sufren en nuestro mundo moderno. Y éstos son los niños que acuden a nuestras puertas todos los días pidiéndonos entrada. Parecen venir de todas partes y no cesan de llegar. Para nosotros, "los niños de la calle" son aquellos que vienen a nosotros buscando refugio cuando lo que ellos han estado llamando hogar deja de ser una opción. Algunos provienen de familias naturales, otros de familias temporales y algunos otros de una larga lista de "dondequiera" que hubieran sido acogidos. A menudo han estado yendo de acá para allá o permanecido en casa de amigos, compañeros o vecinos hasta que esa situación fracasó y se vieron obligados a buscar algo más permanente. Muchos son fugitivos genuinos que escaparon de situaciones intolerables llenas de abuso y rechazo. Algunos son echados o empujados a salir de situaciones donde ya no se les quiere, con frecuencia se les dice: "Tienes 16 años, ¡hora de que seas independiente!". "Independiente" se convierte simplemente en algo imposible.
Allie tenía sólo 12 años cuando su padre comenzó a tener relaciones sexuales con ella. Cuando a los 15 vino a nosotros, estaba aterrorizada de que su padre pudiera encontrarla. él le había dicho que si alguna vez se escapaba, la encontraría y la mataría; que si ella no podía ser de él, nadie más podría. Pasaron meses hasta que Allie se sintió segura y cómoda en Casa Alianza, dejando de estar en continuo sobresalto. Pensó que su vida había acabado cuando su madre murió. Con nosotros empezó a tener esperanza por primera vez en años.
Existen tantas maneras de sufrir cuando se es adolescente, tantas maneras de tener miedo, sentirse rechazado, desear estar muerto. Y oímos acerca de todas esas maneras. Oímos acerca de domicilios que no merecen ser llamados "hogar", lugares llenos de conflicto, abuso de todo tipo, sexual, físico, emocional. Lugares llenos, también, de abuso por el alcohol y la droga, lugares que no sólo no son apropiados para criar a un niño sino que son la antítesis de un hogar seguro y de apoyo.
Por consiguiente, nuestras Casas Alianza –en este momento hay unas veinte– existen fundamentalmente para los niños de la calle. En Estados Unidos hay catorce y otras seis en Canadá, Méjico, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Cada una de ellas es, primero y sobre todo, un refugio, un lugar seguro para estar cuando la calle es lo único disponible. Los niños vienen a nuestra puerta por su propia voluntad. No admitimos referencias. Nuestro sistema abierto de admisión implica que acogemos a todo aquel que viene. Nadie puede enviarnos un niño. La admisión es siempre voluntaria. En Latinoamérica tenemos niños de hasta cinco años. Allí, la edad promedio es de once años. En Estados Unidos nuestros niños más jóvenes son de diez años pero nuestra edad promedio es diecisiete. La mayoría de nuestras admisiones la componen adolescentes y se acoge a cualquier joven de hasta 21 años. Durante el pasado año admitimos a más de 25,000 niños. Cada año esta cifra aumenta porque los problemas que llevan a estos niños a nuestra puerta son cada vez más. Cuánto nos gustaría frenar esta ola. Pero, al observar la cultura social, sólo vemos una afluencia creciente de niños y es porque dicha cultura está produciendo este tipo de niños por millares.
¿Cuál es el problema? ¿Por qué nuestra cultura produce tantos niños infelices, sin hogar, que padecen y huyen? Hay cientos de cosas que están mal en nuestra cultura y que van en contra de los niños, su salud y su felicidad. Sin embargo, nada es tan destructivo como la desintegración de la familia. La tasa de divorcio sigue siendo alta, unos 20 divorcios por cada 100 mujeres casadas. Muchos niños se pierden a consecuencia del dolor y el sufrimiento resultantes de la separación y el divorcio. La predicción inquietante de que el "50% de los niños vivirán en hogares con uno sólo de los padres para el año 2010" ha sido ofrecida por alguien tan entendido como el senador Daniel Patrick Moynihan. En sí mismo, vivir en hogares con uno solo de los padres no es motivo de objeción. El problema estriba en la resultante falta de tiempo de muchos padres o madres para dedicarse al cuidado de sus hijos a consecuencia de la combinación de las presiones del trabajo y de la organización del hogar. El número de casos de abusos en niños ha alcanzado niveles alarmantes en los últimos años al igual que embarazos fuera del matrimonio y acuerdos de "vivir juntos" sin estar casados. Los números son fríos e impersonales pero, cuando se asocian a individuos y a sus historias, se convierten en aterradoras predicciones de un futuro de dolor y perjuicio para muchos niños.
Nuestras Casas Alianza están experimentando un aumento de niños procedentes de condiciones de vida empeoradas por los cambios en el sistema de asistencia social. Las presiones que sufren las familias pobres y marginadas aumentan con la reducción de los ingresos y favorecen la tentación de mandar a los adolescentes a buscarse la vida por sí mismos antes de que estén preparados para ello. El potencial de que estos adolescentes caigan en la droga o la prostitución es alarmante. ésta es una de las razones por la que estamos esforzándonos en preparar a los adolescentes para la vida laboral, ayudándolos en su formación profesional y en la obtención de trabajo.
Vívian tenía casi 17 años cuando llamó a nuestra puerta. Estaba embarazada de cinco meses y su madre la había puesto en la calle tan pronto supo de su embarazo. Durante varias semanas, Vívian estuvo con su novio, pero éste, asustado por la enorme responsabilidad que conlleva el ser padre, desapareció. Vívian estaba asustada, no había tenido cuidados prenatales y había agotado la hospitalidad de amigos antes de que alguien la hablara de nuestra Casa Alianza. Tímida y callada, esta muchacha preguntó con vacilación si podía estar con nosotros.
El tema del embarazo en la adolescencia es de una enorme preocupación porque Estados Unidos tiene la tasa más alta de embarazos de adolescentes en el mundo industrial, con más de medio millón de nacimientos de estas características cada año. Es evidente que, como nación, necesitamos aumentar nuestros esfuerzos para educar a los adolescentes no sólo en los aspectos morales de la sexualidad sino también en los aspectos sociales del embarazo de las adolescente y del impacto que supone para la madre y el niño. Los renovados esfuerzos de la NCCB para promover programas educativos más fuertes con respecto a esto, son loables. Nuestras Casas Alianza están observando un creciente número de embarazos y de madres adolescentes. Proporcionamos un buen cuidado prenatal lo mismo que una atención continuada para la madre y el niño mientras la madre completa sus estudios escolares, se prepara para el trabajo y se le ayuda a encontrar empleo. Nuestro propósito es ayudarlas a contemplar un futuro de independencia sin tener que recurrir a la asistencia social.
Tony fue recogido por un coche de la policía y traído a nosotros. Le encontraron sentado y llorando en una esquina de la calle a la 1:30 de la madrugada. Argumentó pesaroso que había estado distribuyendo droga para su madre y que ya no quería seguir haciéndolo más. Sólo tenía diez años. El motivo por el que la madre le hacía vender drogas es simple: a los diez años se es menor de edad y el niño no puede ser encarcelado si es detenido. Y no eran sólo las drogas a lo que él tenía miedo. Era el hecho de que los traficantes de droga le hacían llevar una pistola y le habían enseñado cómo disparar a la policía.
A nosotros acuden toda clase de niños. Provienen de cualquier grupo socioeconómico pero principalmente de la pobreza. Son caucásicos, afroamericanos, hispanos y asiáticos. En algunas ocasiones vienen aparentando estar fuertes y saludables y, en otras, vienen enfermos con daño físico y psicológico. Algunos han estado en la calle por un año y muestran los signos de deterioro que conlleva tal situación. Unos pocos han dado positivos en las pruebas del SIDA o TB. Muchos muestran síntomas de depresión y abuso psicológico.
Nuestra labor social con estos niños es multi-dimensional. En primer lugar, necesitan comida y techo, y cuidados médicos. Aún más, necesitan el reconfortante servicio de aceptación y de amor incondicional. Aunque muchos no tienen afiliación religiosa alguna, necesitan que se les conecte al Dios que los ama. Necesitan una segunda oportunidad en muchos sentidos pero, por encima de todo, necesitan una gran dosis de ESPERANZA. Nosotros nos vemos a nosotros mismos como pro-vida en un sentido muy especial, sin nuestros programas muchos niños podrían simplemente estar muertos o continuarían viviendo en situaciones inhumanas que van más allá de la capacidad de cualquier niño para hacer frente a ellas.
Liz tenía sólo 14 años cuando vino a nosotros. Había sido usada por traficantes como "camello". Un camello es alguien que se ve forzado a tragar bolsas de droga y actúa como contrabandista. Su madre la había vendido a estos traficantes cuando contaba sólo doce años de edad. Su madre necesitaba el dinero para mantener su adicción y sabía que Liz le reportaría mucho dinero como camello o prostituta. Cuando Liz vino a nosotros, estaba tan asustada que no quiso decirnos quién era por miedo a que la devolviéramos a su madre.
En la declaración de nuestra misión se nos hace un llamamiento al respeto absoluto y al amor incondicional y ésta es nuestra arma secreta. Algunas veces es difícil llevarlo a cabo pero es la intervención más poderosa que existe, especialmente con niños que han tenido tan poco de ambas cosas. Si Jesús anduviera entre nosotros hoy en día, no hay duda de que estos niños recibirían Su especial cuidado, lleno de respeto y amor.
La atención pastoral que se ofrece a cada uno de los jóvenes se caracteriza por una actitud dispuesta a escuchar y a afirmar y que se esfuerza en ayudar a los niños en concentrarse en el futuro dejando atrás el duro pasado. Ofrece servicios de oración y culto organizados según su nivel y capacidades. La franqueza con los que llevan a cabo la pastoral a menudo nos sorprende y nos demuestra el ansia que el corazón de muchos de estos niños tiene por un Dios que los aprecie sin límites y al que puedan rezarle. Nuestras reuniones voluntarias y diarias para rezar en la capilla nunca dejan de emocionarnos y de convencernos de la importancia de este servicio.
¿Así pues, qué es de todos estos jóvenes ahora? Ricky está viviendo con su padre. Tony está con una buena familia que lo ha adoptado temporalmente y yendo bien en sus estudios de quinto curso. Liz, poco a poco está intentando recomponerse, asiste a la escuela secundaria y trabaja a tiempo parcial. Allie está viviendo con su abuela y parece feliz. Vívian y su bebé siguen con nosotros y están bien. Ella está terminando los estudios de secundaria y trabaja a tiempo parcial.
No siempre tenemos éxito pero lo conseguimos con la suficiente frecuencia como para seguir en el intento y con la creencia de que la única manera de fracasar es dejando de intentar. Por todos aquellos niños que vienen pero se vuelven a ir porque no están listos todavía para reconstruir sus vidas o porque están faltos de confianza para hacer el intento, rezamos, y esperamos que alguien les ofrezca la ayuda que tanto necesitan. Y, también, muchos vuelven a nosotros cuando están preparados y motivados para un nuevo comienzo.
Años atrás la Iglesia se concentró con fuerza en el cuidado de los huérfanos. Religiosos de diversas órdenes se entregaron de todo corazón a este servicio de tanta importancia para niños y jóvenes. Con el paso del tiempo el centro de este servicio a los niños sin hogar pasó a ser los hogares de adopción temporal y las residencias de grupos. En el presente, existe claramente un creciente número de niños y jóvenes que continúan careciendo del calor y la comodidad de un hogar bueno y estable y de una familia que les quiera por lo que terminan viviendo en la calle. éste es el objeto fundamental de nuestras Casas Alianza.
Nuestra "alianza" con los niños se sustenta en la convicción de que hemos sido llamados a ser la amorosa Providencia de Dios para ellos. Este año mientras nos preparamos para el Jubileo y celebramos la Misericrodia de Dios, le damos gracias por el privilegio de haber sido llamados a ser instrumentos de esta Misericordia. También le damos gracias por las muchas personas que nos ayudan, e invitamos a otros a que se unan en nuestra respuesta al sufrimiento de Jesús reflejado en Sus niños.
La Hna. Mary Rose McGeady es presidente de Casa Alianza